Miguel apretó los papeles con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos, mientras en su mirada se mezclaba la confusión con una oscuridad amenazante.
—¿Qué significa esto? ¿Y quién se cree usted para tratarme de esa manera? —gruñó entre dientes, haciendo un esfuerzo sobrehumano por mantener la compostura frente a Liliana.
—¿Quién soy? —respondió Marcel con calma, pero con una seguridad que no admitía dudas— Hace apenas un momento usted mismo me tachó de amante y a esta mujer que está a mi lado la llamó infiel. ¿Ahora se atreve a preguntarlo? No le costó nada levantar el dedo para acusarnos, ¿verdad?
Marcel se mantenía erguido e imponente ante él, sin dejarle ni un solo resquicio para escapar. Estaba librando una batalla feroz con las palabras, y cada frase suya hundía un poco más a nuestro enemigo.
—Yo… yo solo lo dije porque sí la conozco —tartamudeó Miguel, intentando recuperar terreno— Es la esposa de mi socio, Rafael está internado luchando contra problemas renales, y ella aquí, besándose sin ningún pudor delante de todos.
Di un paso al frente, decidida a que todos me vieran tal cual era, sin máscaras ni miedos. A esta altura ya nada importaba, era ahora o nunca.
—¿Acaso eres mi padre o el de Rafael? —le solté con voz firme y cortante— ¿Con qué derecho te atreves a juzgarme y señalarme de esa forma? ¿Quién eres tú para hablar de moralidad y decencia, Miguel Fuentes? —su mirada me resultaba tan repugnante que casi me daba asco— ¿No vas a revisar esos papeles? Pensé que eras el más interesado en verlos, después de todo te esforzaste tanto por conseguirlos…
El plan original se había ido por la borda, o tal vez este era el verdadero plan desde el principio. Fuera como fuera, ya no caminaba sola, y confiaba con toda mi alma en que Marcel haría lo imposible por proteger a mi hijo.
—Jazmín, por favor, deja de decir tonterías —intervino Daiana con tono fingido y preocupado— Contrólate, por el amor de Dios. Si no quieres cuidar tu propia reputación, al menos respeta el nombre de la familia Ríos. ¡Hacer semejante espectáculo en una noche tan importante!
—¿Importante para quién, Daiana? —le respondí sin dudar— Si mis cuentas no fallan, ¿qué hacen ustedes dos aquí exactamente? Esta fiesta es para presentar licitaciones de gran envergadura. Miguel, no me digas que de repente tienes tu propia empresa y nunca te dignaste a mencionarlo.
Daiana retrocedió asustada, dándose cuenta de que ella misma había puesto la soga alrededor de su propio cuello, pero Miguel no tardó en salir en su defensa.
—Esto no tiene nada que ver contigo ni con los Ríos —dijo con voz ronca— Lo que hago aquí es asunto mío, así que por tu propio bien, ¡CÁLLATE!
—¿Acaso estás amenazando a mi hija? —intervino mi madre, y con un movimiento rápido y certero le cruzó la cara con una cachetada tan fuerte que la marca de sus cinco dedos quedó impresa con nitidez en la mejilla de Miguel— ¿Asunto tuyo? ¡Un don nadie que no tiene ni dónde caerse muerto ahora se cree dueño de algo!
—¡ESTÁN MINTIENDO! ¡Los denunciaré por agresión y difamación! —gritó Miguel, girando enseguida hacia Liliana— Señora, por favor no les haga caso. Solo intentan manchar mi nombre. Mire, aquí tengo los documentos, se los puedo mostrar ahora mismo, delante de todos.
Liliana alzó una ceja con desdén, caminó despacio hacia él y lo miró de arriba abajo con una expresión llena de desprecio, antes de señalar los papeles que Miguel sostenía con desesperación.
—¿De esos documentos habla? Los mismos que la señora acaba de decir que son los papeles de divorcio.
El rostro de Miguel se puso pálido como la nieve, todo su cuerpo comenzó a temblar sin control, y sus ojos recorrían el salón buscando una mirada cómplice o una salida, sin encontrar nada. Pero quien se adelantó primero fue mi suegra.
Con un movimiento rápido y contundente, le dio otra cachetada a Daiana tan fuerte que la hizo perder el equilibrio y caer de espaldas sobre el suelo. Todo pasaba demasiado rápido, pero alcancé a ver cómo una mano hábil aprovechaba el momento para tomar el bolso de ella.
—¡Par de desvergonzados son ustedes dos! —gritó mi suegra con furia— Se presentan aquí, frente a todos nuestros conocidos, y se atreven a actuar como si fueran dueños de lo que nos pertenece por derecho. ¿Cómo tienes la cara tan dura para ser tan ruin, Miguel?
—Señora, todo esto es un malentendido —balbuceó él, intentando recuperar el control— Esta mujer está trastornada, usted misma acaba de ver cómo golpeó a mi esposa. ¡Todos lo presenciaron!
Miguel me clavó entonces una mirada llena de odio, con los ojos inyectados en sangre. No pronunció palabra, pero pude leer claramente el movimiento de sus labios: “Tu hijo está muerto”.
Apreté con fuerza la mano de Marcel, pero él solo me acarició la mejilla con esa misma sonrisa tranquila y segura de siempre. En ese instante lo entendí, mi bebé estaba a salvo.
Ignacio le arrebató los papeles de un tirón y los alzó en alto para que todos los presentes pudieran verlos.
—Este hombre que está aquí no solo ha cometido estafas y extorsión —anunció con voz potente y clara— también ha robado y recurrido al secuestro para intentar apoderarse de todo lo que no le pertenece. Y ustedes —añadió, señalando a cada empresario que conocía a Rafael— también son cómplices, sabían perfectamente lo que tramaba y nadie se atrevió a decir nada. Miren bien a la señora Ríos, mírenla a la cara, y díganme si no fue ella quien siempre les tendió la mano en sus peores momentos. ¡Así es como le pagan, mordiendo la mano que les dio de comer!
Miguel, cegado por la rabia, se abalanzó sobre Ignacio, pero esta vez fue Liliana quien reaccionó con una fuerza inesperada, le propinó un golpe seco y contundente que lo hizo retroceder y caer junto a su esposa.
—A mi prometido lo respetas —le advirtió con frialdad.
—¿Su… prometido? —preguntó Miguel, sin poder creer lo que estaba escuchando.
Editado: 19.10.2026