Nos movimos al ritmo lento de la música, casi en silencio, rodeados por el murmullo lejano de la gente. El mundo exterior, las presiones corporativas de mi padre y los seis meses de contrato que pesaban sobre mis hombros parecieron disolverse por completo. En ese instante, solo existíamos ella y yo.
-gracias... mi madre me contó que ayudaste con todo esto
Apreté suavemente mis manos en su cintura, acercándola un poco más a mí.
-te mereces el mundo entero
Respondí con la voz tomada por la emoción. Ella separó la cabeza de mi hombro para mirarme a los ojos. La luz de las bombillas se reflejaba en sus pupilas con un brillo tan puro que me cortó la respiración. Había tanta vulnerabilidad y afecto sincero en su rostro que sentí una opresión casi dolorosa en el pecho. Me sentí el hombre más afortunado del mundo y, al mismo tiempo, el más miserable por guardarle un secreto tan grande. De pronto, los aplausos de la multitud interrumpieron nuestro momento. Don Julio había subido al escenario con un micrófono en la mano y una sonrisa amplia que rara vez mostraba.
-¡Buenas noches a todos! Agradezco a cada uno de ustedes por acompañarnos hoy. Pero antes de cortar el pastel, creo que todos estamos esperando lo mismo... ¡Queremos escuchar a la cumpleañera!
La gente estalló en vítores y aplausos entusiasmados. Alelí se sonrojó, pero la seguridad que había construido en los últimos meses no la abandonó. Me lanzó una última mirada complice, me apretó la mano y caminó decidida hacia el escenario.
Tomó la guitarra acústica, ajustó el micrófono y se sentó en el taburete. El murmullo de la multitud se apagó al instante, dejando paso a un silencio respetuoso. Cuando sus dedos rozaron las cuerdas y comenzó a cantar, una ola de aire helado me recorrió la espalda. Era una canción alegre pero profundamente emotiva, una composición nueva sobre renacer, sobre encontrar la luz en medio de la tormenta y sobre volver a abrir el corazón sin miedo. Cada verso parecía un regalo, una declaración viva de su libertad. La vi cantar bajo los reflectores improvisados, entregada por completo a la música, y me di cuenta de que estaba irremediablemente enamorado de ella. No era una simple atracción ni un encaprichamiento pasajero; Alelí se había convertido en el centro de mi universo, en la razón por la cual mi vida anterior me parecía ahora un cascarón vacío y sin sentido.
Al terminar la última nota, el patio estalló en una ovación ensordecedora. Don Julio y la señora Carol secaban disimuladamente sus lágrimas, e incluso Jhon aplaudía con un gesto de profundo orgullo en el rostro.
Aproveché el tumulto para distanciarme un poco y tomar aire fresco. Me alejé hacia el límite del patio, cerca del cerco de madera que daba a los potreros oscuros. La felicidad de Alelí era palpable, pero la punzada de mi conciencia no me daba tregua. Mientras miraba las luces de la fiesta desde la sombra, saqué mi teléfono del bolsillo y vi tres llamadas perdidas de mi padre.
Apreté el aparato con rabia en la mano. La fecha límite se acercaba, la presión de mi familia no se detendría y yo estaba atado a una mentira que amenazaba con destruir la paz que acaba de presenciar.
En ese momento supe que ya no podía seguir jugando en dos bandos. No podía seguir disfrutando de la luz de Alelí mientras mantenía las sombras de mi padre al acecho. Tendría que tomar una decisión muy pronto, aunque eso significara arriesgarlo todo.
***
El domingo por la tarde, el sol caía manso sobre el rancho, bañando el campo en un tono dorado y apacible. La resaca emocional de la fiesta de cumpleaños aún flotaba en el aire, pero para nosotros el día no podía ser más perfecto. Después de insistir durante semanas, Alelí por fin me había convencido de meterme al corral para enseñarme a montar a caballo.
O al menos, de intentarlo.
-¡No, Marco! ¡Así no! Tienes que meter la punta del pie, no todo el zapato. Vas a asustar al pobre Apolo
Se reía ella, apoyada contra las maderas del cerco mientras me miraba batallar con el estribo.
-en mi defensa, los caballos de fuerza de un motor no requieren tanta técnica
Protesté, agarrándome torpemente de la montura mientras el animal daba un paso hacia un lado y me hacía trastabillar.
Alelí soltó una carcajada limpia y sonora que me derritió por dentro. Se acercó a mí con pasos ágiles, tomó mis manos para corregir mi postura y me guió con paciencia. Estar allí con ella, sintiendo el calor de sus manos, su respiración cerca de la mía y compartiendo esa torpeza divertida, era lo más cercano a la paz absoluta que había experimentado en toda mi vida. La ternura del momento me envolvió por completo; por un instante, me olvidé de las presiones, del tiempo y de la sombra que me perseguía.
Hasta que la voz de John rompió la calma, parado allí junto al portón del corral con un tono extrañamente tenso.
-Marco... te busca en el patio principal
Se me heló la sangre. Una opresión fría y amarga me atenazó el pecho de inmediato, un presagio sombrío que me cortó la respiración. Nadie de afuera sabía que yo estaba en este lugar. Nadie salvo una persona. Y su presencia nunca podía significar nada bueno. Desmonté a toda prisa con la mandíbula apretada y me acerqué hacia él.
-¿Quién es?
-ve a ver
-voy contigo
Alelí notó mi cambio drástico de semblante y me siguió sin dudarlo. Me tomó rápidamente del brazo al ver mi palidez.
Caminamos hacia el patio delantero. Cuando doblamos la esquina de la casa principal, la pesadilla se confirmó. Ahí estaba él.
Mi padre, Vittorio Di Santos, permanecía de pie en medio de la tierra seca del rancho junto a su costoso sedán negro de lujo, cuyo brillo pulcro contrastaba ridículamente con el entorno rústico. No había venido solo: dos de sus guardaespaldas de confianza, vestidos con trajes oscuros y postura rígida, custodiaban los laterales del vehículo. La escena era una flagrante invasión.
Me adelanté con paso firme, dejando a Alelí un par de metros atrás, intentando marcar una barrera protectora entre mi pasado y ella.