365 días

Capítulo 7

[Narra Alelí]

El viaje en la cabina del camión fue una obra de arte del silencio incómodo. Jhon conducía fijando la vista en el asfalto como si llevara un cargamento de dinamita, mientras Marco intentaba por todos los medios que su chaqueta no tocara el tapizado desgastado de la puerta. Yo, sentada en el medio, sentía que la temperatura entre los dos rozaba el punto de ebullición. Pero al llegar al mercado central, la incomodidad tuvo que ceder paso a la supervivencia.
El puesto catorce era un caos a las siete de la mañana. Los camiones pitaban, los cargadores gritaban ofertas y el aire olía a una mezcla intensa de cilindro, café amargo y humedad.

-muy bien ejecutivo, primera lección: los cajones de zanahorias no se mueven con la mente, carga aquellos tres y tráelos a la mesa

Miré a Marco. Llevaba una postura impecable, pero la mirada con la que observaba la madera húmeda y llena de tierra era la misma que alguien le dedicaría a un reptil veneno. Con mucha elegancia. Se inclinó, rodeó el primer cajón con las manos y trató de levantarlo. El cajón no se movió ni un centímetro, pero un crujido sospechoso salió de las costuras de su chaqueta.
No pude evitar soltar una risita. Me cubrí la boca de inmediato, pero él me escuchó y alzó las cejas, claramente avergonzado.

-es una cuestión de palanca, no de fuerza, si lo agarras así, te vas a romper la espalda antes del mediodía. Tienes que doblar las rodillas y usar el impulso del cuerpo

Me acerqué a él, perdiendo el miedo inicial ante lo absurdo de la escena. Me agaché a su lado para mostrarle. Estábamos tan cerca que pude oler su perfume: una mezcla de cítricos y madera que no tenía nada que ver con este lugar, pero que encajaba extrañamente bien con él. Levanté el cajón sin esfuerzo y lo acomodé sobre la mesa. Cuando volví a mirarlo, él no estaba prestando atención a las zanahorias, sino a mi rostro, con una chispa de diversión atrapada en sus ojos oscuros.

-fácil para ti, tú tienes superpoderes campesinos, yo solo tengo un título en administración

Murmuró con una sonrisa de lado, la primera sonrisa real que le veía. Lanzó ese comentario con un tono tan seco y sarcástico que se me escapó una carcajada limpia.

-bueno, el título en administración no te va a servir para convencer a la Señora Marta de que te compre tres kilos de papas... ven, te voy a enseñar el arte de la persuasión frutícola

Se notaba a kilómetros de distancia que Marco no tenía el más mínimo entusiasmo por aprender la diferencia entre un pimiento maduro y uno verde. Levantaba los vegetales como si fueran muestras de laboratorio para analizar. Sin embargo, se esforzaba ridículamente por disimularlo cada vez que yo me acercaba.

-¿Y esta verdura fea qué es?
-se llama alcachofa, y no es fea, es deliciosa si sabes cocinarla
-pesa como un engranaje de camión. Podría usarla como arma defensiva

Tras ese comentario no pude evitar reír, aunque la voz de radar de mi hermano se hizo oír desde el otro extremo del puesto.

-¡Alelí! Deja de perder el tiempo explicando botánica y ven a pesar estos dos kilos de cebollas. Y tú, Di Santos, ve a barrer el pasillo

John estaba en alerta máxima. Cada vez que Marco y yo cruzábamos más de dos frases seguidas o que yo soltaba una risa por alguna de sus ocurrencias secas, mi hermano aparecía mágicamente entre los dos sosteniendo una bolsa enorme de papas o un atado de acelgas gigantes para interponerse.

«con permiso, espacio de trabajo»
«Marco, cuidado con tus zapatos de quinientos dólares, hay un charco de agua de lechuga justo detrás de ti»

Marco miraba a mi hermano con una mezcla de paciencia ejercitada y molestia contenida, pero en lugar de confrontarlo, aprovechaba cuando Jhon se distrayendo atendiendo a una clienta para volver a mi lado con algún comentario absurdo.

-tu hermano me mira como si fuera a robarme las cebollas

Me susurró Marco mientras yo embolsaba los tomates.

-no te tiene confianza todavía... cree que vas a salir corriendo en cualquier momento
-estuve a punto, cuando vi el tamaño de las ratas del callejón, pero decidí quedarme solo para ver si de verdad eres capaz de vender esa alcachofa fea

Me eché a reír con ganas, y Marco se me quedó mirando con una expresión que me hizo detener de golpe. Su rostro, que al principio parecía esculpido en mármol frío, se veía completamente diferente cuando sonreía. Había una luz cálida abriéndose paso detrás de sus ojos, un brillo que dejaba entrever que, debajo de toda esa fachada de ejecutivo estricto, había alguien con un sentido del humor oculto deseando salir.

-¡Alelí!

Volvió a interrumpir Jhon, apareciendo entre los dos con un cajón de mandarinas enormes que depositó en la mesa justo entre Marco y yo, tapándonos la vista mutuamente.

-acomoda esto. Y Marco, la escoba no se va a pasar sola.
-enseguida, capataz

Respondió Marco con una inclinación exageradamente elegante que hizo que hasta la señora Marta, que esperaba su cambio, soltara una risita.
Pasamos el resto de la mañana entre el acoso sobreprotector de Jhon, el torpe intento de Marco por manipular frutas sin ensuciarse demasiado y mis constantes lecciones de comerciante. Marco rompió tres bolsas de papel, confundió el perejil con el cilantro dos veces y casi le cobra el doble a un anciano por error, pero cada vez que me miraba buscando aprobación tras cometer un desastre, yo no podía evitar sentir que el mercado jamás había sido un lugar tan divertido. La música habitual de los gritos y los cajones tenía ahora una melodía distinta, una que empezaba a sonar a ritmo de dos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.