Cuando el auto finalmente atravesó los portones de hierro forjado de la residencia Di Santos en la ciudad, me quedé sin aliento.
No era una casa; era una mole de arquitectura neoclásica, una mansión inmensa rodeada de jardines perfectamente podados y fuentes de mármol. El lugar imponía, pero también se sentía frío, distante y carente de toda vida.
Marco se bajó rápidamente y abrió mi puerta. Tomó mi bolso de lona con una mano y me ofreció la otra para ayudarme a bajar.
-bienvenida a mi infancia
Murmuró con una sonrisa triste.
-es... enorme, Marco
Susurré, apretando su mano para darme valor.
Entramos por el imponente vestíbulo de techos altos y arañas de cristal. A los lados de la entrada, alineados con una precisión casi militar, se encontraba el personal de servicio de la mansión. Victoria caminó por el centro sin mirarlos siquiera, pero yo no pude evitar detenerme.
-buenas tardes a todos
Dije con una sonrisa abierta y sincera, acercándome a una mujer mayor con uniforme de ama de llaves.
-soy Alelí. Mucho gusto y gracias por recibirnos
Le extendí la mano con total naturalidad. La mujer, sorprendida, tardó un segundo en reaccionar antes de estrecharla con una calidez tímida. Los demás empleados intercambiaron miradas de asombro y algunas sonrisas disimuladas. A mi lado, vi a Marco sonreír con un orgullo genuino que me iluminó el pecho; pero al mirar hacia adelante, Victoria se había detenido en seco, contemplando la escena con un gesto de profundo asco y vergüenza ajena.
-Marco, por favor, dile a tu... acompañante que no estamos en una recepción pública. El personal tiene trabajo que hacer
-ella solo está siendo educada, mamá.
Respondió Marco con firmeza, apretando mi cintura para guiarme hacia las escaleras principales.
Estábamos a punto de subir al piso de los dormitorios para dejar mi bolso y salir directo al hospital, cuando una voz femenina, aguda y ridículamente modulada, resonó desde el gran salón principal.
-¿Marco? ¡Dios mío, Marco, llegaste!
Unos taconazos rápidos sobre el suelo de mármol precedieron la aparición de una mujer espectacular. Era rubia, de una elegancia pulida y perfecta, vestida con un traje de diseñador en tonos pastel que parecía sacado de una revista de moda. Cruzó el vestíbulo como un torbellino y, antes de que Marco pudiera reaccionar, se arrojó a sus brazos, rodeándole el cuello con un entusiasmo desbordante.
-¡Pensé que no llegabas! Estaba tan preocupada por tu padre...
Exclamó ella, pegando su rostro al de él.
Marco se quedó helado por un segundo. Correspondió el abrazo brevemente, solo por pura cortesía instintiva, pero casi de inmediato la tomó suavemente por los hombros y la apartó con firmeza, dando un paso atrás con la cara llena de confusión.
-¿Amelia?
Preguntó Marco, parpadeando desorientado.
-¿Qué... qué haces aquí?
Un nudo frío se me instaló en el estómago. Me quedé parada un paso detrás de Marco, sintiéndome de pronto fuera de lugar, con mis jeans sencillos y mi bolso gastado.
En ese instante, la actitud de Victoria cambió de forma drástica. La mujer rígida y amargada de todo el viaje desapareció para dar paso a una suegra radiante. Victoria caminó hacia la rubia con los brazos abiertos y una sonrisa genuina que no le había visto en todo el día.
-¡Ay, Ami, querida! Gracias a Dios estás aquí
Dijo Victoria, envolviendo a la chica en un abrazo afectuoso que me dejó en claro todo sin necesidad de palabras.
-no sabes el consuelo que ha sido tenerte en la casa esperando noticias de Vittorio. Eres la única persona con clase y sentido común que comprende la magnitud de esta tragedia
Amelia sonrió con suficiencia, acurrucándose bajo el brazo de Victoria antes de dirigir sus ojos azules hacia mí. Me examinó de pies a cabeza con una mirada calculadora y condescendiente, como quien evalúa un mueble viejo que no encaja en la decoración.
No hizo falta que nadie me lo explicara. La emoción desbordada de Victoria, la familiaridad con la que esa mujer se movía por la mansión y la forma en que miraba a Marco me lo dijeron todo: Amelia era la exnovia. La mujer "perfecta" de la alta sociedad que Victoria siempre había querido para su hijo. Y yo acababa de entrar a su territorio. El ambiente en el vestíbulo se volvió helado en un segundo. El impacto de ver a Amelia -la perfecta, elegantísima y sin duda aristocrática ex novia de Marco- parada frente a nosotros con una sonrisa de absoluta pertenencia me dejó sin aliento.
-Amelia, te agradezco el gesto con mi padre, pero no entiendo qué haces en mi casa
Dijo Marco con voz firme, dando un paso lateral para quedar alineado conmigo y deslizar su mano alrededor de mi cintura. El gesto fue claro, defensivo y rotundo.
A Doña Victoria, sin embargo, no le importó en absoluto la sutileza de su hijo.
-Amelia vino porque es una persona educada, Marco
Intervino su madre, acomodándole con un cariño casi maternal la solapa del saco a la chica rubia.
-ha estado a mi lado en el hospital desde esta mañana, consolándome mientras tú te encontrabas... en la montaña. Ella sí entiende lo que significa la familia y el apellido Di Santos
Amelia esbozó una sonrisa ensayada, mirándome de arriba abajo con una mezcla de lástima y diversión contenida. Sus ojos se posaron en mi bolso de lona, en mis zapatillas sencillas y en la forma en que mi mano se aferraba al suéter de Marco.
-Marco, querido, entiendo que la situación es caótica
Dijo Amelia con una voz suave pero ensayada, ignorando mi presencia por completo.
-tu mamá me llamó desesperada. Alguien tenía que hacerse cargo de la logística de la clínica y de mantener a la prensa al margen. Sabes que siempre puedes contar conmigo para estas cosas
-Alelí y yo nos bastamos para apoyar a mi madre, Amelia. Pero gracias de todos modos
Contestó Marco, cortante. Luego se giró hacia mí, buscando mis ojos con una mirada cargada de disculpas.