24/7

el inicio del fin

—Hay un gato en la ventana —dijo Zoe.

—Lo sé. Lo dejo estar ahí. ¿Hay algún problema? —respondió Chis sin apartar la vista de lo que estaba haciendo.

Zoe arrugó la nariz.

—Me dan un poco de asco. Siempre he pensado que son como ratas gigantes.

Chis la miró con confusión durante unos segundos.

—Bueno, estás aquí como invitada. ¿No crees que lo mínimo que podrías hacer es no quejarte? Después de todo, solo estás aquí porque mi hermano se fue de vacaciones y tengo que cuidarte.

Zoe frunció el ceño.

—Vaya, gracias.

—No me interrumpas, todavía no termino —replicó Chis con una sonrisa burlona—. Además, eres mi sobrina favorita.

—Soy tu única sobrina.

—Exacto. Por eso ocupas el primer puesto —dijo con sarcasmo

Mientras la lluvia caía con fuerza contra las ventanas, Zoe se acercó al gato, aunque manteniendo cierta distancia. Se colocó a su lado para observar las gotas resbalar por el cristal.

Chis, por su parte, estaba en la cocina preparando algo de comida.

Tras unos segundos de silencio, Zoe soltó un suspiro.

—¿Por qué tu departamento está tan viejo?

Chis levantó una ceja, pero no respondió de inmediato.

—Papá tiene una casa gigante. Siempre que habla de ti, lo hace con lástima —continuó Zoe.

Su voz era tan neutra que resultaba difícil saber si intentaba ser cruel o simplemente estaba diciendo lo que pensaba. No había ninguna expresión en su rostro mientras observaba la lluvia golpear la ventana.

Chis dejó de remover la olla por un momento.

—Vaya. Qué forma tan elegante de empezar una conversación.

Zoe se encogió ligeramente de hombros.

—Solo tenía curiosidad.

El gato, ajeno a la tensión, soltó un suave maullido antes de acomodarse junto a la ventana

Zoe observó el exterior desde la ventana, cuidando de mantenerse lejos del gato que descansaba sobre el alféizar. Aunque la presencia del animal le incomodaba, aquel era el único lugar desde donde podía ver bien el patio.

Su tío vivía en un conjunto de departamentos con forma de U. En el centro había un pequeño parque que destacaba entre los edificios envejecidos. Era, probablemente, lo único bonito del lugar.

El césped lucía sorprendentemente verde y los arbustos parecían cuidadosamente podados. Zoe supuso que una anciana se encargaba de mantenerlo así. La había visto más temprano regando las plantas y quitando algunas hojas secas de los caminos.

Mientras observaba el parque, la mujer apareció otra vez, recogiendo algunas herramientas y acomodándolas bajo un techo cercano.

Zoe apoyó la frente contra el cristal.

Aquel lugar seguía pareciéndole extraño. Viejo, pequeño y silencioso. Nada que ver con la enorme casa en la que vivía su padre.

Detrás de ella, Chis continuaba preparando la comida sin prestar demasiada atención a lo que ocurría afuera

—Oye, deja de espiar a las personas, por favor —dijo Chis.

—Además, aquí no hay nada interesante.

—Creo que sí, pero bueno —añadió, señalando un paraguas apoyado junto a la puerta—. Vas a tener que ponértelo. Vamos a la tienda, me faltan algunos ingredientes para la comida.

Zoe apartó la mirada de la ventana y observó el paraguas sin mucho entusiasmo.

Sin embargo, antes de alejarse, notó algo extraño. La lluvia parecía brillar más de lo normal, como si pequeños destellos se ocultaran entre las gotas que caían del cielo.

Frunció ligeramente el ceño, pero no le dio demasiada importancia.

Probablemente era solo un efecto de la luz

—Oye, llegué esta mañana, pero esa nube ha estado ahí durante horas. ¿No es raro? Quiero decir, no digo que sean alienígenas ni nada, pero es enorme. La nube con forma de vómito... creo que es un buen nombre —dijo Zoe mientras agarraba el paraguas.

Chis miró por la ventana unos segundos.

—Sí, es un poco extraño. Pero no es solo de hoy. Lleva varios días ahí.

Luego sacudió la cabeza.

—Y cambiando de tema, ¿ya estás lista para ir a la tienda?

Chis abrió la puerta. Era una adición relativamente nueva para el departamento, algo que el propietario había reemplazado hacía poco. Mientras esperaba a Zoe, observó la gotera del pasillo y contó las gotas que caían al cubo colocado debajo.

—Supongo que eso es lo malo de vivir en el último piso.

Zoe se puso el paraguas sin responder.

—Oh, cierto. ¿Dónde dejaste las medicinas? Tu padre me dijo que las necesitabas.

Zoe hizo una mueca de fastidio.

—Mi padre exagera. No las necesito.

—Zoe...

—Hace años que no tengo un ataque de asma.

Chis la observó en silencio durante unos instantes.

—Y espero que siga siendo así. Pero llévalas de todos modos.

Zoe soltó un suspiro exagerado y desvió la mirada hacia la extraña nube que permanecía inmóvil en la distancia. Seguía allí, oscura y enorme, como si estuviera observando la ciudad desde lo alto. Sin embargo, decidió no decir nada más y salió al pasillo detrás de su tío

De camino a la tienda, Zoe fue bajando las escaleras a saltos, contando cada escalón.

Cuando salieron del edificio, se dio cuenta de algo curioso. Mientras avanzaban por la calle, observó que la mayoría de los edificios parecían modernos y bien cuidados. Comparados con ellos, el departamento de su tío parecía una reliquia olvidada.

Zoe levantó la vista hacia Chis. Tenía unas ojeras tan marcadas que daba la impresión de no haber dormido en días.

—Oye, tío, ¿por qué no hablas con mi papá? Confía lo suficiente en ti como para que me cuides, pero nunca vienes a casa. No es que me importe ni nada, solo es una duda.

Chis permaneció en silencio unos segundos.

—Es complicado.

—Qué respuesta tan aburrida.

—Y la única que vas a obtener.

Sin darse cuenta, ya habían llegado a la tienda.

—Zoe, ¿puedes traer una salsa y dos litros de agua? Voy a depositar algo de dinero.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.