365 días

Capítulo 5

El sonido característico del viejo camión de mi padre irrumpió en el camino de entrada, salvándome de la necesidad de romper a la fuerza la burbuja irreal que rodeaba a Alelí y a este sujeto. El vehículo se detuvo con un suspiro de frenos sobre la grava, y mi padre bajó del lado del conductor acomodándose el sombrero de paja. Mi madre, lo siguió desde el lado del copiloto, cargando un par de bolsas con los mandados del pueblo.
Papá escaneó la escena de un solo vistazo con esa mirada perspicaz de quien ha vivido lo suficiente para leer el aire. Evaluó el auto lujoso, la vestimenta de Marco y la distancia ridículamente corta a la que se encontraba de mi hermana.

-buenas tardes, soy Julio Villalba

Marco dio un paso atrás, recomponiendo su postura ejecutiva casi de inmediato, aunque no pudo ocultar del todo el ligero rubor en su cuello.

-Don Julio, un placer. Soy Marco Di Santos. Vine a tratar un asunto sobre la colindancia del camino vecinal y algunas propuestas de desarrollo que mi familia tiene previstas para esta zona

Se presentó estrechando la mano de mi padre con la misma formalidad impecable. Mi padre asintió despacio, sopesando las palabras y la presencia del muchacho.

-entiendo. Es un tema que requiere paciencia y buen aire... acompáñeme a dar una vuelta, el campo se entiende mejor cuando se pisa, no desde una oficina

Marco aceptó sin dudarlo. Mientras se alejaban hacia las hileras de cultivos, aproveché el instante para inclinarme hacia Alelí. No hizo falta que dijera una sola palabra; le lancé una mirada helada y directa, una advertencia silenciosa que le decía con absoluta claridad: «Ten cuidado, voy a estar observando cada uno de sus movimientos». Alelí bajó la mirada un segundo, pero vi el brillo obstinado que cruzó sus ojos.

-¡Al, mi amor! Ayúdame a llevar las bolsas a la cocina, he conseguido los frascos que querías para el dulce de durazno

La tensión en el rostro de mi hermana se disipó como por arte de magia. Cocinar mermeladas con mi madre era su refugio desde que era una niña pequeña. Le fascinaba el proceso de transformar la fruta fresca en algo dulce, midiendo los tiempos con el burbujeo de la olla como si fuera una composición exacta.

-¡Ya voy!

Echando una última mirada hacia el camino por donde se habían perdido mi padre y Marco, siguió a mi madre al interior de la casa.
Esperé a que la puerta de madera de la cocina se cerrara tras ellas. En cuanto estuve seguro de que no me veían, eché a caminar a paso largo, siguiendo el rastro de la conversación de mi padre.
Los encontré al cabo de unos minutos junto a la cerca de madera del corral. Marco tenía las manos metidas en los bolsillos del pantalón, mirando hacia el interior del recinto. Allí dentro estaba Sombra, paseando majestuosa junto a otros dos caballos del rancho que descansaban bajo la sombra de un algarrobo. Mi padre estaba apoyado de espaldas contra la baranda, observando a Marco en lugar de mirar a los animales.
Me quedé a unos metros de distancia, en la sombra del almacén de herramientas, escuchando en silencio.

-no me hable de planos ni de abogados, señor Di Santos... he visto pasar a muchos hombres con traje por estas tierras. Tienen la mirada rápida, siempre pensando en lo que van a construir mañana, pero son incapaces de mirar lo que tienen enfrente hoy

Marco se quedó en silencio, contemplando a la yegua azabache que se acercaba curiosa a la reja.

-pero, usted... tiene una sombra en los ojos, muchacho, una rigidez pesada, como si llevara un motor de hierro en el pecho en lugar de un corazón. Quiere los permisos de este camino para la fábrica de su familia, pero aquí las cosas no se firman con chequeras. Se firman con respeto por la tierra.
-estoy dispuesto a negociar los términos que usted considere justos... mi padre espera resultados, pero no vine aquí a pasar por encima de nadie

Mi padre soltó una carcajada corta y sabia, negando con la cabeza.

-¿Resultados? En el campo no hay resultados rápidos. Hay siembra, hay espera y hay sequías. Si usted realmente quiere que hablemos de ceder terrenos o de firmar acuerdos con su familia, va a tener que demostrarme de qué madera está hecho.
Marco frunció el ceño, desconcertado.

-¿Qué quiere decir?
-le voy a dar una oportunidad, pero bajo mis reglas. Le doy un año. Vendrá aquí a trabajar el campo, a aprender el oficio desde abajo, a cargar cajones, a limpiar establos y a entender lo que cuesta cada fruto que sale de este rancho. Si aguanta el año entero sin rendirse y demuestra que es un hombre de palabra y no solo un apellido rico, le daré los permisos que su familia busca. Si no, se regresa a su fábrica de autos y no vuelve a pisar esta propiedad.

Se me cortó la respiración desde mi escondite. ¿Un año? ¿Mi padre le estaba ofreciendo quedarse en el rancho durante un año entero? Era una locura. Estaba metiendo al lobo directamente en el gallinero, poniéndolo en el mismo espacio que Alelí día tras día.
Marco se quedó petrificado. Miró las manos de mi padre, luego miró la inmensidad de las huertas y finalmente dirigió los ojos hacia la casa, donde a lo lejos se escuchaba el murmullo de la risa de Alelí mezclado con el tintineo de los utensilios de cocina. Por un instante, la frialdad de su rostro se resquebrajó por completo. Se notaba el conflicto interno, la fricción entre su orgullo de ejecutivo y un impulso desconocido que lo empujaba a aceptar.

-tenemos un trato, don Julio
-nos vemos aquí mañana al amanecer, entonces

Mi padre estrechó su mano con un gesto serio. El reloj del destino acababa de ponerse en marcha, y la cuenta regresiva de los 365 días comenzaba a correr en nuestro propio suelo... ¿Qué acabas de hacer papá? ¡Maldición! Lo único que espero es que no traiga problemas con Alelí, porque si llega a lastimarla al menos un poco...




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.