365 días

Capítulo 19

[Narra Marco]

La puerta principal de la mansión se cerró tras nosotros con un eco metálico y pesado, idéntico al chasquido de una jaula. Mientras caminábamos a pasos agigantados hacia el auto, sentía que la sangre me hervía en las sienes. La ira me quemaba la garganta, un fuego denso y amargo provocado por la arrogancia de mi madre. Victoria Di Santos no había cambiado en absoluto; bajo su disfraz de preocupación materna y sus modales refinados, solo había la misma manipulación fría que la de mi padre. Había diseñado cada palabra de ese almuerzo con la precisión de un cirujano para clavar su veneno en el lugar más vulnerable de Alelí.
Subimos al auto. Cerré la puerta de un golpe seco y apreté el volante con tanta fuerza que las palmas de mis manos me dolieron.

-es una especialista en destruir a la gente sin despeinarse... perdóname por haberte llevado a ese nido de víboras. Juro que jamás en la vida voy a volver a dejar que esa mujer se acerque a ti

Siseé entre dientes, poniendo el motor en marcha con una maniobra brusca.
Giré la cabeza para mirarla, pero ella no respondió. Alelí estaba recostada contra la ventanilla, mirando fijamente el asfalto que se alejaba, con las manos entrelazadas en su regazo y un silencio sepulcral que me oprimió el pecho. Esa falta de respuesta me aterrorizó más que cualquier grito.
A partir de ese momento, el trayecto de regreso se convirtió en un intento desesperado por mi parte para ahuyentar a los fantasmas que mi madre había dejado flotando en el aire. Necesitaba verla sonreír, necesitaba desesperadamente que esa chispa cálida volviera a sus ojos para convencerme a mí mismo de que las palabras de Victoria no nos habían roto.

-¿Sabes qué? Mañana mismo le pido a tu hermano que me deje manejar el tractor solo

Improvisé, forzando un tono divertido mientras tomaba una ruta secundaria.

-le voy a demostrar a doña Marta que puedo arar la tierra con la misma precisión con la que mi madre combina sus collares de perlas, es más, creo que voy a postularme para presidente del comité de lechugas del mercado. Tengo un plan de cinco puntos para derrocar a la competencia

Puse una de las estaciones de radio del pueblo que solían gustarle y traté de cantar desafinando a propósito, imitando la voz grave de los cantantes de folklore que escuchaba su padre por las mañanas. Solté chistes malos, me burlé de mi propia torpeza con el delantal floreado de la Sra. Carol y busqué cualquier tontería que rompiera el hielo.
Alelí solo me regalaba pequeñas sonrisas de compromiso, suaves y breves, pero ninguna de ellas llegaba a sus ojos. El humo de la duda ya se había colado dentro del auto, y por más que me esforzara por hacer el ridículo, la sombra de la mansión Di Santos venía viajando con nosotros en el asiento trasero.

[Narra Alelí]

Llegamos al rancho cuando el sol comenzaba a esconderse tras las colinas. Las palabras de la señora Victoria resonaban en mi mente en un bucle tortuoso que me aplastaba el corazón. «¿Realmente crees que cortar verduras en una cocina de campo y juntar leña va a satisfacer su mente durante los próximos diez o veinte años? ¿O solo estás disfrutando de tener a un príncipe urbano jugando a ser campesino por amor a ti?»
Me encerré en el cuarto de costura de mi madre, buscando el único refugio donde el aire todavía se sentía limpio. Me senté en el banquito de madera y me tapé el rostro con las manos, sintiendo que las lágrimas que había aguantado durante todo el camino de regreso finalmente se derramaban por mis mejillas.
La puerta se abrió con suavidad. Mi madre entró en la habitación, trayendo consigo el aroma cálido a té de manzanilla. Se acercó sin decir una sola palabra, dejó la taza sobre la mesa de cortar y me envolvió en un abrazo apretado contra su pecho.

-ay, mi vida... ¿Qué pasó en esa casa?

Susurró mi mamá, acariciándome el cabello con esa ternura instintiva que siempre lograba calmar mis tormentas.

-mamá... ¿y si tiene razón?

Sollocé, apoyando la cara en su hombro.

-su madre no nos gritó como su papá. Ella habló con una lógica que me dio miedo. Marco nació en un mundo de riquezas, de grandes decisiones, de empresas... él es inteligente, brillante. Aquí solo está aprendiendo a ordeñar vacas y a cargar cajones de verduras por mí. ¿Qué pasa si dentro de un año se despierta, mira a su alrededor y se da cuenta de que arruinó su vida por mi culpa? ¿Y si solo está jugando al enamorado para sanar mis heridas, pero yo lo estoy reteniendo en una cárcel que no le pertenece?

Mi madre se separó un poco para mirarme a los ojos. Con sus manos curtidas por el trabajo y el tiempo, me limpió las lágrimas con una dulzura infinita.

-mírame, Alelí, la gente de la ciudad suele medir el valor de un hombre por el tamaño de la casa donde vive o por la cantidad de dinero que guarda en un banco. La madre de Marco ve el mundo a través de esos lentes ciegos, porque no conoce otra cosa. Pero tú y yo sabemos que el valor de un hombre se mide por la paz que lleva en el alma
-pero él renunció a todo, mamá...
-él no renunció a nada que le hiciera bien, hija... Marco llegó a esta finca con la cara dura, los ojos fríos y el corazón marchito. En seis meses aquí, no solo aprendió a trabajar la tierra; aprendió a reír, a abrazar, a ser sincero y a amar, ¿Tú crees que un hombre que descubre la libertad por primera vez en su vida quiere regresar a una jaula de oro?

Guardé silencio, escuchando el latido tranquilo de mi madre.

-no dejes que los venenos de esa familia entren a tu corazón, Marco no está aquí por lástima ni por juego. Está aquí porque eligió quedarse a tu lado. Pero si de verdad quieres saber si es correcto estar con él, no mires lo que dejó atrás en la ciudad... mira lo que él construye todos los días con sus propias manos para quedarse a tu lado




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