—Mi… mi hija… ¿qué le has hecho a mi amada hija? —la voz rota y desesperada de Daiana resonó en todo el salón, pero Miguel, a su lado, no pronunciaba ni una sola palabra; tenía la mirada clavada en ese dedo como si hubiera visto la muerte misma.
—Lo mismo que ustedes le hicieron a mi hijo —respondí con frialdad, sin una pizca de remordimiento— Solo que él era un bebé prematuro e indefenso que no tenía ni fuerzas para defenderse. Adela, en cambio, dio más pelea… y eso hizo que todo fuera mucho más entretenido.
—¡RAFAEL, ERES UN MONSTRUO! —gritó al fin Miguel, levantando la vista para clavarme unos ojos llenos de odio puro.
Como única respuesta, le asesté una patada con toda mi fuerza en su rostro, dos de sus dientes salieron despedidos por el aire. Me arrodillé frente a él, mirándolo a la cara con desprecio.
—Gracias. Aprendí de los mejores maestros.
—¡Mi hija! No, por favor… ¿dónde está mi hija? Devuélvemela, ella es inocente —seguía gritando Daiana, retorciéndose entre los brazos de quienes la sujetaban para intentar liberarse.
—¿Inocente? ¿Y mi hijo? ¿Acaso un bebé que acababa de nacer no lo era también? —le respondí, elevando la voz para que todos escucharan— A ustedes dos no les tembló la mano cuando se lo arrebataron de los brazos de su madre, inconsciente en una camilla de hospital. No les pesó en la conciencia usarlo como moneda de cambio para chantajearnos. Y te recuerdo, Daiana, que fueron ustedes mismos quienes la trajeron de vuelta a mi vida como si fuera un regalo. Así que ahora yo puedo hacer con ella lo que me dé la gana… incluso dársela de comer a los perros si así lo deseo.
La verdad es que nunca me aferré al plan original. Tenía que ser yo quien pusiera fin a esta pareja de sabandijas; solo yo tenía derecho a darles el castigo que merecían. Levanté la vista un instante hacia Jazmín, que seguía aferrada a la mano de ese hombre que solo momentos antes la había besado con tanta pasión y deseo.
—¡MI HIJA! ¡DEVUÉLVEMELA AHORA MISMO! —volvió a gritar Miguel, consiguiendo soltarse por un segundo.
Pero no le di tiempo ni siquiera de ponerse de pie. Le estrellé la cara contra el suelo con fuerza, apoyando mi puño sobre su nuca para mantenerlo inmóvil.
—Míralo bien, Miguel. Este es tu lugar, debajo de mí, hasta el día en que mueras, maldito desgraciado.
—Te vas a arrepentir de esto, Rafael… te lo juro, te arrepentirás.
—El único que se va a arrepentir de verdad eres tú.
En ese momento llegaron los agentes de policía. Los hombres que teníamos infiltrados tomaron bajo custodia a todos los cómplices, mientras en las pantallas seguían proyectándose las grabaciones y pruebas que demostraban cada uno de sus crímenes. La prensa no tardó en aparecer; en menos de una hora toda la ciudad conocería la verdad sobre quiénes eran realmente Miguel Fuentes y su esposa.
—¡Hijo… mi hijo! Qué alegría verte bien —mi madre se abalanzó sobre mí entre sollozos, Jana se unió enseguida al abrazo, llorando con desconsuelo, pero también con alivio.
—¡Hermano! Tenía tanto miedo de que te hubiera pasado algo —me dijo ella, aferrándose a mi brazo.
Busqué con la mirada a Jazmín, pero ya la estaban sacando de entre la multitud, acompañada por su familia.
—¡JAZMÍN! —grité, intentando acercarme.
—Señor Ríos, ¿puede contarnos más sobre los hechos y los crímenes que dirigió el señor Fuentes? —de inmediato me rodearon reporteros y micrófonos, impidiéndome avanzar.
—Señor Ríos, por favor, dénos más detalles… ¿Es verdad que su hijo fue secuestrado?
—¿El niño se encuentra a salvo?
—¿Qué significa ese dedo? ¿Usted también cometió un crimen movido por la venganza?
—¡POR FAVOR! ¡TODO LO QUE NECESITAN SABER ESTÁ AHÍ, A LA VISTA DE TODOS! —grité desesperado, tratando de abrirme paso entre la multitud.
—Por favor, respeten este momento —intervino mi madre, empujándolos con firmeza— La justicia ya se encargará de lo demás. Déjennos ir; de ahora en adelante todo queda en manos de la policía.
—¡Señor Ríos, solo una palabra más! —insistían, siguiéndonos hasta que logramos subir al coche.
Afuera el caos era aún mayor, no solo Miguel había caído, sino también decenas de sus aliados y socios. Pero yo solo podía pensar en dos cosas, mi esposa y mi hijo.
—Mamá… ¿sabes a dónde pudieron ir?
—Sí, lo sé. No te preocupes, sé cómo encontrarlos. Y en cuanto a lo que viste hace un momento…
—No tuvieron otra opción —intervino Jana, defendiéndolos— Teníamos que ganar tiempo, darle a Miguel lo que quería para que no hiciera daño al bebé.
Le acaricié las mejillas con suavidad, secando sus lágrimas. Qué niña más testaruda.
—No estoy enojado por el beso ni por nada de eso —le aclaré con voz tranquila— Todo esto es culpa mía, y ustedes solo hicieron lo que estaban a su alcance. Lo único que necesito saber es que ella está bien… y que mi hijo está a salvo.
—Marcel dijo que aprovecharían la confusión para infiltrarse en esa clínica clandestina —me explicó mi madre— Si se fueron con tanta prisa, es señal de que ya lograron sacar al pequeño. Estoy segura de que todos están bien. Tienen que estarlo.
—Yo también lo creo —asentí, intentando calmarme— Por favor, no te alteres más.
—Rafael… ¿de quién era ese dedo? —preguntó ella en voz baja, temerosa de la respuesta.
—De Adela, por supuesto. Ese desgraciado tenía que sentir en su propia carne lo que significa que te arrebaten a alguien de tu familia.
—Rafael… ¿tú la… la mataste?
Mi madre estaba al borde del colapso, a punto de desmayarse de la angustia.
—Tranquila, no le hice ningún daño mortal —le respondí con una media sonrisa amarga— Solo le pedí prestado un dedo. No fue el que ella quería ofrecerme, pero el meñique fue más que suficiente para el mensaje.
—¿Cómo puedes bromear con algo así? —me reprochó, con la voz temblorosa.
—No es broma, solo le doy un toque de humor negro a esta situación tan asquerosa —le expliqué, mirando por la ventana con determinación— Al fin y al cabo, ojo por ojo, diente por diente. A él no le tembló la mano la noche en que nos quitó lo que más queríamos… ¿por qué tendría que temblarme la mía?
Editado: 19.10.2026