[Narra Alelí]
La vida en el puesto del mercado del pueblo se había vuelto nuestro escenario favorito de los sábados. Entre cajones de madera rebosantes de manzanas rojas, manojos de albahaca fresca y frascos de mermelada casera que preparaba mi mamá, Marco intentaba aplicar lo que él llamaba "estrategias de marketing directo para productos orgánicos".
Lo cual, en el idioma del campo, significaba que se pasaba la mañana entera intentando convencer a las señoras del pueblo de que nuestras lechugas tenían un valor agregado incalculable.
-le aseguro, doña Marta, que esta planta de acelga creció bajo un régimen de ventilación natural y energía positiva... si se la lleva hoy, le incluyo un atado de perejil bajo el concepto de fidelización de cliente
Decía Marco con total seriedad, sosteniendo una enorme acelga como si fuera un trofeo de la Bolsa de Valores. Doña Marta, que lo conocía desde que llegó al rancho hecho un estirado de ciudad, lo miró por encima de sus anteojos de lectura y soltó una risita burlona.
-ay, Marco, hijito... eres un encanto de muchacho, pero hablas más raro que un perro verde... dame dos kilos de papas y déjate de discursos financieros, que a mí la papa me gusta con cáscara y sin tanta palabrería
Yo me tuve que esconder detrás de la balanza para que Marco no me viera llorar de la risa. Traía una camisa de lino celeste enrollada hasta los codos, la cara un poco manchada de tierra y una frustración cómica dibujada en el rostro mientras pesaba las papas con una precisión casi quirúrgica.
-te estás burlando de mi fuerza de ventas, ¿Verdad?
Susurró Marco, acercándose a mí en cuanto doña Marta se alejó con sus bolsas.
-un poco... es solo que me fascina ver al exvicepresidente de una multinacional ser derrotado por la lógica de doña Marta
-esa mujer es una negociadora implacable, me sacó un atado de perejil gratis sin darme margen de contraoferta... mañana voy a traer un gráfico de barras para explicarle los costos de producción
Protestó, rodeándome la cintura con un brazo y pegándome a su costado.
-ni se te ocurra, o te va a tirar con un zapato
Reí, apoyando la cabeza en su hombro, disfrutando del olor a limpio y a sol que emanaba de su piel.
Llevábamos dos semanas viviendo en esta hermosa y disparatada rutina. Marco dormía en el cuarto de huéspedes del rancho y se levantaba al alba para aprender las tareas del campo junto a mi papá y a Jhon. Ver cómo mi hermano y él habían pasado de querer matarse a compartir mates amargos por la tarde, mientras debatían si era mejor reparar la bomba de agua o comprar una nueva, era un milagro que me llenaba el pecho de una serenidad perfecta.
Había vuelto a tocar la guitarra por las noches en el porche, y Marco siempre se sentaba a mi lado en los escalones de madera, escuchándome en silencio como si cada nota fuera una oración. Por primera vez en tres largos años, el futuro no me parecía un territorio temible, sino un lugar cálido donde quería quedarme a vivir.
Sin embargo, a medida que caía la tarde sobre la plaza del mercado y la gente empezaba a dispersarse, una extraña sensación comenzó a erizarme los vellos de los brazos. Una sombra sutil, un presentimiento helado que no encajaba con la calidez del día. Los coches del pueblo eran viejos, ruidosos y conocidos por todos. Por eso, cuando un imponente sedán plateado de vidrios polarizados avanzó a paso lento por la calle empedrada y se detuvo justo enfrente de nuestro puesto, el murmullo de la plaza se apagó de golpe.
Marco, que estaba agachado acomodando unas calabazas, se puso de pie al notar el silencio. La rigidez volvió a apoderarse de sus hombros en un segundo, borrando toda la frescura juguetona de su rostro.
La puerta trasera del vehículo se abrió con un chasquido pulcro. De él descendió una mujer de unos cincuenta y tantos años, de una elegancia implacable y austera. Llevaba un traje sastre de tono crema, anteojos de sol oscuros que se quitó con parsimonia y joyas de oro discreto que brillaban bajo la luz del atardecer. Tenía los mismos ojos grises y afilados de Marco, pero cargados de una contención helada.
-¿Mamá...?
Murmuró Marco, con la voz volviéndose de piedra. La señora caminó sobre la tierra del mercado como si estuviera pisando un suelo contaminado, pero su mirada no buscó la suciedad, sino la cara de su hijo. Al verlo vestido con ropa de trabajo y las manos manchadas de tierra, un leve temblor recorrió sus labios, aunque recuperó la postura de inmediato.
-hola, Marco
Dijo ella con una voz suave, pero entrenada en la serenidad de la alta sociedad.
-tu padre volvió a la ciudad hecho una furia... dijo que te había perdido para siempre
Marco dio un paso al frente, poniéndose instintivamente delante de mí.
-si viniste a continuar con sus amenazas o a hablar de la empresa, puedes darte la vuelta y volver por donde viniste
Respondió él con firmeza corta.
La señora suspiró, dejando entrever por primera vez una fractura en su coraza. Miró a su hijo con una mezcla de tristeza genuina y necesidad.
-no vine en nombre de tu padre, ni de la empresa... vine en el mío. Tu padre es un hombre terco y despiadado cuando se trata de negocios, lo sé mejor que nadie, pero tú eres mi hijo, Marco. No voy a permitir que la soberbia de tu padre destruya a nuestra familia
Un silencio pesado se instaló entre ellos. Marco no bajó la guardia, pero pude notar el conflicto interno latiendo en sus sienes. Ella giró levemente la cabeza y fijó sus ojos grises en mí. Me examinó durante tres segundos largos que se me hicieron eternos. No había desprecio en su mirada, pero sí una curiosidad fría, calculadora y profundamente escrutadora.
-así que tú eres Alelí
Dijo la señora Di Santos, dando un paso suave hacia nuestro puesto.
-mi hijo jamás había enfrentado a su padre de la manera en que lo hizo por ti. Le costó su posición, su herencia y su nombre en la ciudad