El canto estridente de los gallos marcó las cinco de la mañana con la precisión impecable de siempre. Me levanté antes de que sonara la alarma, pero no por costumbre, sino porque la noche había sido un desfile interminable de sombras y pensamientos inconclusos. Me abroché la camisa de franela, me trencé el cabello frente al espejo empañado del baño y salí al patio. La rutina no perdonaba: cargar el camión, revisar las verduras, escuchar las órdenes de mi padre y subirme al asiento del copiloto. Sin embargo, por primera vez, el trayecto hacia la ciudad no se sintió como una sinfonía, sino como la espera tensa antes de un acorde que nunca termina de caer.
El mercado central amaneció envuelto en su vorágine habitual. Las luces de neón parpadeaban entre el vapor de los puestos de café y el olor a tierra mojada de los vegetales recién desembalados. Mi hermano John y yo organizábamos los cajones del puesto catorce con la velocidad que la experiencia nos había enseñado.
-acomoda esos tomates antes de que la gente empiece a amontonarse
-ya voy, no me apresures
Respondí, intentando mantener la mente concentrada en los colores y las texturas para acallar la ansiedad irracional que me carcomía.
Alrededor de las diez de la mañana, cuando el bullicio alcanzaba su punto más alto, el aire volvió a cambiar. No fue una ráfaga de viento ni un ruido extraño; fue una certeza repentina, un escalofrío que me recorrió la nuca. Alcé la mirada sobre la hilera de pimientos amarillos y ahí estaba él. Caminaba entre la multitud del mercado como un barco navegando en aguas equivocadas. Llevaba una camisa gris de corte impecable, sin saco esta vez, con las mangas ligeramente arremangadas hasta los codos. No miraba el teléfono. Sus ojos recorrían los letreros de madera hasta que, como si guiara sus pasos un mapa invisible, se detuvieron directamente en nuestro puesto. Y en mí.
Se acercó despacio, recortando la distancia hasta quedar del otro lado de la barra de madera.
En cuanto nuestras miradas se cruzaron, el tiempo se detuvo por completo. El griterío de los vendedores, el regateo de las clientas y el crujido de los cajones se disolvieron en un silencio absoluto y ensordecedor. Volví a sentir esa misma vibración en el pecho, ese tirón invisible que desafiaba cualquier lógica. Estábamos a menos de un metro de distancia. Pude ver los matices castaños en sus ojos oscuros, la tensión contenida en sus hombros y la forma en que sus labios se abrían apenas, como si quisiera decir algo pero no encontrara las frecuencias adecuadas. Me quedé helada, sosteniendo un manojo de cilantro en la mano, incapaz de articular una sola palabra o de sostener la respiración.
Él también pareció quedar atrapado en una parálisis instantánea. Su mano, que se había extendido hacia una cesta de manzanas, se congeló en el aire. La frialdad de su rostro se resquebrajó por una fracción de segundo, dejando ver un desconcierto tan profundo como el mío. Fue mi hermano quien rompió aquel encanto como un cristal rompiéndose contra el suelo.
-¡Buenos días! ¿Qué podemos ofrecerle?
Mi hermano se interpuso de un brinco entre los dos, apoyando ambas manos sobre la mesa de madera con su habitual entusiasmo de comerciante. El desconocido parpadeó rápidamente, recuperando su postura rígida casi al instante, aunque me dió la impresión de que sus dedos temblaron levemente al retirar la mano de la fruta.
-eh... si... pues póngame dos kilos de manzanas, por favor
-¡Enseguida! ¡Alelí! ¿Te quedaste sin señal, o que? Pásame la báscula, que la tienes al lado
Traté de moverme, pero mis pies parecían clavados en el suelo. Le alcancé la balanza a mi hermano torpemente, sin atreverme a levantar la mirada del todo, aunque sentía los ojos de ese hombre fijos en mí, analizando cada uno de mis movimientos pausados. John pesó la fruta, cobró el dinero y le entregó la bolsa.
-aquí tiene, que lo disfrute, y vuelva pronto
Mi hermano se despidió con una sonrisa de oreja a oreja. El sujeto tomó la bolsa, echó una última mirada hacia mí (una mirada densa, cargada de una pregunta que ninguno de los dos sabía como formular) y se dio la vuelta, perdiéndose a paso lento entre la multitud del pasillo principal.
Apenas estuvo fuera de vista, John se giró hacia mí, cruzándose de brazos con una sonrisa burlona que le ocupaba toda la cara.
-bueno, bueno... ¿Y a ti que te pasó, musiquita? Parecía que habías visto un fantasma... o, al príncipe heredero de la ciudad
-no me pasó nada, cállate
-¡Por favor! Te quedaste con la boca abierta y el cilantro en la mano como una estatua de jardín. El pobre tipo seguro pensó que en este puesto atendemos con hechizos.
***
El regreso al rancho fue largo y sofocante. Cenamos en un silencio tenso; yo apenas probé la comida, esquivando la mirada cómplice que John me lanzaba desde el otro lado de la mesa. En cuanto pude levantarme, me escabullí hacia el establo. Encendí la lámpara de querosén y me senté sobre el fardo de paja al lado del box de Sombra, quién me saludó con un resoplido suave y apoyó la cabeza en mi regazo. Empecé a acariciarle el lomo, tratando de ordenar las notas desordenadas que sonaban en mi cabeza.
-sabía que te encontraría aquí
Alcé la vista. John caminaba despacio por el pasillo de madera, sin su habitual actitud burlona. Se acercó al fardo, se quitó las botas de trabajo y se sentó a mi lado, dejando escapar un largo suspiro que hizo bailar la llama de la linterna.
-lamento molestarte en el mercado, a veces se me olvida aflojar con los chistes... lo cierto es... que me quedé preocupado, jamás te he visto así
Me quedé en silencio un momento, pasando los dedos por la crin de Sombra.
-ni siquiera yo misma sé que me pasa... es que fue muy raro, creí que lo había imaginado, pero hoy... cuando se acercó, yo... sentí algo en el pecho, como si conociera a ese sujeto desde siempre, o como si estuviera pidiendo mi ayuda en silencio
-Al...
-lo sé, suena tonto, solo es un desconocido y ya, pero... tú viste su atuendo, era completamente diferente a cualquier persona de aquí, y esa extraña sensación al verme... no sé, quizás si estoy volviéndome loca