365 días

Capítulo 27

Los días siguientes a esa cena fueron un suplicio para mi compostura. Mi plan era perfecto: acorralar a esa muchacha, ponerla en evidencia, hacer que el peso de su propia inferioridad la hiciera huir con la cola entre las patas de regreso a su rancho de mala muerte. Pero el destino -o la insolencia de esa chica- decidió jugarme en contra.
Alelí resultaba ser un hueso absurdamente duro de roer.
Esperaba lágrimas. Esperaba escenas de celos histéricas, portazos, reclamos a Marco por las mañanas o esa inseguridad vergonzosa de quien se sabe desubicada. Pero no. La campesina no demostró ni una sola grieta en su armadura. Tenía una serenidad exasperante, una especie de dignidad de acero envuelta en sonrisas tranquilas que me revolvía el estómago de pura rabia.
Amelia desplegó toda su artillería durante el desayuno y las tardes en el gran salón. Cada vez que Marco bajaba a tomar el auto para ir a la empresa o al hospital a ver a Vittorio, Amelia aparecía de la nada, radiante, perfume de alta gama flotando a su paso, rozándole el brazo a mi hijo con la excusa de acomodarle la solapa del saco o susurrándole al oído comentarios en inglés sobre las acciones de la compañía. Coqueteaba con él abiertamente, sin el menor pudor, marcando territorio frente a la intrusa.

-Marco, querido, te ves agotado

Le decía Amelia con esa voz melosa, pasándole la mano por el hombro mientras él revisaba su tableta.

-esta noche deberíamos cenar solos en el club corporativo. Necesitas despejarte y yo sé exactamente cómo hacer que te olvides de la presión de la junta directiva

Cualquier mujer en su sano juicio habría saltado a defender a su hombre. Pero Alelí se limitaba a mirarlos desde la esquina del salón, sosteniendo su taza de té con una calma desarmante. Ni un pestañeo de celos, ni un ceño fruncido. Cuando las miradas de Amelia se cruzaban con las suyas buscando una reacción de debilidad, la muchacha solo le dedicaba una inclinación de cabeza educada, casi divertida, como si estuviera viendo a un niño pequeño hacer una rabieta para llamar la atención, ¡Qué audacia! ¡Qué falta de clase reaccionar con semejante indiferencia!
Pero lo que verdaderamente amenazaba con darme un derrame cerebral no era la falta de celos de la muchacha, sino su conducta dentro de la mansión.
En lugar de quedarse encerrada en la suite principal aprendiendo modales o avergonzada de su presencia, Alelí decidió pasearse por la casa como si estuviera en la cocina de su pueblo natal. Una mañana, al bajar las escaleras principales para coordinar el menú con la chef, me encontré con un espectáculo dantesco en el comedor formal: Alelí estaba en pie, con las mangas de su blusa enrolladas hasta los codos, ayudando a las mucamas a limpiar la plata y a acomodar los manteles de lino. Se reía a carcajadas con ellas, escuchando historias de sus familias como si fueran amigas de toda la vida.

-¡Alelí!

Chillé desde el umbral, haciendo que las tres empleadas dieran un salto del susto.

-¡Por el amor de Dios! ¡Suelta eso de inmediato! En esta casa hay personal contratado para realizar las labores domésticas. Es una vulgaridad que una visitante esté haciendo el trabajo de la servidumbre

Alelí no se inmutó. Se limpió las manos en un paño con una tranquilidad desconcertante y me miró a los ojos con esa maldita luz de suficiencia.

-señora Victoria, el trabajo honrado no es ninguna vulgaridad

Respondió con voz serena y pausada.

-en mi casa nos ayudamos entre todos. Además, la señora Rosa me estaba enseñando la historia de estos cubiertos tan bonitos. No le hace daño a nadie que le eche una mano

Rosa, la camarera principal que llevaba quince años trabajando para nosotros sin haberme mirado a los ojos jamás, le dedicó a la chica una mirada de adoración casi divina. Sentí que la autoridad en mi propia casa se me escurría entre los dedos.
El veneno se extendió por toda la mansión en cuestión de cuarenta y ocho horas. Los jardineros, el chofer, los cocineros y las mucamas andaban todos sonrientes, cuchicheando maravillas de la "Señorita Alelí". Le preparaban sus infusiones favoritas sin que ella las pidiera, le dejaban flores frescas en la habitación y la saludaban con una calidez que jamás habían mostrado por mí ni por Amelia.
Y lo peor de todo era Marco. Mi hijo, el hombre que debía estar concentrado en salvar el patrimonio Di Santos, se estaba volviendo absolutamente idiota por ella.
Todas las mañanas, cuando Marco salía hacia la corporación con el traje impecable y la cartera de documentos, Alelí bajaba a despedirlo al vestíbulo. No importaba si Amelia estaba parada a su lado intentando captar su atención con llamadas telefónicas urgentes; los ojos de mi hijo solo tenían un destino.
Ayer por la mañana lo vi con mis propios ojos desde el descansillo del segundo piso. Marco caminaba hacia la puerta principal, tenso por los problemas de la fábrica y la salud de Vittorio. Alelí salió de la cocina vistiendo un suéter sencillo, sosteniendo una manzana en la mano. Se acercó a él, le arregló la corbata con una ternura infinita y le dijo algo al oído que lo hizo soltar una carcajada limpia, franca y vibrante. Una risa que yo no le escuchaba desde que era un niño.
Marco la tomó por la cintura enfrente de todo el personal y la besó en los labios con una devoción sin reservas, ignorando olímpicamente a Amelia, quien apretaba los puños a su lado con la cara roja de rabia.

-que tengas un buen día, preciosa

Le dijo Marco, mirándola con unos ojos tan cautivados, tan profunda y perdidamente enamorados, que sentí un frío mortal en el pecho.
Él no estaba jugando. Marco no estaba viviendo una aventura pasajera con la chica del campo para rebelarse contra su padre. La amaba. La adoraba con cada fibra de su ser. Y ver cómo esa muchacha, sin un solo centavo, sin un apellido de peso y sin gota de protocolo social, lograba iluminar el rostro de mi hijo en mitad de la peor crisis de nuestra familia, me daba una rabia rabiosa.
Cuando la puerta principal se cerró y el auto de Marco se alejó por la entrada, me quedé parada en la escalera, apretando el barandal de madera con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos. Alelí se giró, me vio en la cima de los escalones y me regaló una pequeña inclinación de cabeza antes de regresar a la cocina a terminar de conversar con los empleados.
Esta guerra no estaba funcionando como yo quería. La elegancia de Amelia no la estaba asustando, mi desprecio no la estaba quebrando y el amor de Marco solo se volvía más fuerte con cada intento de separarlos. Necesitaba un golpe más drástico. Algo que afectara no solo el orgullo de la campesina, sino el corazón mismo de la empresa Di Santos. Si no podía destruir a Alelí por las buenas, tendría que obligarla a cometer un error tan grave que ni el propio Marco pudiera perdonarle.




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