365 días

Capítulo 10

Las luces doradas de la entrada del centro cultural parpadeaban contra la noche fresca. El estómago se me apretaba en un nudo tan denso que apenas podía tragar aire. Estar allí, rodeada del olor a madera vieja, cortinados pesados y el murmullo lejano de la gente acumulándose en la sala, me transportaba de golpe a la noche de hace dos años. El estruendo del metal, el impacto, el silencio que le siguió.
Me alejé hacia la zona trasera del escenario, buscando un rincón en la penumbra tras bambalinas. Me asomé discretamente entre los pliegues de la pesada cortina roja. En la tercera fila estaban ellos: mi padre ajustándose la camisa de los domingos con una postura orgullosa, mi madre con las manos juntas sobre el regazo rezando en silencio, John escaneando los alrededores con su vigilancia habitual y, a su lado, Marco... llevaba una camisa blanca impecable y miraba el escenario vacío con una intensidad atenta que me aceleró las pulsaciones. Retrocedí hacia la sombra, apoyando la espalda contra la pared de ladrillo visto. Tenía una mano presionada contra el pecho, sintiendo el galope desenfrenado de mi corazón mientras intentaba, en vano, que mi respiración volviera a ser normal. La adrenalina y el miedo me paralizaban las piernas.
Entre el penumbral del pasillo de camerinos, una sombra se recortó de repente. Alguien caminaba a pasos cortos y dudosos, colándose entre los bastidores. Se detuvo a unos metros al verme en ese estado, dudando entre avanzar o dar marcha atrás.

-¿Marco...?
-lo siento, no quería molestar... tu madre me ha dicho lo sucedido

Bajé la mirada, sintiendo una calidez repentina en el rostro.

-creí que no tendría miedo, pero al estar aquí otra vez...
-eres increíblemente valiente

Me interrumpió Marco, dándome un paso más de cercanía.

-estar hoy parada aquí, lista para regalarle tu música al mundo después de haber atravesado esa sombra, demuestra de qué estás hecha

Marco me dedicó una sonrisa suave, la más sincera y transparente que le había visto. Se inclinó un poco hacia mí y, con una delicadeza infinita, tomó mis dos manos entre las suyas. Sus dedos, que ya no eran tan fríos como el primer día, me transmitieron una firmeza inmediata. Luego, con una lentitud casi sagrada, se agachó levemente y posó un beso dulce y tibio en mi frente.

[Narra Marco]
El tiempo pareció congelarse. El nudo en mi estómago se disolvió en un calor que me recorrió el pecho de punta a punta. Cuando se separó, me miró a los ojos con una convicción que me devolvió todo el aire que me faltaba.

-ve, tú puedes con todo lo que te propongas

No fui capaz de moverme un solo centímetro. Me quedé oculto tras la densidad de las bambalinas, inmóvil, cuando las luces del teatro bajaron de intensidad y Alelí caminó hacia el centro del escenario. La luz de los reflectores la envolvió en una aura dorada; el vestido marfil de su madre parecía flotar alrededor de su figura. Apenas se sentó frente al micrófono y sus dedos tocaron las cuerdas de la guitarra, el silencio en la sala se volvió absoluto. Y entonces, cantó. Su voz no era simplemente hermosa: era un cauce de luz, una marea de emoción pura que llenó cada rincón del teatro. Cada nota, cada inflexión de su voz cargaba con la historia de su vida, la tierra de su rancho, la fragilidad de su dolor y la fuerza incontestable de su regreso. Me quedé completamente cautivado. Sentí una presión abrumadora en la garganta y, sin que pudiera evitarlo ni anticiparlo, una lágrima caliente se me resbaló por la mejilla, seguida de otra. En mis veintitrés años de vida, viviendo bajo el rigor de la fábrica y el cinismo de las cifras, jamás había experimentado algo tan abrumadoramente bello.
Cuando la última nota vibró en el aire y Alelí hizo una inclinación profunda entre el estallido ensordecedor de los aplausos del público, yo estaba aplaudiendo de pie tras el telón, con una sonrisa abierta y los ojos empañados por una emoción desbordada.
Alelí abandonó el escenario envuelta en una ola de adrenalina, con las mejillas encendidas y los ojos brillando de pura euforia. Al cruzar hacia las sombras y verme allí parado, no lo pensó. Corrió hacia mí y me envolvió el cuello en un abrazo abierto, cálido y desesperado.
Me quedé en shock absoluto. Mis brazos permanecieron congelados en el aire durante un segundo, con el pulso desbocado, hasta que la calidez de su cuerpo contra el mío disolvió mi parálisis. Rodé su cintura con firmeza, aferrándome a ella, sintiendo el olor a flor y a tierra que la acompañaba.

-ahem

Un carraspeo seco y sonoro resonó a un par de metros. Nos separamos de golpe. Su familia estaba parada a la entrada del pasillo. John nos observaba con su habitual severidad en la cara, con los brazos cruzados sobre el pecho. Don Julio mantenía un rostro serio, aunque sin mediar palabra se adelantó rápidamente para apartar con delicadeza a Alelí de mi lado y envolverla en un abrazo apretado de padre orgulloso.

-¡Estuviste magnífica, mi vida!

Exclamó la señora Carol, sumándose de inmediato al abrazo familiar entre lágrimas de emoción.
Poco después, salimos todos juntos a cenar a un pequeño restaurante tradicional en el centro del pueblo para celebrar. Durante toda la cena, mientras la mesa vibraba con las risas de don Julio y los elogios de su madre, yo apenas pude probar bocado. No podía dejar de pensar en aquel abrazo. En el calor de su piel, en la suavidad de su frente bajo mis labios y en la forma en que su voz había derribado en cuestión de minutos años de frialdad en mi corazón. La miraba al otro lado de la mesa, riendo bajo la luz tenue del restaurante, y una certeza absoluta me atravesó el alma: Alelí no era una casualidad en mi camino. Era un ángel enviado a mi vida para enseñarme a sentir otra vez.




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