365 días

Capítulo 25

A las seis y media de la mañana, el alarma sonó.
Me levanté con el corazón acelerado. El mundo de los negocios no esperaba por dramas familiares; la noticia del accidente de Vittorio Di Santos ya encabezaba los diarios financieros y las acciones de la empresa corrían el riesgo de desplomarse al abrir la Bolsa. Tenía que tomar el control de la junta directiva de inmediato.
Me vestí con mi traje gris de tres piezas, ajustándome la corbata frente al espejo con manos torpes por el cansancio. De pronto, reflejada en el cristal, vi a Alelí. Se había puesto un pantalón vestir negro muy sencillo que había empacado a última hora y una blusa de cuello alto color marfil. Se estaba recogiendo el cabello en un moño bajo, elegante y limpio, usando el mismo broche de plata que llevaba la noche que nos besamos en la colina.

-¿Qué haces?

Pregunté, girándome hacia ella.

-te dije que iría contigo a la oficina

Respondió, terminando de ajustarse el broche y mirándome con determinación.

-no voy a dejar que entres a ese edificio lleno de tiburones sin alguien que te recuerde quién eres

Se veía hermosa. No tenía las joyas de diamantes de Amelia ni los trajes de diseñador de mi madre, pero poseía una dignidad y una luz que hacían parecer ridículo cualquier lujo artificial. Le tomé la cara entre las manos y la besé con una devoción profunda.

-eres increíble, ¿Lo sabes?
-lo sé, señor Di Santos. Ahora ajuste ese nudo de la corbata, que parece que lo hizo a ciegas

Bajamos al vestíbulo tomados de la mano. Mi madre ya estaba despierta, vestida de negro riguroso y conversando en voz baja en el comedor. Y para mi absoluta falta de sorpresa, Amelia estaba sentada a su lado, tomando un café espresso con una tablet en la mano.

-buenos días, Marco

Dijo Amelia, poniéndose de pie con una sonrisa profesional y perfecta.

-preparé un resumen de los estados financieros que la junta va a exigir esta mañana. Pensé que sería mejor que repasáramos los puntos en el auto camino a la corporación
-buenos días, Amelia

Contesté sin soltar la mano de Alelí.

-aprecio el trabajo, pero mi asistente ejecutiva en la oficina ya tiene los reportes listos. Alelí y yo nos vamos en mi auto

Amelia miró nuestras manos entrelazadas y luego a Alelí, cuyos ojos la sostuvieron sin un solo parpadeo de timidez. La sonrisa de mi exnovia se volvió rígida.

-Marco, sé profesional

Intervino mi madre desde la mesa, golpeando suavemente la taza de porcelana.

-Alelí no sabe nada de finanzas corporativas. Se va a aburrir, va a estorbar y vas a dar una imagen desastrosa ante los accionistas llevando a una... acompañante a una reunión de crisis.
-Alelí no va a estorbar, mamá. Va a estar en mi oficina privada

Sentencié, dando un paso hacia la puerta principal.

-Amelia, gracias por la intención, pero te pido que no te involucres en los asuntos de la empresa a menos que la junta te convoque formalmente. Vamos, Alelí

Caminamos hacia la salida dejando un silencio sepulcral a nuestras espaldas. Sentí la mirada llena de odio de mi madre clavada en mi nuca, pero por primera vez en mi vida, no me importó.
Subimos a la camioneta ejecutiva que nos esperaba en la entrada. El chofer arrancó y la gran mansión Di Santos quedó atrás por el espejo retrovisor. Miré a Alelí, que observaba el paisaje urbano a través de las ventanillas polarizadas, manteniendo la compostura aunque sabía que por dentro su corazón debía estar batiendo a mil por hora.
Le tomé la mano, entrelazando nuestros dedos sobre mi regazo.

-bienvenida a la selva corporativa

Le dije con un toque de ironía suave.
Ella se giró, me miró fijamente y me regaló una pequeña sonrisa audaz.

-que vengan los tiburones, Marco. En el rancho aprendí a lidiar con toros embravecidos, dudo mucho que unos hombres en traje sean más peligrosos

El imponente rascacielos de vidrio y acero del Grupo Di Santos siempre me había parecido una prisión de lujo, pero esa mañana, con Alelí a mi lado, la atmósfera se sentía extrañamente distinta. Cruzamos el imponente vestíbulo de mármol entre el murmullo acelerado de empleados que corrían de un lado a otro con carpetas y vasos de café.
En cuanto pisamos la planta ejecutiva, la tormenta comenzó.

-¡Señor Di Santos! ¿Cómo está su padre?
-Marco, los inversionistas extranjeros están pidiendo una conferencia de prensa
-las acciones cayeron un cuatro por ciento en la apertura del mercado, necesitamos una declaración oficial...

Un enjambre de directivos, asesores legales y asistentes me rodeó antes de que pudiera llegar a mi propio escritorio. Las preguntas llovían sin tregua, cargadas de una mezcla de genuina preocupación y pura ambición corporativa. Respiré hondo, asumiendo la postura erguida y fría que este lugar me había enseñado a vestir desde los veinticinco años.

-el presidente se encuentra estable dentro de su gravedad

Anuncié con voz firme, cortando el caos de golpe.

-la junta ejecutiva se reunirá a las diez. Hasta entonces, quiero los reportes de liquidez en mi mesa y a la prensa fuera del edificio. Muevan a seguridad si es necesario

El grupo se dispersó a toda prisa. Suspiré, aflojándome un milímetro el nudo de la corbata, y me giré para buscar a Alelí.
Esperaba encontrarla abrumada o asustada entre tanto bullicio, pero la realidad era totalmente opuesta. Alelí caminaba a paso lento por el pasillo de cristal, mirando los techos altos y las pantallas interactivas con la fascinación pura de una niña que entra por primera vez a un parque de atracciones. Toco con la yema de los dedos una escultura de bronce, observó a través del ventanal del piso cuarenta la vista panorámica de la ciudad y soltó un pequeño "¡vaya!" que se escuchó clarito en mitad de la sobria planta ejecutiva.
Mi secretaria de toda la vida, la señora Beatriz, la miraba con una mezcla de sorpresa y ternura.




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