La rama volvió a crujir.
Los tres muchachos permanecieron inmóviles, mirando hacia la espesura del bosque. El viento movía las hojas de los árboles y hacía que las ramas se balancearan sobre la carretera. A lo lejos, el sonido del río llegaba como un murmullo constante.
—¿Escucharon eso? —preguntó Juan, con la voz apenas audible.
—Sí —respondió Mateo, sin apartar la mirada de los árboles.
Lucas guardó lentamente el teléfono en el bolsillo. Todavía tenía la respiración agitada por la llamada a emergencias. La operadora les había asegurado que una patrulla y una ambulancia estaban en camino, pero no les había indicado cuánto tardarían en llegar.
—Tal vez fue algún animal —murmuró Lucas.
—¿Y si no fue un animal? —preguntó Juan.
Mateo giró la cabeza hacia él.
—¿Qué quieres decir?
Juan señaló el bosque con una mano temblorosa.
—Encontramos a esa muchacha en el río... ¿Y si la persona responsable sigue por aquí?
Ninguno respondió.
La posibilidad de que alguien más estuviera cerca les había pasado por la cabeza, pero ninguno se había atrevido a decirlo en voz alta. Desde que habían descubierto el cuerpo, cualquier ruido parecía tener un significado distinto.
Mateo miró hacia la carretera. No había vehículos a la vista. Los postes de luz se extendían a lo largo del camino, aunque todavía no estaban encendidos. A ambos lados, la vegetación crecía sin control y ocultaba buena parte del terreno.
—Tenemos que alejarnos de aquí —dijo finalmente—. No sabemos quién puede estar escondido entre esos árboles.
—La operadora nos dijo que esperáramos en la carretera —recordó Lucas.
—Y aquí estamos. Pero no pienso meterme otra vez en ese bosque.
Juan retrocedió unos pasos hasta quedar junto a sus amigos.
—¿Creen que la policía tardará mucho?
—No lo sé —contestó Lucas—. Me dijeron que enviarían una patrulla y una ambulancia.
—¿Y si no encuentran el puente?
Mateo soltó un suspiro.
—Les diste la ubicación, ¿verdad?
—Sí. Les expliqué cómo llegar desde el pueblo.
—Entonces deberían encontrarlo.
Lucas asintió, aunque no parecía convencido.
El tiempo comenzó a hacerse pesado. Al principio, los tres permanecieron atentos a cada vehículo que se acercaba a lo lejos. Sin embargo, ninguno de ellos apareció con las luces de una patrulla.
El sol continuaba su recorrido sobre el bosque. La espera, que al principio les había parecido de unos cuantos minutos, se prolongó mucho más de lo que esperaban.
De repente, algo se movió entre los árboles.
Los tres muchachos giraron la cabeza.
Una pequeña figura apareció detrás de unos arbustos. Era un conejo que había salido de entre la maleza y se había detenido junto a un árbol.
—¡Miren! —exclamó Mateo.
Juan dio un pequeño salto hacia atrás.
—¡¿Qué pasa?!
—¡Es solo un conejo! —respondió Mateo, soltando una carcajada.
El animal permaneció inmóvil durante unos segundos, observándolos con sus pequeños ojos. Después movió las orejas y dio varios saltos hasta desaparecer entre la vegetación.
Juan se llevó una mano al pecho.
—¡Maldita sea! ¡Por un momento pensé que era alguien!
—Estamos tan asustados que ahora hasta los animales nos parecen sospechosos —comentó Mateo.
Lucas sonrió ligeramente.
—Bueno, al menos sabemos que ese ruido no era nada grave.
Los tres muchachos soltaron una pequeña risa. Sin embargo, aquella breve tranquilidad no consiguió borrar por completo el miedo que sentían.
El cuerpo seguía debajo del puente y todavía no sabían quién era la muchacha ni qué le había ocurrido.
—Deberíamos dejar de pensar en eso por un momento —dijo Mateo—. La policía ya viene.
Lucas miró hacia la carretera.
—Esperemos que no tarde demasiado.
La tranquilidad duró poco.
Unos minutos después, mientras el viento agitaba las ramas sobre sus cabezas, se escuchó un sonido distinto. No fue un crujido aislado, sino una sucesión de pasos sobre la tierra seca.
Lucas levantó la cabeza.
—¿Escucharon eso?
Mateo dejó de sonreír.
—Sí. Eso no fue el conejo.
Juan miró hacia los árboles.
Entre los troncos pareció moverse una figura oscura. Fue apenas un instante; demasiado breve para distinguir si se trataba de una persona o de una sombra provocada por el movimiento de las ramas.
—Creo que hay alguien ahí —susurró Juan.
Lucas sintió un escalofrío.
—No se acerquen.
Los tres retrocedieron hasta quedar más cerca de la carretera. Ninguno quiso adentrarse en el bosque para comprobar qué había provocado aquellos sonidos.
Y, por primera vez desde que habían encontrado el cuerpo, los muchachos comprendieron que quizá no estaban solos.
La llegada de la camioneta
La tarde avanzaba lentamente. La luz del sol comenzaba a perder intensidad y las sombras de los árboles se extendían sobre la carretera.
Los muchachos llevaban varias horas esperando. La llamada a emergencias había sido realizada poco después de encontrar el cuerpo, pero la patrulla todavía no aparecía.
Mateo se frotó los brazos.
—Está empezando a hacer frío.
—Y todavía no llega nadie —respondió Juan.
Lucas miró su teléfono. La batería había descendido considerablemente y la señal volvía a desaparecer.
—Espero que no se haya perdido la llamada.
—La operadora te dijo que enviarían ayuda —recordó Mateo—. Tiene que venir.
En ese momento, una camioneta vieja apareció a lo lejos.
Sus faros iluminaron la carretera y se acercaron lentamente al lugar donde estaban los jóvenes.
Mateo levantó la cabeza.
—Parece que viene alguien.
Lucas observó el vehículo.
—Tal vez sea la policía.
Sin embargo, cuando la camioneta se acercó, pudieron distinguir que era de color gris y que tenía varias manchas de barro en las puertas. No llevaba luces de emergencia ni ninguna señal que indicara que se trataba de un vehículo oficial.