365 días

Capítulo 12

[Narra Alelí]
Aquel amanecer en el rancho traía una brisa fresca que olía a tierra mojada y a pasto recién cortado. Me encontraba en el picadero principal, ajustando con firmeza la cincha de Sombra. Mi yegua, que antes solía estar tan inquieta como yo, ahora me recibía con un resoplido suave y apoyaba su hocico en mi hombro. Había recuperado la confianza en mis manos, en mi voz y, sobre todo, en mi propio cuerpo. Desde la noche del concierto, una alegría luminosa e inquebrantable parecía haberse instalado en mi pecho. Pero no podía engañarme: gran parte de este florecer tenía nombre y apellido: Marco Di Santos.
A pesar de las miradas vigilantes de John, Marco siempre encontraba la forma de buscarme. Subí a la montura de un solo salto y me dejé llevar por el trote ágil de Sombra, sintiendo que por fin volvía a ser dueña de mi vida.

[Narran los señores Villalba]
Desde la ventana de la cocina, con dos tazas de café humeante entre las manos, Julio y Carol observaban la figura de su hija cabalgando a lo lejos, recortada contra el cielo matutino.

-hacía más de dos años que no la veía sonreír así... recuperamos a nuestra niña

Murmuró Carol, dejando escapar un suspiro cargado de alivio mientras apoyaba la cabeza en el hombro de su esposo. Julio contempló el campo en silencio antes de asentir lentamente.

-Lo sé. Y se lo debemos en gran parte al muchacho Di Santos. Ha tenido una paciencia de santo y un respeto que pocos hombres de la ciudad conocen. Le devolvió la vida a este lugar y a nuestra hija

Sin embargo, una sombra de inquietud cruzó por la mirada del patriarca.

-Pero no puedo evitar preocuparme... John tiene razón en algo: Marco sigue siendo un Di Santos. El plazo del trato sigue corriendo y solo han pasado seis meses. Si ese muchacho llega a irse o si la verdad de su empresa rompe la ilusión de Alelí, me da pánico que ella vuelva a caer en ese pozo oscuro del que tanto nos costó sacarla. No sobreviviría a otra rotura de corazón

Carol apretó la mano de su esposo con ternura.

-confiemos en el destino. El amor cura más de lo que destruye.

[Narra Marco]
Observaba a Alelí desde la sombra del tejado del establo, fascinado por la forma en que guiaba a Sombra con una elegancia impecable. Los primeros seis meses del acuerdo habían transcurrido como un suspiro y, sin embargo, habían cambiado por completo el mapa de mi existencia. Sentía una urgencia aplastante dentro del pecho. Debía confesarle todo. Contarle la verdad sobre la llamada de mi padre, los planes y la verdadera naturaleza de la cláusula por la que había llegado al rancho. Cada vez que la miraba, las palabras se me agolpaban en la garganta, quemándome por dentro. Sólo quería decirle: "Llegué aquí por un negocio, Alelí, pero me quedé por ti".
Pero el miedo me paralizaba las piernas y me cerraba la boca. Tenía un terror helado a que las palabras rotas arruinaran la paz que ella tanto había luchado por recuperar. El temor a ver cómo la calidez de sus ojos se transformaba en decepción o desprecio me volvía un cobarde.
Alelí desmontó con soltura y caminó hacia mí tirando de las riendas de Sombra. Traía las mejillas sonrojadas por el ejercicio y una sonrisa radiante dibujada en los labios.

-¡Lo logramos, Marco! Sombra respondió perfecto al salto, ¿Nos estuviste viendo?

Exclamó con entusiasmo, deteniéndose a solo centímetros de mí. Tragué saliva, dejando que el impulso de la confesión se disolviera una vez más en la nada ante la aplastante belleza de su felicidad. Decidí cobardemente guardar el secreto un día más. Alcé la mano y le acomodé un mechón de cabello desordenado detrás de la oreja, rozando suavemente su piel con las yemas de mis dedos.

-te vi... estuviste maravillosa

Ella bajó la mirada con una sonrisa tímida mientras sus mejillas se encendían aún más. Por un instante, el silencio del campo nos envolvió por completo, ajeno a los contratos, a las amenazas de mi padre y al tiempo que no dejaba de avanzar.

***

Las noches en el rancho se habían vuelto para mí una especie de purga silenciosa. Mientras el resto de la casa dormía bajo la tranquilidad del campo, yo permanecía despierto en mi habitación, escuchando el crujir de las maderas viejas y el viento colándose por los resquicios de las ventanas.
Me sentaba en el borde de la cama con la cabeza entre las manos, atormentado por un bucle incesante de pensamientos. El tiempo avanzaba con una precisión despiadada; seis meses habían quedado atrás y el peso del engaño comenzaba a fracturar mi cordura. Me debatía a diario entre cumplir el mandato de mi padre o tirar toda mi vida anterior por la borda para quedarme al lado de la mujer que me había devuelto la capacidad de sentir.
Cada día me despertaba con la firme resolución de buscar a Alelí, llevarla lejos del alboroto del trabajo diario y confesarle la verdad completa. Quería decirle quién era yo antes de llegar aquí, el cinismo con el que acepté venir y la desesperante llamada de mi padre amenazando con intervenir legalmente. Pero bastaba con cruzarme con ella en el pasillo, ver cómo sus ojos castaños se iluminaban al verme o escuchar el timbre suave de su risa mientras preparaba el desayuno, para que toda mi valentía se evaporara instantáneamente. Cada pequeño detalle de su ser me cautivaba: la forma en que se mordía el labio inferior cuando se concentraba al afinar la guitarra, el olor a lavanda que dejaba a su paso, la ternura instintiva con la que trataba a cada animal del rancho. Amarla era tan natural como respirar, pero la sombra de mi secreto amenazaba con transformar ese amor en un veneno destructivo... ¿Cómo podía arriesgarme a romper esa sonrisa que tanto esfuerzo y dolor le había costado recuperar? El miedo a su desprecio me volvía un cobarde, un prisionero de mi propio silencio.
La rutina de mis tormentos encontró una tregua inesperada a mediados de semana, cuando la señora Carol me abordó en el granero mientras yo acomodaba los sacos de alimento.




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