365 días

Capítulo 8

[Narra Marco]

El trabajo en el mercado terminó cuando el sol de la tarde comenzaba a ceder su lugar a un matiz dorado y denso. Ayudar a recoger la mercancía sobrante y limpiar el puesto me costó más esfuerzo del que me gustaría admitir; mis manos, acostumbradas a teclear en computadoras y firmar documentos, tenían ahora pequeños cortes y un dolor sordo en la espalda que jamás había experimentado. Sin embargo, mientras cargábamos las últimas cajas de madera en el camión, me descubrí a mí mismo esquivando la mirada de Alelí para no sonreír como un tonto cada vez que me sorprendía observándola.
El viaje de regreso a la finca fue tan silencioso en la cabina como el de ida, pero el ambiente dentro de mí había cambiado de manera radical. El zumbido constante de los motores de la fábrica de mi padre parecía haber sido reemplazado por la risa limpia de Alelí resonando en mi memoria.
Apenas el camión frenó sobre la grava del rancho, la señora Carol salió de la casa secándose las manos en el delantal, con esa calidez materna que parecía ser el sello distintivo de la familia. Unos segundos después, el señor Julio apareció desde el taller de herramientas, ajustándose el sombrero de paja para unirse a la bienvenida.

-¡Por fin llegan! ¿Cómo les fue?

Preguntó la señora Carol, dedicándome una mirada atenta antes de volverse hacia su hija.

-vendimos casi todo, mamá, y Marco no lo hizo tan mal... sólo confundió el perejil con el cilantro dos veces y casi le cobra una fortuna a un vecino
-el cilantro y el perejil son idénticos, es una trampa visual

Improvisé en mi defensa, lo que provocó una risita suave en Alelí y un resoplido divertido de su padre.

-aprenderás, muchacho

Dijo el señor Julio, dándome una palmadita en la espalda que casi me desacomoda el hombro.
Sin perder más tiempo, Alelí tomó un par de cubos con forraje y se alejó... supe por un susurro de su madre, al notar mi mirada desviada hacia ella, que iría al granero. John me dedicó una última mirada de advertencia antes de cargar la caja con las ganancias y perderse en el interior de la casa para ayudar a su madre con la contabilidad del día. En cuanto estuve seguro de que Jhon había ingresado, aproveché la oportunidad. Me acerqué al señor Julio y a la señora Carol, quienes recogían unos utensilios del patio.

-disculpen... si no tienen inconveniente, ¿Me permitirían recorrer un poco la finca? Me gustaría conocer mejor los terrenos y la distribución de los cultivos
-por supuesto, estás en tu casa. Solo no te pierdas en el sendero de los duraznos antes de que oscurezca por completo

Contestó la señora Carol con una sonrisa amable. Le agradecí con una inclinación de cabeza y caminé despacio hacia la zona de los corrales. Mis pasos, impulsados por una curiosidad que trascendía los negocios de la fábrica, me llevaron directo hacia la estructura de madera del granero.

Al cruzar el portón entreabierto, la penumbra cálida y el olor a heno seco me recibieron. Y allí estaba ella. Alelí intentaba subir un enorme bulto de paja a un estante elevado, poniéndose de puntillas mientras soltaba pequeños gruñidos de esfuerzo que resultaban absurdamente adorables.

-¿Necesitas un título en administración para subir eso o basta con un par de brazos?

Pregunté desde la entrada, apoyándome contra el marco de madera. Alelí dio un pequeño brinco de sorpresa, perdiendo el equilibrio. El fardo de paja se le deslizó de las manos y cayó justo frente a ella, levantando una pequeña nube de polvo que la hizo estornudar ruidosamente.

-¡Marco! Me asustaste... y para tu información, la paja de hoy está más pesada de lo normal

Protestó, limpiándose la nariz con la manga del overol fucsia, con las mejillas encendidas

-claro, la densidad de la paja cambia según el viento

Bromeé, acercándome para tomar el bulto.
Usando la técnica de "palanca" que me había enseñado por la mañana, lo levanté y lo acomodé en el estante superior sin demasiada dificultad, aunque un crujido en mi espalda me recordó que no estaba en mi mejor forma física. Alelí me miró con una mezcla de admiración y diversión, llevándose las manos a las caderas.

-mira nada más, el ejecutivo aprendió rápido

Dijo, dando un paso hacia mí. Pero no se dio cuenta de que tenía unas cuantas pajas enredadas en su cabello suelto.

-tienes un par de accesorios no autorizados
-¿Qué? ¿Dónde?

Empezó a sacudirse a ciegas, despeinándose aún más y logrando únicamente enredar más briznas de hierba seca en su melena.
No pude evitar soltar una risotada.

-déjame a mí, vas a terminar pareciendo un nido de pájaros

Dí un paso hacia ella, acortando la distancia. Alcé las manos y, con un cuidado meticuloso que jamás había tenido con nada en mi vida, comencé a retirar una a una las briznas de paja de su cabello. Al tocar sus mechones oscuros, sentí la suavidad de su pelo y el calor que emanaba de su piel. Alelí se quedó completamente inmóvil, con los ojos bien abiertos fijos en los míos, dejando de respirar por un segundo.
La cercanía era abrumadora. El murmullo de la yegua de fondo y el crujido de la madera parecieron detener el tiempo. Por primera vez, la armadura que llevaba en el pecho no me pesaba; al contrario, sentí un impulso primario y hermoso de quedarme allí, en ese granero oscuro, escuchando el ritmo acelerado de su respiración.

-Listo

Susurré, sosteniendo la última pajita entre mis dedos, pero sin alejar la mano de su rostro.
Ella esbozó una sonrisa pequeña, tímida, a punto de decir algo, cuando una luz de linterna iluminó la entrada del granero.

-¡Alelí, Marco! La cena ya está lista en la mesa

La voz de la señora Carol resonó desde el portón, haciéndonos dar un paso atrás de forma casi cómica. La madre de Alelí nos miró a ambos con una expresión dulce y perspicaz, notando el sonrojo evidente en la cara de su hija y mi repentina fascinación por examinar las vigas del techo.




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