El viaje en el auto hacia la ciudad fue el trayecto más silencioso y tenso de toda mi vida. Marco conducía su viejo vehículo con ambas manos apretadas al volante, con los nudillos blancos por la presión y la mandíbula tan rígida que temía que se le rompiera un diente. Yo iba a su lado, luciendo un vestido sencillo de color azul marino que mi mamá me había ayudado a planchar la noche anterior con una dedicación casi sagrada.
-si no quieres hacer esto podemos dar la vuelta en el próximo retorno... no tienes que exponerte a esto, conozco ese mundo y sé cómo funciona mi madre, nada de lo que hay allí dentro es gratis
Dijo de pronto, rompiendo el murmullo del motor cuando las primeras torres de concreto de la metrópoli empezaron a recortarse contra el cielo gris.
Giré la cabeza y le tomé el brazo derecho con ternura.
-tu mamá vino hasta el mercado a buscarte. Te enfrentaste a tu papá por mí y renunciaste a todo, lo mínimo que puedo hacer es acompañarte a tender un puente con tu madre. Estamos juntos en esto, ¿Recuerdas?
Marco me miró un segundo con una mezcla de admiración y culpa, suspiró profundamente y apoyó la mano sobre la mía.
-no te separes de mí ni un solo instante
Pidió en un susurro.
Veinte minutos después, ingresamos por un portón de hierro forjado que se abrió de forma automática hacia un barrio privado de mansiones imponentes. El auto de Marco desentonaba ridículamente entre los deportivos y las camionetas de lujo estacionadas en las entradas. Nos detuvimos frente a la residencia Di Santos: una mole de arquitectura moderna, de paredes de piedra blanca, ventanales de piso a techo y jardines perfectamente simétricos donde no parecía crecer ni una sola hierba fuera de lugar.
Caminar por el sendero de mármol me hizo sentir diminuta. El aire olía a pasto cortado a máquina y a un perfume caro que parecía flotar en el ambiente.
La puerta principal fue abierta por un mayordomo de uniforme impecable que nos saludó con un cabeceo helado y nos guió hacia el gran salón principal. El interior era impresionante, pero desprovisto de cualquier calidez humana: pisos de mármol pulido como espejos, obras de arte abstracto en las paredes y muebles de diseñador en tonos grises y blancos. No había fotos familiares, no había adornos hechos a mano, no había ruidos. Era un palacio de hielo.
-Marco, querido. Llegaron puntual
La señora Victoria descendió por la gran escalera de caracol. Vestía una blusa de seda color perla y un pantalón de vestir oscuro. Su presencia dominaba el espacio con una elegancia aristocrática y fría.
-hola, mamá
-Alelí, bienvenida a nuestra casa, gracias por aceptar la invitación
-gracias por recibirnos
-pasemos al comedor, la mesa ya está servida
Indicó, haciendo un gesto con la mano.
El comedor principal albergaba una mesa de caoba larguísima, cubierta por un mantel de lino blanco, vajilla de porcelana fina y cristalería de cortejo. Nos acomodamos en un extremo: Victoria en la cabecera, Marco a su derecha y yo a su izquierda. Dos sirvientes comenzaron a servir un almuerzo elegante de varios pasos que constaba de cremas gourmet y cortes de carne fina con salsas complejas.
Al principio, la conversación fue un terreno minado de cortesías superficiales. Victoria preguntaba sobre el estado del camino del pueblo y el clima del rancho con la curiosidad condescendiente de quien habla de un país lejano e incivilizado. Marco respondía con monosílabos cautelosos, monitoreando cada movimiento de su madre. Sin embargo, a mitad del plato principal, Victoria dejó sus cubiertos sobre la porcelana con un chasquido suave pero contundente.
-tengo que confesarles que quedé muy impresionada tras mi visita al mercado el sábado, Marco, jamás te había visto sonreír de esa manera. Ni siquiera cuando te graduaste con honores en la universidad o cuando asumiste la vicepresidencia. Pareces... un hombre distinto
-lo soy, mamá... descubrí que hay una vida entera fuera de los contratos y las expectativas de papá
Victoria inclinó la cabeza con una mueca que combinaba lástima y afecto.
-la libertad es un lujo fascinante, hijo, pero la realidad siempre reclama su cuota. Tu padre está furioso, pero el consejo de administración de la empresa está aterrado. Tu renuncia provocó una caída en las acciones esta semana. La prensa empieza a hacer preguntas sobre la estabilidad de la familia
-ese ya no es mi problema
-es el problema de todos nosotros
Lo corrigió ella con suavidad implacable. Luego, giró sus ojos grises hacia mí.
-Alelí, dime algo con total sinceridad... ¿Tú realmente crees que este estilo de vida es sostenible para él?
El tenedor se me congeló a mitad de camino. La miré a los ojos, sintiendo la presión de su mirada inquisidora.
-señora, Marco no está pasando hambre ni viviendo en la miseria... trabaja duro en el rancho, aprende todos los días y, sobre todo, está tranquilo
-la paz es fácil de tener cuando se vive en una burbuja de romanticismo rural, querida
Retrucó Victoria con una sonrisa helada que me erizó la piel.
-Marco nació y fue educado para liderar un imperio. Mi hijo es un estratega, un hombre brillante de negocios. ¿Realmente crees que cortar verduras en una cocina de campo y juntar leña va a satisfacer su mente durante los próximos diez o veinte años? ¿O solo estás disfrutando de tener a un príncipe urbano jugando a ser campesino por amor a ti?
-¡Suficiente, mamá!
Interrumpió Marco, poniéndose de pie de golpe, haciendo vibrar las copas de cristal sobre la mesa.
-¡No vine aquí para que insultes a Alelí ni para que cuestiones mi vida! Nos vamos
-¡Siéntate, Marco!
Ordenó Victoria, elevando la voz por primera vez, con un látigo de autoridad en las palabras que resonó en todo el salón. Marco se congeló, con las manos apoyadas en la mesa, respirando con agitación. Victoria suspiró, recuperando la compostura con una velocidad escalofriante. Se acomodó el collar de perlas y me miró directamente, sin máscaras.