365 días

Capítulo 13

A partir de ese momento, los preparativos se convirtieron en mi principal refugio contra los malos pensamientos. Durante los tres días siguientes, me coordiné en secreto con la familia Villalba. Fue un despliegue de logística que exigió todo mi ingenio para evitar que Alelí sospechara absolutamente nada.
El señor Julio y yo nos encargamos de la parte más pesada: fuimos juntos al pueblo en la camioneta para comprar metros de guirnaldas de luces cálidas, tablones de madera para montar mesas adicionales y las provisiones necesarias para la comida. A pesar de la frialdad inicial de Don Julio, trabajar codo a codo en este proyecto pareció suavizar las asperezas entre nosotros. Me enseñó a armar una estructura firme para la carpa del patio y compartimos largas charlas de trabajo en las que pude demostrarle mi compromiso sincero con la finca.
Por su parte, John mantuvo su distancia habitual y su ceño fruncido, pero el amor por su hermana menor superaba cualquier rencor hacia mí. Se encargó de contactar a los viejos amigos de Alelí y a los músicos del pueblo, asegurándose de que nadie dejara escapar el secreto. Incluso accedió, no sin antes lanzarme una mirada de advertencia, a que yo me encargara del diseño del escenario improvisado que montaríamos bajo el gran algarrobo.
Alelí, por supuesto, notaba que algo extraño sucedía a su alrededor. Fue el jueves por la tarde que intentó sacarme información con una simple frase.

-están todos muy misteriosos

Me tomó por sorpresa en el pasillo de las caballerizas mientras yo intentaba esconder una bobina de cable eléctrico detrás de mi espalda.

-mi padre se la pasa susurrando con mi mamá y John desaparece a cada rato, ¿Tú sabes algo, Marco?

Su cercanía, con ese aroma tan suyo y la curiosidad brillándole en los ojos, me puso el corazón a mil.

-para nada...

Ella me examinó durante unos segundos con los ojos entrecerrados, una pequeña sonrisa divertida dibujándose en sus labios. Dio entonces un paso más hacia mí, acortando la distancia hasta que pude sentir el calor que emanaba de su cuerpo.

-mmm... no sé por qué, pero siento que tú también estás metido en esto... estás muy nervioso últimamente
-son... solo cosas de la empresa, ya te lo dije

Respondí con la voz volviéndose un poco áspera por la tensión de tenerla tan cerca.
Ella bajó la mirada hacia mis manos y luego volvió a subirla a mis ojos. La ternura en su expresión me dolió en el alma.

-s hay algo que te preocupa, sabes que puedes decírmelo, ¿Verdad? Has hecho tanto por nosotros, por mí... me gustaría poder ayudarte a ti también

El impacto de sus palabras fue como un golpe seco en la cara. La nobleza pura de Alelí contrastaba de forma abrumadora con mis reservas y secretos. Tuve un deseo voraz de tomarla de los hombros, abrazarla con fuerza y confesarle todo allí mismo. Pero apreté los dientes y contuve la marea. Le regalé una sonrisa suave, tomé suavemente su mano y deposité un beso en el dorso de sus dedos.

-todo está bien, te lo prometo... solo enfócate en disfrutar el fin de semana

Ella se sonrojó levemente y asintió, dejándome solo en el pasillo.
El viernes por la noche, cuando Alelí finalmente se retiró a su habitación exhausta por la jornada, el rancho entero se volvió una colmena silenciosa. Junto a Don Julio y Jhon, trabajamos hasta pasadas las dos de la mañana bajo la luz de la luna. Colgamos las luces entre las ramas del gran algarrobo, limpiamos el patio central, acomodamos las mesas de madera y dejamos listo el pequeño escenario donde ella volvería a tocar, esta vez rodeada de la gente que la quería.
Al colgar la última bombilla de luz cálida sobre el escenario, me quedé de pie en medio del patio desierto. El cansancio físico no era nada comparado con la expectación que me llenaba el pecho. Sabía que el domingo o la próxima semana tendría que enfrentar la tormenta de mis secretos, pero este sábado pertenecía únicamente a Alelí. Me prometí a mí mismo que nada, ni mi padre ni mis propios miedos, arruinaría la noche en que ella volviera a brillar.

***

El sábado amaneció con un cielo limpio y despejado, como si el propio clima se hubiera puesto de acuerdo para regalarle a Alelí el día perfecto. Hacia el final de la tarde, el aire fresco del campo se llenó del aroma a carne asada, leña quemada y empanadas recién horneadas. La transformación del patio principal era espectacular: las hileras de luces cálidas que habíamos colgado la noche anterior brillaban entre las ramas del gran algarrobo, creando una atmósfera mágica sobre las mesas de madera vestidas con manteles rústicos.
El momento de la sorpresa fue sencillamente inolvidable. Cuando Carol guió a Alelí hacia el patio con los ojos vendados y finalmente le retiró la tela, la reacción de su hija pagó con creces todo el esfuerzo. Alelí se llevó ambas manos a la boca, soltando un ahogado grito de júbilo mientras decenas de vecinos, amigos del pueblo y músicos locales irrumpían en vítores y aplausos. Sus ojos castaños se llenaron de lágrimas de felicidad al recorrer la decoración, las flores silvestres en los centros de mesa y, sobre todo, el pequeño escenario de madera donde su guitarra la esperaba sobre un pedestal.
Desde un costado del patio, apoyado contra una de las vigas del porche con una copa en la mano, me quedé contemplándola. Llevaba un vestido sencillo de color verde esmeralda que resaltaba la calidez de su piel y llevaba el cabello recogido de forma despejada, dejando al descubierto su cuello elegante. Estaba radiante, desbordante de una energía viva y contagiosa que hacía imposible quitarle la vista de encima.
A medida que la noche avanzaba, la fiesta se convirtió en una celebración multitudinaria y cálida. La gente comía, reía y brindaba por la salud y la felicidad de la cumpleañera. Alelí no paraba de moverse de un lado a otro, abrazando a sus amigos y agradeciendo a cada invitado. Sin embargo, en medio del bullicio, nuestras miradas no dejaban de cruzarse. Cada vez que sus ojos encontraban los míos a través de la multitud, me dedicaba una sonrisa pequeña y privada, un código silencioso que me aceleraba el pulso y me hacía olvidar cualquier sospecha de culpabilidad.
En un momento de la noche, mientras la banda local hacía una pausa y la gente charlaba alegremente, caminó con paso decidido hacia donde yo estaba.




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