El mercado comenzó a desocuparse cuando la tarde empezaba a teñir el cielo de un tono anaranjado y denso. El murmullo constante de la multitud dio paso a la fricción de las escobas contra el suelo de concreto y al chirrido de las persianas metálicas al bajarse. Con las bolsas de cambio casi vacías y los cajones de madera limpios acumulados a un costado, mi padre dió la orden de recoger todo para emprender el regreso al rancho.
Me ajusté los guantes de trabajo, algo desgastados en las yemas, y tomé una pila de dos cajones vacíos para llevarlos hacia la caja del camión. El cansancio de la jornada se sentía en la espalda, pero era esa clase de peso gratificante que deja la sensación del deber cumplido. Mi hermano ya estaba arriba del vehículo acomodando el espacio, mientras mi padre conversaba con el encargado del puesto vecino sobre los precios del transporte.
Fue en ese preciso instante, mientras cruzaba la acera peatonal al borde del mercado con la carga en brazos, cuando el aire cambió de densidad: un hombre caminaba a paso firme por la vereda, completamente ajeno al entorno que lo rodeaba. Vestía un abrigo de corte impecable, sobrio y de tonos oscuros que desentonaban de forma radical con el ambiente terroso del mercado. Llevaba la mirada fija en la pantalla de un teléfono inteligente, sus dedos escribían con un ritmo autómata y frenético, y tenía el ceño ligeramente fruncido en un gesto de severidad desgastada. Tenía una postura erguida pero tensa, como si llevara una armadura invisible demasiado pesada. Pasó a escasos centímetros de mí. En el momento justo en que cruzamos trayectorias, una ráfaga de viento repentina levantó una nube de polvo e hizo sonar una lámina de zinc en la estructura del mercado, produciendo una nota resonante y profunda.
Ambos nos detuvimos al mismo tiempo. Fue un reflejo involuntario, un tirón invisible que interrumpió la inercia de nuestros pasos.
Giré el rostro por encima de los cajones de madera que sostenía. Durante una fracción de segundo, la luz dorada del atardecer le dio de lleno en la cara. Vi unos ojos oscuros pero marcados por una sombra de cansancio profundo, mandíbula marcada y una expresión de frialdad tan calculada que resultaba casi triste. No había calidez en su rostro, pero sí una intensidad magnética, la apariencia de alguien que guardaba un grito atrapado detrás de labios apretados. Era una estampa compuesta por líneas rectas y tonos grises, el contraste absoluto con todo mi mundo. Él, por su parte, sintió esa misma pausa repentina. Detuvo su caminata y desvió la mirada de la pantalla, sintiendo la extraña sensación de ser observado, como si una frecuencia sutil en el ambiente se hubiera desajustado. Se dio la vuelta despacio, buscando la fuente de esa interrupción.
Sin embargo, para cuando sus ojos recorrieron la acera, yo ya me había girado de nuevo para subir los cajones al camión.
-¡Alelí! ¿Te quedaste congelada o qué?
El grito mi hermano desde la caja del camión me hizo reaccionar, sacándome del trance.
Parpadeé rápidamente, sintiendo un calor extraño en las mejillas. Acomodé la madera en su lugar y me subí a la cabina del copiloto sin decir una sola palabra. Durante todo el trayecto de vuelta, mientras la ciudad volvía a desteñirse para dar paso a las copas de los árboles y a las cercas del campo, estuve inusualmente callada. Mi padre encendió la radio para escuchar las noticias del clima, pero para mí el sonido no era más que un ruido blanco. En mi cabeza no dejaba de repetirse la imagen de ese rostro: rígido, elegante, hermético, pero extrañamente familiar en su soledad.
Cuando llegamos ayudé a guardar el camión, al llegar el momento de la cena, di apenas un par de bocados y me disculpé alegando que estaba cansada. Necesitaba aire, pero sobre todo, necesitaba silencio para procesar la turbulencia inusual que llevaba dentro.
Me dirigí hacia el establo, el lugar del rancho donde la luz del día siempre tardaba más en marcharse y donde el olor a heno seco me daba una paz inmediata. Encendí apenas una linterna de querosén y la colgué de una viga de madera, dejando que una penumbra cálida llenara el espacio.
En el último box me esperaba Sombra, mi yegua azabache. Al escuchar mis pasos, dejó escapar un resoplido suave y asomó la cabeza por encima de la puerta de madera.
-hola, preciosa
Murmuré, acercándome para acariciar la franja blanca que tenía entre los ojos.
Me subí a uno de los fardos de paja apoyados contra la pared del box y me quedé allí, observando el ritmo pausado con el que la yegua masticaba. El establo tenía su propia música: el crujido de la madera al ceder con el viento, la respiración profunda de Sombra y el goteo constante de un grifo lejano. Por lo general, yo utilizaba esos sonidos para improvisar melodías en mi cabeza, pero esa noche la partitura estaba incompleta. Había una nota disonante que no lograba encajar.
¿Quién era él? ¿Por qué alguien que parecía pertenecer a las altas esferas de los edificios de cristal caminaba a pie cerca de la nave de verduras a esa hora? Pero, sobre todo, ¿Por qué la simple visión de su rostro me había dejado una sensación de vacío tan honda, como si hubiese escuchado una canción hermosa cortada a la mitad?
Pasé los dedos por la madera gastada del establo, imitando el ritmo de una escala musical. Había visto a miles de desconocidos en el mercado a lo largo de mi vida; gente de paso, compradores apresurados, rostros que se borraban a los cinco minutos. Pero él no se borraba. Su imagen permanecía nítida en mi mente, como un lienzo en blanco esperando ser pintado o una cuerda de guitarra tensada al límite, a punto de sonar.
Sombra apoyó su hocico cerca de mi hombro, dejando salir un aliento tibio que me devolvió a la realidad. Sonreí en la oscuridad, abrazando el cuello del animal mientras la noche terminaba de instalarse sobre el rancho, sin sospechar que el destino ya había comenzado a contar los días.