365 días

Capítulo 1

El rocío todavía no se terminaba de evaporar de las hojas de lechuga cuando me abroché la camisa de franela. A las cinco y media de la mañana, el campo no tiene filtros ni prisa, pero sí una música perfecta que casi nadie se detiene a escuchar. El viento rozando los cables de luz del rancho suena como un violonchelo afinándose en grave, mientras que el crujido de la tierra seca bajo mis botas marca un compás de cuatro tiempos constante, predecible y reconfortante.
Me llamo Alelí Villalba y, para la mayoría de la gente, mi vida es bastante simple, quizás hasta un poco monótona. Vivo en las afueras, donde la ciudad deja de ser un monstruo de concreto y se convierte en una extensión infinita de surcos, verde y polvo. Mi familia es dueña de este rincón: un rancho modesto y un par de hectáreas de huertas que son nuestro orgullo y nuestro sustento. Aquí no hay lujos, pero hay una riqueza que se mide en cajones llenos de tomates maduros y en el olor a tierra mojada después de la lluvia.

-¡Alelí! ¡Apura el paso que el camión de la cooperativa no va a esperar a que termines de afinar el aire!

El grito de mi padre se escuchó desde el galpón principal. Sonreí para mis adentros. Mi papá era un hombre pragmático, de manos gruesas y rostro tallado por el sol. Para él, las cosas eran simples: la tierra da, el esfuerzo paga y el tiempo se respeta. No entendía por qué yo me quedaba petrificada a mitad del camino mirando cómo la luz del amanecer atravesaba las ramas de los naranjos, pero aceptaba mis rarezas con una paciencia silenciosa.

-¡Ya voy! Sólo aseguraba la reja de las aves

Si... no era del todo cierto... ya que en realidad, me había distraído golpeando con los nudillos la cerca de madera, probando las diferentes resonancias que producía el pino seco según la humedad del aire. Todo a mi alrededor tenía una voz. El balde de metal al llenarse de agua generaba un tono ascendente, una escala menor que terminaba justo cuando la espuma tocaba el borde. Desde que tenía memoria, veía la vida así: como una partitura inmensa, luminosa y en constante movimiento. Mientras otros veían rutina y trabajo duro, yo escuchaba una sinfonía campesina que me llenaba el pecho de una alegría difícil de explicar. Caminé hacia el galpón, donde mi hermano mayor ya acomodaba las últimas cajas de acelga y zanahorias sobre la plataforma del viejo camión. La madera crujía con el peso y el motor a diésel tosía una nube de humo gris antes de estabilizar su ronroneo grave.

-llegas tarde, musiquita... si seguimos a tu ritmo, los mejores puestos de la ciudad se lo quedarán los de la finca vecina
-un toque de misterio al llegar siempre mejora las ventas, no te alteres

Respondí guiñándole un ojo, mientras tomaba una de las cajas de madera para subirla a la parte trasera del vehículo. El trabajo físico era pesado, no lo voy a negar. Mis manos no eran suaves; tenían pequeñas cicatrices de espinas y uñas que jamás estarían impecables, pero me gustaba la honestidad de ese cansancio. Sabía exactamente de dónde venía cada centavo que entraba a la casa. Al terminar de cargar, subí al asiento del copiloto y apoyé la cabeza contra la ventanilla. Mi padre encendió la radio, que solo captaba una emisora local con bastante interferencia, pero incluso el estático tenía su propio ritmo.
El trayecto desde las afueras hacia el mercado central siempre me parecía un viaje entre dos mundos distintos. A medida que nos alejábamos de los surcos de tierra y nos adentrábamos en el asfalto, la naturaleza cedía su lugar a la arquitectura gris. La melodía limpia del campo se transformaba paulatinamente en el caos estridente de la ciudad: bocinas desafinadas, frenos chirriantes, el murmullo acelerado de la gente que caminaba mirando el suelo y el eco distante de las fábricas que rodeaban la periferia industrial.
A lo lejos, recortadas contra el cielo matutino, se veían las chimeneas y los galpones gigantescos del sector industrial. Nunca me había acercado a esa zona, mi padre decía que allí solo vivía la prisa y el humo, gente con el corazón duro como el metal que fabricaban. Yo me preguntaba si en esos lugares cerrados, entre el ruido de la maquinaria pesada y la frialdad de las estructuras de acero, habría espacio para que alguien escuchara algo hermoso. Me parecía un pensamiento absurdo; era imposible buscar poesía en una cadena de montaje.
Llegamos al mercado cuando el sol comenzaba a calentar con fuerza. El lugar era un hervidero de vida. Descargamos los cajones en nuestro puesto habitual, el número catorce, ubicado justo en el corazón de la nave central de frutas y verduras. Organizar la mercancía era mi parte favorita: colocaba los pimientos rojos junto a los amarillos no solo por estética, sino porque la combinación de colores me producía una sensación visual idéntica a la resolución de un acorde armónico perfecto.

-¡Lleve la verdura fresca, cosechada esta misma madrugada!

Atendí a las señoras del barrio, sopesé bolsas de papas, conté cambio y sonreí hasta que me dolieron las mejillas. Era un día próspero, un día idéntico a cien otros días del pasado. No había nada en el horizonte que me indicara que mi universo estaba a punto de colisionar con otro totalmente opuesto.
Alrededor del mediodía, durante un pequeño descanso entre clientes, saqué de mi bolsillo una armónica pequeña y desgastada que había pertenecido a mi abuelo. Me senté sobre un cajón de madera dado vuelta, a la sombra del puesto, y me la llevé a los labios. Apenas soplé unas notas suaves, una melodía improvisada que imitaba el canto de las calandrias que despertaban sobre mi ventana cada mañana.
Nadie en el mercado prestaba demasiada atención, envueltos como estaban en sus propias compras y regateos. Sin embargo, para mí ese pequeño instrumento era un puente, una forma de mantener intacta la luz de mi hogar en mitad de la vorágine urbana. Cerré los ojos un segundo, dejando que el aire fluyera, convencida de que mi vida seguiría siendo siempre así de clara, simple y predecible.




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