100 años de redención.

El origen de la venganza

—Mamá… ¿de qué habla ella? ¿Tú lo sabías? ¿Sabías que existía? —alcancé a preguntar, apretando al pequeño contra mi pecho como si fuera mi única preocupación.

—¡POR SUPUESTO QUE LO SABÍA! ¡LO SUPO SIEMPRE Y NUNCA HIZO NADA! —gritó Eva, moviendo el arma de un lado a otro con nerviosismo; en sus ojos brillaba la locura mezclada con una amargura sin fin.

—¿Y qué se suponía que debía hacer? —replicó mamá con voz dura, a pesar de perder sangre— ¿Acoger a la hija de la amante de mi esposo? Apenas lograba mantener a los míos, ahogada por las deudas que dejaron ellos. ¡Ellos debieron pensar en ti, no seguir hundiéndose más! ¡No era mi responsabilidad!

—¡CÁLLATE! —amenazó Eva — O te juro que te arranco la lengua. La mitad de todo lo que disfrutaron me pertenecía por derecho. Yo también merecía una oportunidad, no solo ustedes.

—Jajá… no seas ridícula. Lo que mis hijos tienen es fruto de mi sacrificio. Nada te corresponde.

Eva ignorando las palabras de mi madre se dirigió directamente a nosotros.

—¿Quieren saber realmente qué pasó el día del accidente? —nos miró fijamente a Ignacio y a mí— Ese día yo estaba muy enferma, neumonía grave, fiebre que superaba los cuarenta grados, en un hospital sucio y barato. Nuestra vida era una miseria, hambre, frío, carencias de todo tipo, mudándonos de una pocilga a otra peor todavía. Mis padres necesitaban dinero urgente para mi tratamiento. Papá, desesperado, llamó a ti, Elvira… te suplicó ayuda, aunque fuera lo mínimo indispensable. ¿Y saben qué les respondió su madre perfecta?

—¡Cállate ya! Todo fue culpa de él —la interrumpió mamá, alterada— Lo vendió todo por esa mujer, arruinó su vida por capricho. ¿Qué más querían de nosotros? ¡También nos quedamos en la ruina por su egoísmo! Y además… ¿cómo tuvieron la desvergüenza de traer un hijo al mundo viviendo así?

—¿Esa es tu excusa para dormir tranquila? —se burló Eva apretando sus dientes — ¡ELLOS SE AMABAN… Y TAMBIÉN ME AMABAN A MÍ!

—¿Y por eso yo debía cargar con todos sus problemas… y contigo también?

—Solo era ayudar a una niña inocente —insistió con voz temblorosa— Podría haber sido tu hija o tu nieta. No pedíamos riquezas, solo lo necesario para sanar. ¿Pero qué hiciste tú? ¡Diles la verdad!

—Mamá… —susurré con la voz rota.

—¿Qué es lo que no nos cuentas? —preguntó Ignacio, con los ojos llenos de lágrimas y confusión.

Mi madre se mantuvo rígida, con el rostro endurecido y frío, sin rastro de remordimiento, aunque la herida le doliera profundamente.

—Ya que no lo hará ella… lo haré yo —continuó Eva con veneno— Dijo que sí, prometió el dinero, pero con una condición, que fueran personalmente a buscarlo ellos dos. Nunca llegaron. ¿Verdad, Elvira? Porque alguien avisó a los prestamistas dónde pasarían. Los interceptaron y murieron por esa traición. ¡Usaste mi enfermedad y su desesperación para matarlos! Esa es tu cara real, cegada por celos y avaricia. Mientras ustedes vivían con comodidad, yo caí en manos de gente cruel… me destruyeron por completo.

El golpe sordo del cuerpo de Ignacio al caer al suelo resonó como un trueno. Toda nuestra vida había sido construida sobre mentiras. Nuestra propia madre provocó indirectamente la muerte de mi padre… todo por rencor.

—¡Mamá! —grité entre sollozos— Dinos que no es verdad… por favor, di que no fuiste capaz de algo tan terrible.

—¿Van a creerle a ella? —replicó mi madre con dureza— Tu padre y su amante eran perseguidos por todos lados, debían millones a mucha gente. No fue solo por mí.

Mi bebé no dejaba de llorar asustado contra mi pecho. Tenía que sacarlo de allí cuanto antes, ponerlo a salvo fuera de todo este odio.

—Eva… lo siento profundamente —le supliqué— Te juro que no sabíamos nada de esto. Pero mi hijo… es muy pequeño, prematuro, necesita un hospital urgente, no puede estar así sin protección. Por favor… déjalo ir.

—Jajá… resulta que este bebé sí vale la pena, mientras que yo, cuando era una niña, no valía nada ¿Verdad, hermana?

—Sé que sufriste algo imperdonable —le dije con voz suave y desesperada— pero él no tiene ninguna culpa. No heredó el odio.

—¡YO TAMPOCO TENÍA CULPA ENTONCES! —gritó con furia.

—Fue decisión de ellos, y también errores de mi madre… pero él es inocente. Ya ha sufrido demasiado, no merece seguir pagando —insistí entre lágrimas— Por favor…

—¿Sabes qué pasa con los hijos de quienes deben dinero, Jazmín? —preguntó con voz helada— Se los llevan para pagar las deudas que no son suyas.

—¡NO CREAS QUE SOLO TÚ LO PASASTE MAL! —intentó incorporarse mamá, con dificultad— Yo también pasé hambre, frío, amenazas… mis hijos también sufrieron.

—¡NO TE HABLO A TI! —le cortó ella de golpe.

Le dio un golpe tan fuerte con la culata del arma que mamá cayó de nuevo, escupiendo sangre por el labio partido.

—¡Mamá! —Ignacio se acercó rápido para intentar detener la hemorragia, pero Eva siguió hablando como si nada hubiera pasado, con la mirada fija solo en mí, yo era su verdadero objetivo.

—Cuando tenía cuatro años me encerraron en un lugar sucio y oscuro —relató con voz plana, como si contara algo lejano pero grabado a fuego— Los niños no llaman la atención, así que nos usaban para transportar cosas ilegales. Una comida al día, si teníamos suerte. Si enfermábamos, golpes hasta no sentir nada. Si nos equivocábamos, días sin comer. Cuando crecí un poco más… me vendieron. Me dijeron que era bonita, y eso servía para cobrar más caro. Mientras yo vivía como una bestia, tú ibas al colegio, vestías ropa limpia, viajabas, tenías amigos… yo siempre miraba desde lejos, detrás de rejas o paredes, viendo una vida que nunca me dejaron vivir.

—Lo siento… perdóname… yo no sabía nada… —repetí sin fuerzas.

—Claro que no sabías —respondió con frialdad— Nadie te contó. Todo fue ocultado para que tú siguieras siendo la reina.

—¡Te lo suplico! —le dije extendiendo una mano — Te daré todo lo que tengo, mi dinero, mi casa… incluso mi vida si quieres. Solo déjalo salir, déjalo salvarse.




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