365 días

Capítulo 22

La puerta del copiloto se abrió y de ella descendió la encarnación viva del glamour aristocrático y la desaprobación: Victoria Di Santos.
Mi suegra -si es que podía atreverme a usar semejante palabra sin que me cayera un rayo- vestía un conjunto de sastre blanco impecable, gafas de sol tan grandes que cubrían la mitad de su rostro y un pañuelo de seda de marca alrededor del cuello. Tan pronto como sus tacones de aguja pisaron el suelo de tierra, su rostro se contorsionó en una mueca de puro horror.

-¡Por el amor de Dios!

Chilló, dando un salto hacia atrás como si la tierra le fuera a contagiar alguna enfermedad medieval.

-¡Mi calzado de diseñador! ¡Esto es estiércol! ¡Marco, por favor dime que esto no es estiércol!
-mamá, ¿Qué haces aquí? Pensé que estabas en la clínica con papá

Dijo Marco, bajando las escaleras a toda prisa.
Victoria se quitó las gafas con un gesto dramático, revelando unos ojos rojos por el llanto, pero con una mirada ardiente de determinación. Al verme al lado de su hijo -vistiendo la camisa gigante de Marco, despeinada y con manchas de mezcla de hot cakes en la mejilla-, su expresión pasó del asco a la indignación absoluta. Nos recorrió a mí y al rancho con la vista: las tablas viejas del porche, las gallinas que cacareaban a lo lejos, la ropa tendida al sol.

-tenía que venir a buscarte yo misma

Dijo, ignorándome por completo con una maestría clínica.

-tu padre tuvo un infarto leve justo antes del colapso del vehículo, Marco. Está en terapia intensiva. Y mientras tu familia se desmorona, tú estás... tú estás jugando a la vida del campo en este... este gallinero mugroso
-¡Mamá, no hables así!

Protestó Marco, poniéndose delante de mí.

-este lugar es importante para mí. Y Alelí es...
-no me importa cómo se llame ni lo que sea que haga

Interrumpió Victoria, alzando una mano enguantada para silenciarlo, aunque sus ojos se posaron brevemente en las manos de Marco y la mía, firmemente entrelazadas. Pude ver un destello de desconcierto en su mirada al notar cómo la tensión en los hombros de su hijo se disipaba solo con tocarme, pero la altivez volvió de inmediato.

-Marco, te lo suplico. Es tu padre. Puede que no vuelva a despertar. Tienes que regresar a la casa, tienes que asumir el mando de la empresa mientras solucionamos esto. Tienes que hacer las pases con él antes de que sea demasiado tarde

El golpe fue directo al corazón de Marco. Lo sentí temblar a mi lado. Él quería a su padre, a pesar de todo el dolor y la presión corporativa que le había infligido. La sola idea de perderlo sin haber cerrado las heridas lo estaba destruyendo por dentro.
Victoria se acercó un paso más, evitando con cuidado un charco de agua, y le tomó el rostro a su hijo.

-por favor, Marco. Vuelve a casa. Te necesitamos. La fábrica, la firma, yo... tu padre te necesita

Marco me miró. Había una súplica desgarradora en sus ojos, una disculpa muda por romper el santuario que habíamos construido en este rincón del mundo. Yo le apreté la mano con fuerza, tragué el nudo que se me formaba en la garganta y le dediqué la sonrisa más firme que pude reunir.

-ve. Tu familia te necesita, Marco. Tienes que ir
-no quiero dejarte. No quiero volver a ese infierno solo
-no vas a ir solo

Intervine, mirando fijamente a Doña Victoria, quien dio un pequeño respingo de indignación ante mi atrevimiento.

-voy a ir contigo. Si vas a enfrentar a tus fantasmas y a salvar a tu familia, me vas a tener a tu lado. Les guste o no

Victoria me miró como si un pato le hubiera hablado en francés. Abrió la boca para objetar, pero Marco se adelantó, tomando mi cara con ambas manos y besando mi frente con una devoción que hizo que a su madre se le escapara un jadeo de incredulidad.

-gracias

Murmuró él contra mi piel.
La burbuja de amor e improvisación en el rancho se había roto de golpe. La comedia romántica había terminado; el drama de la alta sociedad Di Santos acababa de tocar a mi puerta, y yo estaba a punto de entrar al territorio enemigo con unos calcetines rotos y el corazón lleno de promesas. La calma del rancho se desvaneció en cuestión de minutos, sustituida por un torbellino de maletas improvisadas, zapatillas de lona limpia y una angustia punzante que me apretaba el pecho.
En mi pequeña habitación, mi mamá me ayudaba a doblar un par de blusas y mis pantalones favoritos mientras daba vueltas como un animal atrapado.

-mamá, no sé qué estoy haciendo

Admití, pasándome las manos por la cara con desesperación.

-mírame. No sé qué cubierto usar en una cena elegante, no sé hablar de negocios ni de bolsas de valores, y la madre de Marco me miró como si fuera una plaga que acaba de arruinar su césped, ¿Cómo voy a sobrevivir en esa casa?

Mi madre dejó la camisa que sostenía, caminó hacia mí y me tomó de los hombros con esa firmeza tibia que solo las madres de rancho poseen.

-Alelí, mírame

Ordenó suavemente.

-tú no vas a esa casa a encajar en su mundo. Vas porque el hombre que amas te necesita a su lado en el peor momento de su vida. No intentes ser alguien que no eres para complacer a una señora que lleva el orgullo inflado. Sé tú misma. Con tu educación, tu calidez y la verdad de tu corazón. Si Marco te ama así, el resto puede tragarse sus modales de cristal

Esas palabras fueron el único escudo que pude meter en mi gastado bolso de lona.
Al salir al porche, la escena rozaba lo ridículo. Doña Victoria permanecía de pie muy cerca de la portezuela del sedán negro, sobre una pequeña alfombrilla que el chofer había colocado estratégicamente para que sus tacones de diseñador no tocaran la tierra del camino. Nos miraba con el ceño fruncido, consultando impacientemente su reloj de pulsera dorado.
Marco, mis padres, John y yo nos reunimos cerca del vehículo. Marco abrazó a mi madre con un afecto sincero que hizo que a Victoria se le arrugara la nariz de absoluto disgusto.




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