A las siete en punto, estaba esperando al pie de las escaleras del porche. Llevaba una camisa azul marino impecable y unos pantalones limpios. Cuando la puerta de la casa se abrió y Alelí apareció en el umbral, el tiempo se detuvo por completo.
Llevaba un vestido sencillo de color vino tinto que se ajustaba con delicadeza a su figura y caía con soltura hasta sus rodillas. Llevaba el cabello parcialmente recogido con un broche de plata y una luz en el rostro que dejaba sin aliento. Estaba tan hermosa, tan viva y tan real, que el corazón me dio un vuelco salvaje.
-te ves... absolutamente espectacular
Murmuré cuando llegó a mi lado, ofreciéndole mi brazo como un verdadero caballero.
-tú tampoco te ves nada mal, señor Di Santos
Respondió ella, pasándose la mano por mi brazo y dedicándome una mirada llena de coquetería.
Manejé durante media hora hacia un pequeño mirador en la parte alta de la colina que bordeaba el pueblo, un lugar que había descubierto días atrás mientras exploraba la zona. No la llevé a un restaurante ostentoso de la ciudad; en su lugar, improvisé un pequeño rincón acogedor en la plataforma trasera de la camioneta, con mantas rústicas, un par de cojines, una cesta con comida preparada por la señora Carol y una linterna de luz cálida que creaba una atmósfera íntima bajo el cielo estrellado.
Cuando bajamos del vehículo y Alelí vio el montaje frente a la panorámica de las luces del pueblo y el valle en penumbras, soltó un pequeño jadeo de admiración.
-Marco... esto es hermoso
-querías una cita de verdad, ¿No?
Sonreí, ayudándola a subir a la plataforma y acomodándola entre las mantas.
-los ejecutivos también sabemos improvisar romance cuando la musa lo vale
Pasamos las siguientes dos horas comiendo, riendo y conversando como nunca antes lo habíamos hecho. Hablamos de nuestros sueños de niños, de las canciones que ella quería componer, de las tonterías que yo hacía en la universidad y de cómo el destino había usado el camino más extraño y torcido para cruzarnos. Por primera vez en meses, no había fantasmas, ni contratos, ni miedos. Solo éramos dos personas descubriéndose en la libertad de la noche.
Hacia el final de la velada, el viento fresco de la montaña comenzó a soplar con un poco más de fuerza. Acerqué a Alelí hacia mí, rodeándola con una de las mantas para protegerla del frío. Ella se acomodó gustosa contra mi pecho, apoyando la cabeza en mi hombro mientras contemplábamos las estrellas.
-gracias por esto
Susurró, alzando la cara para mirarme. La luz tenue de la linterna se reflejaba en sus pupilas con un brillo mágico.
-hacía mucho tiempo que no me sentía tan en paz... tan segura
La miré en silencio, sintiendo que el aire se me escapaba de los pulmones. La cercanía era abrumadora. El aroma a lavanda de su cabello, la suavidad de su piel y la calidez de su aliento contra mi cuello despertaron un deseo profundo, puro y urgente que llevaba meses conteniendo.
-sabes...
Murmuré con la voz reducida a un hilo rasposo, pasándole la mano lentamente por la mejilla hasta acariciar la línea de su mandíbula.
-llegué a este rancho buscando un terreno para una fábrica, pero terminé encontrando mi alma. No hay un solo día en que no le dé gracias al cielo por haber perdido mi camino hasta llegar a ti
Ella no dijo nada. Simplemente inclinó levemente la cabeza contra mi mano, entreabriendo los labios, mientras su respiración se aceleraba al ritmo de la mía.
No lo dudé más. Despacio, con una reverencia infinita, me incliné hacia ella. Corté la escasa distancia que nos separaba hasta que mis labios finalmente tocaron los suyos.
El primer beso fue suave, dulce, un roce cauteloso que hizo temblar el universo entero. Pero en cuanto sentí el calor de su respuesta, el modo en que sus manos subieron hasta mi cuello para aferrarse a mí, el beso se volvió profundo, intenso, cargado de todo el amor, la devoción y la pasión que habíamos guardado durante este tiempo. Era una promesa sellada en la oscuridad de la noche, una entrega absoluta sin reservas.
Cuando nos separamos apenas un par de centímetros para tomar aire, con las frentes unidas y los corazones latiendo desbocados al mismo compás, Alelí me regaló la sonrisa más hermosa que le había visto en la vida.
[Narra Alelí]
El calor de sus labios todavía me quemaba la boca al día siguiente, pero la magia de una noche perfecta dura exactamente lo que tarda la realidad en darte un bofetón de agua fría.
Estaba en la cocina, tarareando una melodía que había comenzado a componer en mi cabeza a las tres de la mañana y batiendo la mezcla para hot cakes con un entusiasmo ridículo. Llevaba una camiseta tres tallas más grande que la mía -que, por supuesto, le había robado a Marco mientras dormía- y unas calcetas de lana desgastadas.
-si sigues batiendo con esa violencia los hot cakes van a salir volando hacia el techo
Dijo una voz profunda a mis espaldas.
Marco apareció en el umbral de la cocina, despeinado, con un pantalón de chándal gris y esa sonrisa perezosa de hombre enamorado que me hacía perder el aliento. Me rodeó la cintura por detrás, apoyando la barbilla en mi hombro y depositando un beso tierno justo en la curva de mi cuello.
-buenos días, señor Di Santos, pensé que los ejecutivos de ciudad madrugaban más
-los ejecutivos de ciudad no tenían una razón tan hermosa para quedarse en la cama contemplando cómo duerme
Rió, contagioso y ligero. Por primera vez en meses, la sombra de su apellido no pesaba sobre sus hombros. Parecía un chico normal, un hombre que simplemente disfrutaba de la mañana, de la masa de hot cakes que olía a vainilla y del futuro que estábamos empezando a trazar juntos. Nos servimos café en dos tazas, nos sentamos en el porche y dejamos que el sol de la mañana nos entibiara la piel. Hablamos de tonterías, de la posibilidad de adoptar un perro y de cómo yo pensaba incluir un solo de guitarra en la canción que le había dedicado la noche anterior.
Era el escenario perfecto para una comedia romántica de bajo presupuesto. Pero claro, el destino tiene un sentido del humor bastante retorcido.
El teléfono de Marco sonó sobre la mesa de madera. El tono seco y metálico cortó las risas de golpe. Vi cómo el rostro de Marco cambiaba en un segundo: la calidez se evaporó, reemplazada por una rigidez que no le veía desde hacía semanas. Miró la pantalla, tragó saliva y contestó.