365 días

Capítulo 26

Ver su luz, tan auténtica y sin pretensiones, irrumpiendo en este ambiente gris y acartonado, me llenaba el pecho de un orgullo indescriptible. Sonreí de oreja a oreja, olvidándome por un segundo de las gráficas de Pérdidas y Ganancias que tenía frente a mí.

-veo que tu atención está en cualquier parte menos en la crisis de la compañía, Marco

La voz tajante de Amelia cortó mi distracción. Entró a la oficina sin llamar, vistiendo un traje sastre azul marino impecable y sosteniendo una carpeta de cuero bajo el brazo. Detrás de ella, mi madre había hecho su jugada; era evidente que la había enviado para tomar el control de la situación.

-Amelia. Te dije que no era necesario que vinieras

Dije, recuperando la seriedad y cruzando las manos sobre el escritorio.

-alguien tiene que hacer el trabajo serio mientras tú juegas a la beneficencia traída del campo

Soltó con desdén, caminando hacia mí y desplegando una serie de informes sobre mi mesa.

-revisé las proyecciones de la fábrica. Si no firmamos la reestructuración antes del mediodía, los accionistas van a solicitar una asamblea extraordinaria para destituir a tu padre. Tienes que concentrarte, Marco. Esto es lo que realmente importa
-sé perfectamente lo que importa, Amelia

Respondí con voz helada.

-y la reestructuración ya está en revisión por mi equipo legal

Amelia se inclinó sobre el escritorio, buscando mi mirada con una insistencia ensayada, intentando apelar a la complicidad de los años que pasamos juntos en las mismas aulas de negocios.

-Marco, por favor. Tu padre está grave. Yo conozco esta empresa tan bien como tú. Deja que te ayude, como en los viejos tiempos. Necesitas a alguien a tu nivel al lado, no a...

Se interrumpió a sí misma y giró la cabeza hacia los ventanales de la oficina.
Alelí acababa de encontrar el carrito del correo interno. El anciano encargado, Don Gervasio -un hombre que llevaba treinta años en la empresa y a quien la mitad de los ejecutivos ni siquiera saludaba-, le estaba mostrando emocionado unas fotos de sus nietos. Alelí se reía a mandíbula doliente, tomándole las manos al viejo con un cariño genuino que contagió a un par de secretarias que pasaban por ahí. En cuestión de segundos, la esquina más aburrida del piso cuarenta se había convertido en un rincón lleno de vida y risas.
Al ver la escena, no pude contenerlo. Una carcajada suave se me escapó del pecho y una sonrisa gigante se me instaló en los labios.
Amelia apretó los dientes con tanta fuerza que vi cómo se le tensaba la mandíbula. Estaba volviéndose loca. Para ella, una mujer obsesionada con el protocolo, la etiqueta y el poder, ver cómo el hombre que pretendía recuperar ignoraba sus brillantes informes financieros para quedarse embobado mirando a una chica de rancho hacer amigos con el personal de limpieza, era una humillación insoportable.

-¡Esto es absurdo!

Exclamó Amelia, golpeando suavemente la carpeta contra la mesa, fuera de sí.

-¡Estamos perdiendo millones de dólares por minuto y tú estás sonriendo porque esa chica le está haciendo perder el tiempo al personal! ¡Es una falta de respeto a la memoria de la gestión de tu padre!

Me puse de pie lentamente. La altura y la firmeza de mi postura la hicieron dar un paso atrás.

-mi padre sigue vivo, Amelia. Y lo que Alelí está haciendo en diez minutos es traer un poco de humanidad a un lugar que lleva años muerto por dentro

Dije con voz serena, pero cargada de una autoridad absoluta.

-aprecio tus informes, pero te voy a pedir que te retires. Tengo una junta directiva que liderar

Amelia me miró con los ojos echando chispas, echó la silla hacia atrás con violencia y salió de la oficina a paso firme, echándole una mirada de puro odio a Alelí al pasar a su lado.
Alelí, ajena al veneno de la escena, notó a Amelia salir echando humos y me miró a través del cristal con una expresión cómica, levantando las cejas en un gesto de "¿Y a esta qué le pasa?".
Le dediqué una sonrisa cómplice y le hice una seña con la mano para que entrara. Cuando cruzó la puerta, el aire del despacho volvió a ser respirable.

-¿Todo bien con la chica de la alta sociedad?

Preguntó risueña, acomodándose el broche de plata.

-mejor que nunca

Respondí, rodeando el escritorio para tomarla por la cintura y atraerla hacia mí.

-aunque creo que le arruinaste el día a la corporación entera
-¿Yo? ¡Si solo estaba aprendiendo a usar la máquina de café!
-hiciste sonreír a Don Gervasio, Alelí. En este edificio eso se considera un milagro de alto riesgo

Murmuré contra sus labios, besándola con la certeza de que, sin importar cuántos tiburones nadaran a mi alrededor, ella era la única marea que me mantenía a flote.

[Narra Victoria]

Mi hijo ha perdido el juicio por completo. Ver al futuro heredero de uno de los imperios corporativos más importantes del país, de pie en el gran salón de nuestra casa familiar, sosteniendo la mano de esa campesina con una mirada de devoción ciega, me producía una migraña insoportable. Vittorio al borde de la muerte en una cama de hospital y Marco jugando a las diferencias sociales con una muchacha que claramente no sabía la diferencia entre un tenedor de pescado y uno de ensalada.
No podía permitirlo. Mi deber como matriarca era abrirle los ojos antes de que arruinara su vida, su apellido y la reputación que a Vittorio y a mí nos había tomado décadas construir. Por fortuna, contaba con Amelia.
Esa noche organizamos una cena privada en la mansión. Convoqué a Amelia con la excusa perfecta de revisar las cláusulas finales de la reestructuración antes de la reunión de accionistas del día siguiente.
A las ocho en punto, Amelia llegó luciendo sencillamente magistral. Llevaba un vestido midi en tono azul medianoche de seda italiana, un collar discreto pero impecable de perlas cultivadas y los labios pintados en un rojo sobrio que gritaba elegancia heredada. Era la viva imagen de lo que una señora Di Santos debía ser.
Pocos minutos después, aquella chica apareció en el comedor. Marco la traía del brazo como si transportara una joya de la corona, pero el contraste era devastador. Llevaba un vestido verde oliva que, aunque limpio y sencillo, carecía por completo de estructura, corte o estatus. Se notaba a leguas que era una prenda comprada en alguna tienda local de provincia. Se agarraba del brazo de mi hijo con una rigidez evidente, mirando la mesa imperial de caoba con los ojos desorbitados ante el despliegue de cristalería Baccarat y cubertería de plata.
Me acomodé en la cabecera, con Amelia a mi derecha y Marco a mi izquierda. La muchacha tuvo que sentarse al lado de mi hijo, luciendo tan fuera de lugar como un diente de león en un jardín de orquídeas imperial.




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