365 días

Capítulo 6

[Narra Marco]

El motor de mi automóvil rugió en el silencio helado de las cinco de la mañana antes de apagarlo frente a los portones del rancho. La oscuridad del campo era densa, casi palpable, quebrada únicamente por los faros de mi vehículo que iluminaban la niebla matutina. Dentro del habitáculo, el teléfono parpadeó en el soporte del tablero. El nombre de mi padre iluminó la pantalla.
Exhalé despacio, apretando el volante de cuero antes de presionar el botón de contestar. No tenía muchas ganas de escuchar esa voz áspera y cargada de la impaciencia ejecutiva que había regido mi vida desde que tengo memoria.

-dime que los permisos ya están firmados
-aún no, el señor Villalba es tajante, no se mueve por dinero ni por presiones legales, solo le interesa corroborar las intenciones respecto al terreno
-¿Corroborar? No tengo tiempo para sentimentalismos, necesito esa firma antes de que acabe el año fiscal. Tu resuélvelo

Miré a través del parabrisas hacia la luz tenue que se encendió en la entrada del rancho.

-sabes que lo haré... pero me tomará tiempo
-¡¿Tiempo?! Justamente es lo que NO tenemos
-me quedaré hasta fin de año aquí, me propuso un trato, si aprendo la dinámica del lugar y trabajo de cerca con ellos entonces firmará los permisos

Un silencio pesado y cargado de incredulidad dominó la línea durante varios segundos.

-¿Un año? ¿Te has vuelto loco? ¿Dejar tu puesto en la dirección de operaciones para cosechar hortalizas?
-es la única forma de conseguir el terreno sin entrar en un litigio de años que congelaría la obra. Confía en mi criterio. Te mantendré informado

Corté la llamada antes de que pudiera replicar. Dejé el teléfono sobre el asiento, me quité el saco del traje y me puse una chaqueta más resistente, sintiendo cómo el frío del amanecer me calaba los huesos en cuanto abrí la puerta del auto. Caminé hacia la entrada principal justo a tiempo para atestiguar el engranaje perfecto de la rutina de los Villalba. En mitad de la penumbra, el señor Julio y su hijo John cargaban con agilidad coordinada los últimos cajones de madera pesados sobre la plataforma del viejo camión a diésel. El motor de la maquinaria tosía rítmicamente, llenando el aire con el olor a combustible y tierra fresca.
La señora Villalba, salió de la casa principal sosteniendo con cuidado una caja de cartón reforzada, donde se acomodaban unos frascos de cristal con lo que parecía ser algún tipo de mermelada. El señor Julio se apresuró a saludarme al verme llegar, limpiándose las manos en un trapo y dedicándome un asentimiento de cabeza severo pero receptivo

-¡Buenos días, muchacho! Veo que eres hombre de palabra con los horarios
-buenos días señor Julio. Señora Carol

Respondí con una inclinación educada. John descendió de la plataforma del camión. Me lanzó una mirada inquisitiva, cruzándose de brazos con esa desconfianza evidente que no se molesto en disimular desde el primer segundo. Para él, yo no era más que un intruso con ropa demasiado limpia amenazando la tranquilidad de su hogar.

-el señor Di Santos viene a cumplir su primer día, John, guarda esa cara

Su madre no demoró en reprenderlo como si fuera un niño pequeño, al mismo tiempo que le entregaba la caja en sus manos para que la subiera con todo lo demás. Estaba a punto de preguntar dónde debía comenzar mi instrucción cuando el sonido de la puerta de madera al abrirse desvió por completo mi atención.
Alelí salió de la casa tropezando ligeramente con el escalón, ocupada en ajustar la tira izquierda de un overol de mezclilla estilo jardinero. Debajo llevaba una camisa de color fucsia intenso que contrastaba de forma maravillosa con la palidez de su piel y la luz dorada que comenzaba a despuntar en el horizonte. Tenía el cabello completamente suelto, cayendo en ondas rebeldes hacia su espalda, y una brisa suave de la mañana lo movía ligeramente, haciendo flotar algunos mechones alrededor de su cara.

-¡Mamá, dejé la lista de las entregas sobre la mesa de la cocina por si necesitas...!

Se detuvo en seco al alzar la vista y encontrarse conmigo parado en mitad del patio. Las palabras se le congelaron en la garganta. Su mirada, de un tono cálido y expresivo, chocó contra la mía. En ese instante, todo el ruido del motor del camión, el murmullo del viento y las exigencias de la fábrica de mi padre se disolvieron en una nada absoluta. Había algo profundamente magnético en ella, una autenticidad sin filtros que derribaba de golpe la coraza de frialdad que yo había construido meticulosamente durante años para protegerme. Verla allí, despeinada, iluminada por el sol naciente y luciendo ese color vibrante, me provocó un vuelco involuntario en el pecho.
Alelí bajó despacio las manos de las tiras del overol, esbozando una sonrisa pequeña, casi tímida, que iluminó por completo la severidad del amanecer.

-buenos días

Murmuró con una voz suave que sonó como una nota limpia en mitad del desorden del campo.

-buenos días

Contesté, escuchando mi propia voz extrañamente grave, atrapado en la fascinación de su presencia. Un carraspeo sonoro de Julio rompió el encanto, haciéndome volver bruscamente a la realidad. Mi futuro instructor nos miraba a los tres con una chispa de astucia y diversión en los ojos.

-bueno, el tiempo vuela y los clientes en la ciudad no esperan

Sentenció Julio, acomodándose el sombrero sobre la cabeza.

-cambié de opinión sobre tu primer día, Marco. No te vas a quedar a limpiar los establos todavía.

John alzó las cejas, sorprendido.

-hoy te vas al mercado central con John y Alelí... hay mejor lugar para entender nuestro negocio que la línea de fuego. Mis hijos te van a enseñar desde cómo se carga y se descarga la mercancía, hasta cómo se le habla a la gente para vender cada kilo de verdura

John abrió la boca para protestar, pero la mirada inquisitiva de su padre lo hizo guardar silencio de inmediato. Alelí, por su parte, cruzó una rápida mirada conmigo, dejando entrever un destello de entusiasmo combinado con los nervios evidentes que la situación nos provocaba a ambos. Fue entonces que John habló.




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