[Narra Marco]
Dos semanas han pasado desde la tarde en que mi padre montó su circo de alta alcurnia y terminó retirándose con la corbata torcida. Catorce días exactos en los que pasé de ser el frío y calculador vicepresidente de Di Santos Corp. a ocupar el cargo de "aspirante a peón en periodo de prueba", un título no oficial otorgado por la alianza estratégica entre Don Julio y John.
Si alguien me hubiera dicho hace siete meses que cambiaría mis trajes a medida e italianos por unos vaqueros desgastados, una camisa de franela a cuadros y unas botas llenas de barro, me habría reído en su cara antes de pedirle a mi secretaria que cancelara su contrato. Pero aquí estoy, a las seis de la mañana, intentando convencer a un pavo real gruñón llamado Gobernador de que se aparte del camino de la cocina para poder llevar la leña.
-ni se te ocurra picarme, pajarraco, sé karate corporativo y no tengo miedo de usarlo
Le advertí en voz baja, dando un paso lateral con elegancia mientras sostenía los troncos.
El pavo solo soltó un graznido sordo y me persiguió tres metros antes de aburrirse, dejándome a salvo en el porche. Alelí, que acababa de salir a tender unas toallas con el cabello recogido en un tomate despeinado y usando un suéter dos tallas más grande que la suya, se tuvo que sujetar de la baranda para no caerse de la risa.
-veo que tu relación con Gobernador sigue progresando a pasos agigantados
Se burló, mirándome con esos ojos castaños que ahora brillaban con una picardía libre de sombras.
-esa ave tiene un problema personal conmigo
Dije, dejando la leña junto a la puerta y limpiándome las manos en los pantalones.
-estoy casi seguro de que mi padre le pagó un bono confidencial antes de irse para que arruine mi reputación aquí
Alelí soltó una carcajada limpia, de esas que se han vuelto el mejor sonido de mi día a día. Se acercó a mí a paso lento, limpiando con la yema de su pulgar una mancha de hollín que me había quedado en el pómulo. El contacto fue suave, cotidiano y, sin embargo, hizo que mi pulso se acelerara como si fuera la primera vez.
-no necesitas que un pavo arruine tu reputación. Tu técnica para ordeñar vacas ya lo hace bastante bien
-oye, Blanquita y yo llegamos a un acuerdo mutuo. Ella no me da patadas y yo no intento entender la anatomía de su ubre antes del primer café. Es diplomacia pura
Argumenté con total seriedad, tomándola con delicadeza por la cintura. Alelí no se apartó. Al contrario, apoyó las manos en mis hombros, mirándome con una ternura juguetona que me desarmaba por completo. Reconstruir la confianza no había sido un camino doloroso ni dramático; había sido más bien un proceso torpe y ridículamente dulce. Al liberarme de la máscara del hijo perfecto y ejecutivo impecable, resultó que era un tipo de ciudad bastante inepto para la vida de campo, pero absurdamente dispuesto a hacer el ridículo con tal de sacarle una sonrisa.
-¿Sabes? Mi padre dice que si sigues así, para diciembre quizás aprendas a ensillar a Apolo sin terminar atado tú mismo a la cerca
-Don Julio es muy optimista. Yo estaba pensando más bien en marzo... aunque...
Respondí, acercándola un poco más hacia mí
-si el premio por aprender es un beso de la instructora, puedo acelerar el entrenamiento.
-no lo sé. La instructora es bastante exigente con sus alumnos... además, tenemos espectadores
Giré levemente la cabeza y noté a John parado a unos diez metros, junto al tractor, observándonos con los brazos cruzados. No tenía la cara de pocos amigos de antes; más bien exhibía esa resignación cómica de un hermano mayor que sabe que ya perdió la batalla. Levantó dos dedos hacia sus ojos y luego los señaló hacia mí, haciendo el gesto universal de "te estoy vigilando", antes de subir al vehículo y ponerlo en marcha.
-tu hermano me va a dar un infarto un día de estos
Suspiré, haciendo que Alelí volviera a reír contra mi pecho.
-Jhon solo se asegura de que cumplas tus horas de trabajo social. Hablando de eso... ¿No tenías que ayudar a mi mamá a preparar el relleno para las empanadas?
Me congelé.
-Alelí, la última vez que toqué la masa de empanadas, la Sra. Carol me miró como si hubiera profanado una reliquia familiar. Creo que dejé trozos de harina pegados en el techo de la cocina.
-por eso mismo te necesita
Respondió ella, tomándome de la mano y tirando de mí hacia la puerta de entrada.
-es hora de tu segunda lección de cocina tradicional. Y esta vez no puedes usar términos como "optimización de procesos" ni "eficiencia de amasado"
-esos conceptos son universales. La masa responde al liderazgo firme
Protesté mientras cruzábamos el umbral, siendo recibido de inmediato por el aroma a cebolla frita y la mirada severa pero cariñosa de la señora Carol, quien ya tenía un delantal floreado listo para ponérmelo.
-llegas justo a tiempo, Marco
Anunció la madre de Alelí, pasándome el delantal sin darme margen de negociación.
-hoy vamos a picar cinco kilos de cebolla. Sin llorar, eh. Que un Di Santos no llora por una verdura
-señora Carol, le aseguro que he negociado fusiones de empresas multinacionales sin derramar una sola lágrima, esto será...
Empecé a decir, pero apenas di el primer corte a la primera cebolla, los ojos me empezaron a escocer con un ardor violento. Tres minutos después, estaba de pie junto al fregadero, con el delantal floreado puesto, llorando a mares mientras Alelí y su madre se burlaban abiertamente de mi tragedia culinaria. Alelí se acercó por detrás, me abrazó por la espalda y apoyó su cabeza entre mis escápulas mientras reía sin parar.
-es una estrategia táctica para hidratar mis ojos
-claro que sí, mi ejecutivo estrella
Respondió ella, dándome un beso rápido en la mejilla húmeda.
En medio del desastre de harina, cebollas y risas en la cocina de los Villalba, me di cuenta de que jamás había sido tan feliz. La vida que mi padre había diseñado para mí era un palacio de cristal frío e insonorizado; esta, en cambio, era ruidosa, caótica, llena de barro y cebollas, pero tenía el calor de la única mujer que había logrado enseñarle a mi corazón cómo latir de verdad.