365 días

Capítulo 4

El polvo de la pista se levantaba en una nube dorada bajo el galope ritmado de Sombra. Desde el borde del cobertizo, mientras ajustaba la tensión de una correa de cuero gastada, mantuve la mirada fija en mi hermana. Alelí tenía una gracia natural que desafiaba la brusquedad del trabajo en el campo. Guiaba a la yegua casi sin tocar las riendas, utilizando solo el peso de su cuerpo y pequeños murmullos que el viento se llevaba hacia los naranjos. Se la veía serena, pero yo la conocía demasiado bien. Detrás de esa aparente tranquilidad en el corral, sabía que su mente seguía atrapada en la melodía inconclusa de los últimos días, en el recuerdo de ese extraño del mercado.
La conversación de anoche en el establo me había dejado un sabor amargo en la boca. Alelí siempre había sido la luz de la familia, una muchacha sensible que veía belleza donde el resto solo veíamos tierra dura y sudor. Precisamente por eso me daba pavor que terminara estrellándose contra la realidad. La gente de la ciudad no tenía la misma nobleza; no entendía de tiempos, de cosechas ni de lealtades verdaderas.

-¡John!

La voz de Roberto, el capataz de la finca, me sacó de mis pensamientos. Giré la cabeza y lo vi acercarse a paso apresurado desde el camino principal, limpiándose la frente con el dorso del brazo. Tenía el ceño fruncido y una expresión de evidente desconcierto.

-¿Qué ocurre?
-hay un joven en la entrada, pregunta tu padre, le dije que había salido pero aún así insiste en esperarlo... es un tipo raro, su auto cuesta más que estos terrenos con la cosecha incluida
-descuida, yo me encargo, tú quédate cerca del establo por si acaso... allí está mi hermana

Caminé hacia la entrada intentando mantener la calma, pero en cuanto doblé la esquina de la bodega principal y vi la figura recortada contra la reja de madera, el estómago se me apretó de golpe. Reconocí el corte impecable de su ropa, la postura rígida y esa presencia fría que parecía congelar el calor de la tarde. Era él. El sujeto del mercado. El mismo que había dejado a mi hermana muda sosteniendo un manojo de cilantro... ¿Qué demonios hacía ese tipo en nuestra propiedad? La coincidencia era demasiado grotesca para ser un simple accidente. Apreté los puños dentro de los bolsillos del pantalón y acorté la distancia, evaluando cada uno de sus movimientos. Estaba apoyado sutilmente cerca de un vehículo negro, elegante y brillante, observando los surcos de la huerta con una mezcla de curiosidad distante y cierta incomodidad.

-buenas tardes, soy John Villalba, dicen que buscas a mi padre... él no se encuentra

El sujeto se giró de inmediato. Si se sorprendió al reconocerme como el vendedor de manzanas del puesto catorce, supo disimularlo con una maestría impecable. Su rostro recuperó al instante esa máscara de serenidad calculada, aunque vi un destello de cautela en sus ojos oscuros. Dio entonces un paso al frente, extendiendo la mano con un gesto formal y educado.

-buenas tardes. Mi nombre es Marco Di Santos. Mi familia está evaluando algunos proyectos de infraestructura y logística en esta zona de la periferia, y me indicaron que hablara directamente con los propietarios

Acepté su apretón de manos. Su agarre era firme, pero sus manos no tenían los callos del trabajo duro; eran las manos de alguien que jamás había levantado un cajón de madera en su vida. Mantuve el contacto visual un segundo más de lo necesario, dejando que notara la desconfianza que no me molesté en ocultar.

-Di Santos... un apellido pesado para estar dando vueltas por una huerta de hortalizas, señor Di Santos
-a veces los asuntos de negocios requieren que uno constate las cosas en persona

Su voz sonó grave y neutra, sosteniéndome la mirada sin pestañear. Estaba a punto de pedirle que regresara otro día cuando el sonido de unos pasos apresurados sobre la grava interrumpió la tensión del ambiente. Alelí apareció desde el sendero de los naranjos, respirando un poco agitada, con algunas hebras de cabello sueltas fuera de la trenza y las mejillas encendidas por el ejercicio con Sombra. Se detuvo en seco al ver a nuestro visitante. El impacto fue inmediato. Vi cómo la postura rígida del recién llegado se desmoronaba en un segundo. La frialdad de su rostro cayó por completo, dejando al descubierto una mirada de absoluto asombro, como si estuviera viendo un fantasma o una visión imposible en mitad del polvo del rancho. Alelí, por su parte, se quedó petrificada, abriendo ligeramente los labios mientras el color se le subía aún más al rostro. La misma electricidad ridícula que los había envuelto en el mercado estaba de vuelta, llenando el espacio entre ellos con un silencio espeso.
Traté de dar un paso al frente para ponerme entre los dos, pero este sujeto se me adelantó de forma casi instintiva. Dio un paso hacia ella, rompiendo su propia coraza de formalidad.

-soy Marco

Habló primero, con una voz mucho más suave que la que había usado conmigo, mirándola directamente a los ojos como si yo me hubiera vuelto invisible. Alelí parpadeó, recuperando el aire poco a poco. Dio un paso hacia adelante, ignorando por completo la mirada de advertencia que le estaba clavando desde mi posición.

-Alelí Villalba

Respondió ella, dejando escapar una sonrisa pequeña y temblorosa, pero llena de esa luz que la caracterizaba. Se quedaron mirándose durante varios segundos que se me hicieron eternos. Él pronunció su nombre en un susurro casi inaudible, como si estuviera probando el sonido de una nota musical totalmente nueva, mientras la desconfianza en mi cabeza se convertía en una alarma ensordecedora. La tormenta que tanto temía ya había llegado a la puerta de nuestra casa.




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