365 días

Capítulo 24

-iré en el auto con mi novia, Amelia

Sentenció Marco, remarcando la última palabra con una dureza que hizo que la sonrisa de su exnovia se congelara por completo.

-y te sugeriría que regreses a tu casa. Aprecio tu preocupación por mi padre, pero solo la familia se hará cargo de esto a partir de ahora

El rostro de Victoria se deformó en una mueca de indignación absoluta.

-¡Marco Di Santos! ¡No le faltes el respeto a Amelia! Ella ha sido un ángel todo este día. Si vas a comportarte como un ingrato por culpa de tus... caprichos del campo, al menos ten la decencia de pensar en la salud de tu padre

-mamá, basta

Dijo Marco, con una serenidad peligrosa.

-vamos al hospital. Ahora

Sin esperar respuesta, Marco me tomó firmemente de la mano y me guió hacia la salida de la mansión, dejando atrás a su madre echa un mar de furia y a Amelia observándonos con una mirada calculadora que prometía que esto no se quedaría así.
El trayecto en el auto hasta el hospital fue un hervidero de tensiones silenciosas. Victoria se sentó en el asiento del copiloto, negándose a mirarnos por el retrovisor, mientras Marco y yo nos acomodamos en la parte trasera. Él no soltó mi mano ni un solo segundo. Con el pulgar acariciaba el dorso de mi mano, pidiéndome perdón en silencio por el espectáculo deplorable de su casa. Yo le apreté los dedos para transmitirle que no me rendiría tan fácil, aunque por dentro me sentía pequeña, desubicada y profundamente preocupada por lo que nos esperaba.
Cuando llegamos a la clínica privada de la ciudad, el ambiente pasó de la tensión familiar al peso denso del dolor real. El olor a desinfectante y el bip constante de los monitores médicos nos recibieron en el piso VIP.
Nos acercamos al ventanal de la habitación de cuidados intensivos. Al otro lado del cristal, rodeado de mangueras, cables y máquinas que respiraban por él, estaba Vittorio Di Santos. El temible magnate del que Marco me había hablado tantas veces, el hombre que imponía pánico en las reuniones corporativas, lucía frágil, pálido y pequeño bajo las sábanas blancas.
Marco se pegó al vidrio, apoyando la frente contra la superficie fría. Vi cómo una lágrima solitaria corría por su mejilla.

-papá...

Susurró, con la voz rota de un niño asustado.
Olvidé a Victoria, olvidé a Amelia y olvidé la elegancia helada de la mansión. Me acerqué a Marco por la espalda y lo abracé con fuerza, rodeándole la cintura y pegando mi mejilla a su espalda. Sentí cómo sus hombros se sacudían levemente por el llanto contenido mientras sus manos buscaban los mías sobre su abdomen.

A unos metros, Victoria nos observaba. Por un brevísimo segundo, vi en sus ojos una chispa de dolor puro y verdadero al ver a su esposo en ese estado, y luego una extraña mirada de desconcierto al ver cómo su hijo se aferraba a mí para no derrumbarse. Pero la coraza de la alta sociedad volvió a cerrarse de golpe en cuanto el médico de cabecera salió de la habitación.

-señora Di Santos, Marco. El cuadro es complejo. El accidente automovilístico fue provocado por un infarto masivo. Logramos estabilizarlo, pero las próximas cuarenta y ocho horas son críticas. Necesita estar sin ningún tipo de estrés

-mañana a primera hora estaré en la oficina corporativa

Respondió Marco en dirección a su madre, recuperando esa postura erguida de ejecutivo, pero manteniendo su mano entrelazada con la mía.

-me haré cargo de todo hasta que mi padre se despierte
-eso es lo que un verdadero Di Santos debe hacer

Exclamó Victoria, acercándose con aires de victoria.

-y mañana mismo coordinaré con Amelia para que te acompañe a la sede central. Ella conoce la estructura interna mejor que nadie

Marco apretó mi mano con más fuerza aún y miró a su madre fijamente.

-Amelia no tiene nada que hacer en la empresa, mamá. Alelí irá conmigo a la oficina
-¿Ella?

Victoria soltó una carcajada amarga y despectiva.

-¿A qué, Marco? ¿A cantarle rancheras a los inversionistas? ¡No seas ridículo!
-a ser mi apoyo, que es lo único que necesito para no volverme loco en ese lugar

Sentenció Marco, dejando a su madre con la palabra en la boca mientras tiraba suavemente de mí para alejarnos del pasillo.
Giré la cabeza un segundo antes de doblar la esquina y vi a Victoria sacando su teléfono del bolso con manos temblorosas, marcando un número con prisa. Sabía perfectamente a quién estaba llamando. La guerra entre mi mundo y el de ellos apenas acababa de comenzar, y la alta sociedad estaba dispuesta a usar todas sus armas para sacarme del juego.

[Narra Marco]

El frío del mármol del hospital parecía habérseme metido en los huesos. Mientras sostenía la mano de Alelí en el pasillo helado de la clínica, sentí una mezcla punzante de rabia, miedo y una profunda vergüenza. Rabia por la frágil salud de mi padre; miedo a perderlo sin haber podido arreglar las cosas entre nosotros; y una vergüenza asfixiante por el veneno que mi madre y Amelia habían escupido sobre la mujer que me había devuelto la vida.
Miré a Alelí de reojo. Llevaba su bolso de lona colgado al hombro y los ojos cansados, pero no había en ella ni un solo rasgo de derrota. Era una roca. Mientras mi mundo se desmoronaba en pedazos de estatus, ambición y apariencias, ella era lo único real a lo que podía aferrarme.

-Marco

Me dijo suavemente, apretándome los dedos cuando salimos a la noche de la ciudad.

-respira. Estás conteniendo el aire desde que salimos de la habitación de tu papá

Solté un suspiro largo y pesado, dejando que mi frente descansara un segundo contra la suya, justo ahí, en el estacionamiento del hospital, sin que me importaran las cámaras de los paparazzi que seguramente ya rodeaban el perímetro.

-perdóname

Murmuré con la voz rasposa.

-perdóname por traerte a este nido de víboras. Te prometí paz en el rancho y en menos de doce horas te sumergí en mi peor pesadilla




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