100 años de redención.

Noche decisiva

Ya habían pasado los días, y todo ocurrió tan rápido que apenas nos dimos cuenta. De pie frente al espejo, me vi reflejada con un hermoso vestido de noche color piel, adornado con piedras que brillaban suavemente bajo la luz tenue. No pude evitar que mi mente viajara de regreso a aquella noche en la que comenzó toda nuestra desgracia, esa fecha que marcó nuestras vidas de la peor forma posible.

—Te ves radiante —dijo mi madre, colocando con cuidado un collar de perlas alrededor de mi cuello— Este fue el primer regalo que me dio tu padre, con el que me pidió matrimonio. Decía que los anillos eran demasiado comunes, demasiado estereotipo… —se rio con suavidad— Supongo que ahora es una bonita herencia para pasarte a ti.

—Mamá, nunca dejaré de admirarte. A pesar de todo lo que viviste, te mantuviste firme, digna y con la cabeza en alto. Incluso guardaste algo tan valioso en tus momentos más difíciles.

—Para mí tiene un valor especial —suspiró ella con pesadez— Representa el amor que yo sentía, no lo que él decía sentir.

—¿Alguna vez lo perdonaras?

—Nunca —respondió con voz firme y llena de rencor— Jamás podré perdonarle todo el daño que les hizo a ustedes… Espero que ese desgraciado se esté retorciendo en el infierno junto a su amante. ¡Nadie menosprecia ni lastima a mis hijos! ¡Nadie!

No podía culparla; nadie mejor que ella conocía la verdad de lo que había sucedido. Solo me acerqué, la abracé con fuerza y besé sus mejillas.

—Estoy muy orgullosa de la madre que tengo, de verdad.

La puerta se abrió despacio y apareció Marcel, vestido con un traje oscuro que le quedaba perfecto, el cabello bien peinado y esa sonrisa suya que lograba calmarme incluso en los momentos más tensos.

—¿Lista, bella dama?

—Más que nunca, apuesto caballero —respondí, extendiendo la mano para que tomara la mía.

Afuera ya nos esperaban todos. Me llamó la atención que, en estos días, Miguel no hubiera reclamado los documentos, a pesar de que le había enviado un mensaje diciendo que ya estaban firmados. Pero supuse que no pasaría de esta noche, al final, los necesitaba para quedarse oficialmente como único dueño de todo.

—¿No han sabido nada de Rafael? —le pregunté a mi suegra, que también estaba lista para la ocasión con la elegancia que la caracterizaba.

—Nada directamente, pero nos hicieron llegar el aviso de que todo va según lo planeado. Que sigamos adelante, que él ya conoce cada detalle. Yo me quedaré mezclada entre los invitados; nadie notará que estoy allí.

—Marcel, ¿cómo va todo por fuera?

—Mis hombres ya tienen todo el lugar rodeado —me respondió con seguridad— Jazmín, ya no hay dudas, el niño está ahí.

Respiré hondo. Ya no había vuelta atrás; todo estaba listo. Había llegado la hora del gran espectáculo.

Afuera nos esperaba una larga fila de coches, el de mi madre junto a Ignacio, el de mi suegra con Jana, el mío con Marcel, y tres vehículos más con los agentes de seguridad.

—Nadie sabe que Liliana es la prometida de Ignacio, al menos nadie en esta ciudad —me tranquilizó Marcel al notar que estaba tensa— No te preocupes, todo saldrá bien.

—No es miedo lo que siento —le aclaré— es ansiedad, desesperación por ver por fin a mi hijo, por recuperar su libertad y por que esta pesadilla termine de una vez.

Mis manos temblaban, pero no por temor, sino por la emoción contenida y la urgencia de quitarnos de encima esa sombra que nos había asfixiado durante tanto tiempo.

Al llegar al recinto, todo lucía imponente y perfecto. Para no arriesgarnos a un error en el último momento, no había podido conocer a Liliana en persona, pero al entrar la distinguí al instante entre la multitud. También vi a Miguel y a Daiana, hablando con otros invitados.

Me acerqué con cautela para escuchar su conversación, y en ese momento sonó una notificación en mi bolso. Era un mensaje.

“Deja los documentos en la entrada de la urbanización. Alguien irá a recogerlos. Si todo está en orden, te avisaremos cuándo podrás ver al niño”.

¿Qué diablos significaba eso? ¿Cómo podía pedirme que los dejara en un lugar tan alejado? ¡Maldición!

—Señor Fuentes —escuché la voz de Liliana dirigiéndose a él— me comentaron que tiene dos hijos. ¿Dónde están ellos ahora?

—Mi hijo mayor se encuentra en Madrid por estudios y negocios —respondió él con esa sonrisa falsa y perfecta— y mi hija es un poco despistada, ya sabe cómo son los jóvenes… Pero llegará justo a tiempo para la gran noticia de esta noche.

—Por cierto —insistió ella con tono firme— ¿trajo lo que le pedí? Sin esos papeles no podrá ser nombrado oficialmente en su discurso.

—Los tengo conmigo, no se preocupe —contestó él restando importancia — Ya envié a alguien a buscarlos en mi coche.

Miré a Marcel desesperada y me acerqué para contarle lo que acababa de leer. Él solo asintió con calma, me tomó de la mano y me guio hacia el centro del salón.

—No dejes que esto te confunda ni te altere. Solo sígueme, Jazmín.

Su mano se posó con firmeza en mi cintura, y en ese instante comenzó a sonar la música. Antes de darme cuenta, ya éramos el centro de atención de todos los presentes. Mientras bailábamos, con mis brazos rodeando su cuello, podía sentir una mirada pesada y penetrante clavada en mi espalda.

—Sonríe —me susurró— Esta noche estás preciosa.

Deslizó su mano con suavidad por la abertura del vestido, y sentí su piel fresca tocar la mía. Mi corazón comenzó a latir con fuerza, y sin pensarlo dos veces me acerqué y lo besé con una intensidad que me consumía por dentro.

No fue un beso suave ni discreto. Fue salvaje, lleno de deseo acumulado, sentía cómo su lengua jugaba con la mía, mis dedos se perdían entre su cabello, y sus manos apretaban mi cintura para que no hubiera ni un milímetro de distancia entre nosotros. Fue tan intenso que, al cabo de unos segundos, tuvimos que separarnos solo para poder respirar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.