365 días

Capítulo 20

[Narra Marco]

Pasé los dos días siguientes enfrentando mis propios demonios en la más absoluta soledad. No quería que Alelí me viera dudar, no quería que notara el terror visceral que me carcomía por dentro ante la idea de que terminara creyéndole a mi madre y me alejara de su vida. Por eso, canalicé toda la frustración, la rabia y el miedo en el único idioma que conocía para no pensar: el trabajo físico exhaustivo.
Me despertaba a las cuatro de la mañana, mucho antes de que sonara la alarma de la casa. Cargaba sacos de fertilizante de cincuenta kilos sin pedir ayuda, limpiaba los canales de riego hasta que las manos me sangraban por los roces y golpeaba los postes de madera para los nuevos cercos con una ferocidad absurda. Trabajaba en automático, con los dientes apretados y el sudor corriéndome por la frente, buscando que el cansancio muscular callara las voces en mi cabeza.
La tarde del martes me encontraba en el establo trasero, intentando reparar una viga de madera podrida a fuerza de martillazos secos y violentos. El golpe del metal contra la madera resonaba como un disparo en la penumbra del granero. Fallé el objetivo tres veces seguidas, dejando marcas profundas en la madera y lastimándome un nudillo en el proceso.

-la viga no tiene la culpa de lo que te pasa en la cabeza, Di Santos

La voz de John sonó a mis espaldas, tranquila pero cargada de una observación severa.
Me detuve con el martillo en alto, respirando con agitación, con la frente cubierta de sudor y el rostro desencajado por la furia contenida. Me giré despacio para mirarlo. John estaba apoyado contra el marco de la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho, examinando con esa mirada analítica que no se le escapaba nada.

-estoy trabajando, John

Dije con la voz ronca, tratando de volver a golpear el clavo.

-no estás trabajando

Me interrumpió él, dando un paso hacia adelante y quitándome el martillo de la mano con un movimiento rápido y firme.

-estás intentando romperte las manos para no pensar. Llevas dos días trabajando como un demente, sin concentrarte en nada, cometiendo errores torpes y mirando hacia la casa como si esperaras que se cayera a pedazos

Apreté los puños, sintiendo que el agotamiento acumulado me doblegaba las rodillas.

-no sabes nada, John

Murmuré, mirando el suelo del granero.

-sé lo suficiente... sé que fueron a la ciudad el domingo y sé que desde que volvieron, mi hermana tiene los ojos tristes y tú pareces un animal rabioso enjaulado, ¿Qué carajos pasó en esa casa, Marco?

La dureza en la voz de John no era de amenaza esta vez; era la pregunta directa de un hombre que necesitaba saber si el tipo que tenía enfrente iba a sostener la casa o si se iba a derrumbar en el primer temporal.

***

Aquel martes por la noche, mientras el silencio del rancho envolvía las paredes de madera y el viento de la montaña hacía crujir los ventanales, me quedé mirando mis propias manos frente al espejo del cuarto de huéspedes. Ya no eran las manos pulcras y finas del ejecutivo que firmaba balances multimillonarios en un piso cuarenta de la ciudad. Tenían callos en las palmas, marcas de la tierra entre las uñas y un tono bronceado por el sol diario del campo. Pero, por primera vez en mi vida, esas manos pertenecían a un hombre libre.
Los fantasmas de mi madre y las palabras venenosas de su almuerzo aristocrático se habían ido disipando poco a poco, ahogados por la cotidiana serenidad de la finca y la conversación franca que sostuve con John en el granero. Mi decisión era irrevocable: este era mi hogar. Sin embargo, sabía que para cerrar definitivamente las heridas del pasado y desterrar cualquier sombra de duda de la mente de Alelí, necesitaba hacer las cosas bien. Sin estrategias corporativas, sin plazos de contrato, sin la sombra de mi apellido.
Le debía algo simple, hermoso y real: una primera cita de verdad.
Hasta ahora, nuestra relación había florecido entre la urgencia del trabajo, el acoso protector de su hermano, las lecciones torpes de cocina y los desastres del mercado. Nos habíamos abrazado en la penumbra de un granero y nos habíamos confesado verdades desgarradoras en medio del caos, pero jamás le había pedido salir como dos personas normales que se enamoran sin el peso del mundo sobre sus espaldas. Y, sobre todo, me moría por dentro de ganas de darle un primer beso como corresponde. Un beso limpio, pausado, sin el temor de ser interrumpidos por un carraspeo de John o por el eco de una llamada de mi padre.

***
A la mañana siguiente, me levanté antes del amanecer con una determinación que no sentía desde mis mejores días de negocios. Preparé el café, dejé todo listo en la cocina y esperé a que Alelí bajara las escaleras. Cuando apareció, luciendo un suéter tejido de color amarillo suave y con el cabello cayendo en ondas desordenadas, sentí ese mismo vuelco violento en el pecho que me acompañaba desde el primer día.

-buenos días, agricultor estrella

Saludó ella con una sonrisa tímida, sirviéndose una taza de café caliente.

-te ves extrañamente peinado para ser las seis de la mañana
-buenos días

Respondí, caminando hacia ella sin dudarlo. Me detuve a solo unos centímetros, mirándola directamente a los ojos con una seriedad que la hizo parpadear, sorprendida.

-necesito hacerte una pregunta muy seria

Ella ladeó la cabeza, divertida pero intrigada.

-dime... ¿Se escapó otra vez el pavo real?
-no, yo... ¿Me preguntaba si tú... me harías el honor de salir conmigo esta noche? Fuera del rancho, fuera del mercado, sin cajones de verduras y sin supervisión familiar

Alelí se congeló con la taza a medio camino de sus labios. Sus ojos castaños se abrieron con una mezcla de sorpresa y un destello radiante de felicidad que iluminó por completo la cocina.

-¿Una cita?

Preguntó en un susurro, como si necesitara asimilar la palabra. Yo afirmé con convicción, tomando la taza de sus manos para dejarla sobre la mesa y luego envolver sus dedos entre los míos.




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