11:42 El numero de la muerte

Capitulo 1 El descubrimiento

11:42 a. m., 20 de septiembre de 2019

El sol de aquella mañana iluminaba débilmente los alrededores de un viejo puente de piedra. Sus rayos atravesaban las ramas de los árboles y caían sobre el suelo en pequeñas manchas irregulares, mientras una ligera brisa movía las hojas que crecían a ambos lados del sendero.

A simple vista, el lugar parecía tranquilo.

Demasiado tranquilo.

El puente, construido muchos años atrás, conservaba las marcas del tiempo. Sus paredes estaban cubiertas de musgo y pequeñas grietas que se extendían entre las piedras. En algunos sectores, la humedad había oscurecido la superficie, dándole un aspecto envejecido y descuidado.

Debajo de aquella estructura, un río avanzaba lentamente entre las rocas. El agua arrastraba hojas secas, pequeñas ramas y cualquier cosa que la corriente encontrara a su paso.

Su sonido era constante.

Un murmullo que parecía formar parte del paisaje.

A pocos metros del puente, tres muchachos disfrutaban de una mañana de fútbol.

Mateo corría detrás de la pelota con la determinación de quien no estaba dispuesto a perder. Juan intentaba quitársela, mientras Lucas, algo más alejado, esperaba el momento adecuado para intervenir.

—¡Pásamela, Mateo! —gritó Lucas.

—¡Ven por ella si puedes! —respondió Mateo, soltando una carcajada.

Juan aprovechó la distracción para acercarse por un costado.

—¡Ahora sí te la quito!

Mateo giró rápidamente, pero el movimiento hizo que perdiera el control de la pelota. Juan intentó recuperarla y ambos terminaron chocando entre sí.

Lucas comenzó a reír.

—¡Son unos inútiles! ¡Ni siquiera pueden quitarse una pelota!

—¡Cállate y juega! —respondió Juan, todavía riéndose.

Por unos instantes, las únicas cosas que parecían importarles eran el partido improvisado, las bromas y las pequeñas discusiones que surgían cada vez que alguno cometía un error.

Ninguno imaginaba que aquella mañana estaba a punto de cambiar para siempre.

Todo ocurrió cuando Mateo recibió un pase de Lucas.

Se acomodó la pelota, levantó la mirada y pateó con todas sus fuerzas.

El balón salió disparado hacia una pequeña pendiente que descendía desde el sendero hasta la orilla del río.

—¡Cuidado! —gritó Juan.

Pero ya era demasiado tarde.

La pelota pasó por encima de unas piedras, desapareció entre la vegetación y, unos segundos después, se escuchó un golpe seco.

Mateo se quedó mirando el lugar por donde había desaparecido.

—¡Mierda! ¡Se nos fue la pelota!

Juan se acercó al borde de la pendiente y miró hacia abajo.

—¿Cómo se te ocurre patearla tan fuerte?

—¡No sabía que iba a llegar hasta allá!

Lucas se aproximó a ellos. Desde aquella posición apenas podía distinguirse la orilla del río, oculta parcialmente por los árboles y las rocas.

—Bueno, alguien tiene que ir a buscarla —dijo.

Mateo lo miró.

—¿Vas a bajar?

Lucas se encogió de hombros.

—Sí. No pienso dejar que nos quedemos sin pelota por un maldito disparo tuyo.

—¡Oye, fue un accidente!

Lucas soltó una pequeña risa.

—Eso dices siempre.

Juan, sin embargo, no parecía tan divertido.

Observó el sendero que descendía hasta el río. La tierra estaba húmeda y algunas piedras tenían una capa de musgo que las hacía especialmente resbaladizas.

—Ten cuidado —advirtió—. No quiero que termines cayéndote.

—Tranquilo. Solo voy a buscar la pelota.

Lucas comenzó a bajar.

Al principio, el sendero era relativamente sencillo. Sin embargo, conforme descendía, el terreno se volvía más irregular. Tuvo que apartar algunas ramas y sujetarse de las raíces que sobresalían de la tierra para mantener el equilibrio.

Una piedra se deslizó bajo su zapato.

Lucas se detuvo inmediatamente.

—Mierda...

Miró hacia abajo y comprobó que todavía tenía suficiente espacio para continuar.

Arriba, Mateo y Juan seguían observándolo.

—Espero que encuentre la pelota rápido —comentó Mateo.

Juan no respondió.

Tenía la mirada fija en su amigo.

Había algo en aquel lugar que no le gustaba. Quizá era la humedad, la vegetación demasiado espesa o simplemente la forma en que el puente parecía cubrir aquella parte del río.

Sacudió la cabeza.

No tenía sentido preocuparse.

Solo estaban buscando una pelota.

Mientras tanto, Lucas continuó descendiendo.

El sonido del agua se hacía más fuerte a cada paso. El aire también parecía más frío cerca de la orilla, donde la sombra de los árboles cubría gran parte del terreno.

Finalmente, llegó al río.

Se detuvo y se limpió las manos contra el pantalón. Después miró a su alrededor.

La pelota no estaba a simple vista.

Lucas caminó unos pasos.

Observó detrás de una roca.

Nada.

Apartó unas ramas que habían quedado atrapadas cerca de la orilla.

Tampoco.

—¿Dónde se metió...? —murmuró.

El agua reflejaba la luz del cielo y se deslizaba entre las piedras. Lucas se agachó para mirar hacia un sector donde la corriente parecía más lenta.

Entonces vio algo.

A unos metros de distancia, una figura blanca flotaba parcialmente sobre el agua.

Lucas entrecerró los ojos.

Desde donde se encontraba, parecía una manta o una sábana que alguien había arrojado al río. La corriente la mantenía atrapada entre unas ramas, haciendo que se moviera lentamente.

Frunció el ceño.

—¿Y eso qué es?

No recibió ninguna respuesta.

Solo escuchó el murmullo del río.

Lucas miró hacia arriba, en dirección al puente.

Mateo y Juan no podían verlo desde allí.

Volvió a mirar la figura.

Quizá alguien había dejado basura cerca de la orilla. No sería la primera vez que encontraba algo abandonado en aquel lugar.

Sin embargo, había algo extraño.

La tela no se movía como una simple manta.

Parecía tener algo debajo.




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