11.42 am 20 de septiembre 2019
El sol de aquella tarde iluminaba débilmente los alrededores de un viejo puente de piedra. Sus paredes, desgastadas por el paso de los años, estaban cubiertas de musgo y pequeñas grietas. Debajo, el río avanzaba lentamente entre las rocas, arrastrando hojas secas y algunas ramas.
A pocos metros del puente, tres muchachos jugaban al fútbol. Sus voces y sus risas rompían la tranquilidad del lugar. Ninguno imaginaba que, en cuestión de minutos, aquella tarde se convertiría en una de las experiencias más aterradoras de sus vidas.
Todo ocurrió cuando Mateo pateó la pelota con demasiada fuerza. Esta pasó por encima de una pequeña pendiente y cayó por debajo del puente, hasta terminar en la orilla del río.
—¡Mierda! ¡Se nos fue la pelota! —exclamó Mateo, acercándose al borde.
Lucas se asomó y observó el terreno que descendía hasta el agua.
—Yo voy a buscarla. Espérenme aquí.
—¡Ten cuidado! Las piedras están resbaladizas —le advirtió Juan.
Lucas asintió y comenzó a bajar por el sendero. A cada paso, la tierra húmeda se hundía ligeramente bajo sus zapatos. Algunas piedras estaban cubiertas de musgo y tuvo que sujetarse de unas raíces para evitar resbalar.
Cuando finalmente llegó a la orilla, se detuvo para buscar la pelota.
El agua reflejaba la luz del cielo y corría entre las rocas con un sonido constante. Lucas miró a su alrededor, pero no encontró nada.
Entonces, algo llamó su atención.
A unos metros de distancia, una figura blanca flotaba lentamente sobre el agua. Parecía una manta o una sábana abandonada, atrapada entre la corriente y unas ramas.
Lucas entrecerró los ojos.
—¿Y eso qué es...? —murmuró.
Se acercó con cautela. Al principio, no le dio demasiada importancia. Pensó que alguien había arrojado una sábana al río y que la corriente la había arrastrado hasta allí.
Sin embargo, a medida que se aproximaba, comenzó a distinguir una forma extraña debajo de la tela.
Había algo que no encajaba.
La figura tenía una silueta humana.
Lucas se detuvo en seco.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Miró a ambos lados, como si esperara encontrar a alguien cerca, pero no había nadie. Solo el viejo puente, las rocas y el sonido del agua.
Dio un paso más.
Entonces descubrió la verdad.
No era una manta.
Era el cuerpo de una muchacha.
Lucas retrocedió instintivamente. Sus ojos se abrieron de par en par y su respiración se volvió irregular. Sintió que las piernas le temblaban tanto que apenas podía mantenerse de pie.
La joven llevaba un vestido blanco, empapado y adherido a su cuerpo. Su largo cabello negro flotaba sobre el agua, ocultando parcialmente su rostro. Tenía la piel amoratada y el rostro pálido.
Pero lo que más aterrorizó a Lucas fueron las tres heridas de arma blanca que tenía en el pecho.
Se llevó una mano a la boca.
—No... No puede ser...
Su voz apenas fue un susurro.
Intentó apartar la mirada, pero no pudo. Había algo profundamente perturbador en aquella escena. El cuerpo parecía haber permanecido allí durante un tiempo, a merced de la corriente.
Entonces reparó en unos nudos que parecían hechos con una precisión inquietante. No comprendía por qué estaban allí, pero le resultaban extraños. Aquello no parecía obra de alguien que hubiera actuado sin saber lo que hacía.
Lucas sintió que el estómago se le encogía.
Retrocedió otro paso y tropezó con una piedra. Por poco cayó al suelo. Su corazón latía con tanta fuerza que podía escucharlo en sus oídos.
Miró una vez más el cadáver.
Aquella muchacha no estaba durmiendo.
Alguien la había asesinado.
El grito de Lucas
—¡Juan! ¡Mateo! —gritó Lucas, con la voz quebrada—. ¡Vengan! ¡Tienen que venir ahora mismo!
Su grito resonó bajo el puente y se perdió entre el sonido del río.
Arriba, Mateo y Juan se miraron, desconcertados.
—¿Qué le pasa a este tipo? —preguntó Mateo.
—No lo sé. Pero parece asustado —respondió Juan.
Ambos comenzaron a bajar por el sendero. Al llegar a la mitad de la pendiente, vieron a Lucas de pie junto al agua. Estaba pálido, inmóvil y tenía los ojos clavados en un punto de la orilla.
—¡Lucas! ¿Qué sucede? —preguntó Mateo.
Lucas no respondió. Simplemente levantó una mano temblorosa y señaló hacia el río.
Los dos muchachos siguieron la dirección de su dedo.
En cuanto vieron el cuerpo, se quedaron paralizados.
—¡AAAH! ¡¿Qué diablos es eso?! —gritó Mateo, retrocediendo de golpe.
Juan se llevó ambas manos a la boca. Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas y tuvo que apoyarse contra una de las paredes del puente.
—Dios mío... —susurró—. ¿Es una persona?
Lucas intentó hablar, pero las palabras se le atoraron en la garganta.
—Yo... yo...
—¡Lucas, contesta! —exclamó Mateo, sin dejar de mirar el cadáver—. ¿Qué demonios pasó aquí?
—¡No lo sé! ¡Solo vine a buscar la pelota! —respondió Lucas, con la voz temblorosa.
Mateo volvió a mirar el cuerpo. El vestido blanco se movía lentamente con la corriente y el cabello negro de la muchacha se extendía sobre el agua.
—Tenemos que irnos de aquí... —murmuró Juan.
—¡No podemos simplemente irnos! —replicó Mateo.
—¡¿Y qué quieres que hagamos?! ¡Mírala! —gritó Juan, señalando el cadáver.
Lucas se cubrió el rostro con las manos. Estaba a punto de llorar. Nunca había visto algo semejante y no sabía cómo reaccionar.
—Cuando bajé a buscar la pelota, vi algo blanco flotando en el río —explicó finalmente—. Pensé que era una manta. Me acerqué y... y era ella.
Mateo tragó saliva.
—¿Crees que alguien la dejó aquí?
Lucas lo miró, pero no respondió.
Los tres permanecieron en silencio. Por primera vez, el lugar que minutos antes les había parecido tranquilo y seguro se convirtió en un sitio aterrador.