365 días

Capítulo 28

[Narra Alelí]

Por más que levantara la barbilla y le sonriera a la señora Victoria con la compostura de una reina, por dentro me estaba desmoronando a pedazos.
No soy de piedra. Cada mirada con asco, cada risita burlona de Amelia y cada indirecta sobre mi origen me daban justo en el centro del pecho. Había noches en que, mientras Marco dormía a mi lado rendido por el agotamiento, yo me quedaba mirando el techo de esa habitación gigantesca preguntándome si realmente tenía derecho a estar allí. Me sentía fuera de lugar, torpe y pequeña ante el lujo helado de esa mansión. Si no salí corriendo de regreso al rancho en el primer autobús, fue únicamente por la forma en que Marco me miraba al despertar. Por la manera en que buscaba mi mano en medio del caos, como si yo fuera su único faro en la tormenta. Su amor y su confianza ciega eran mi única coraza.
Aún así, no quería rendirme con su madre. Sabía lo mucho que Marco deseaba una familia unida, así que intenté ganarme a la señora Victoria a mi manera, con detalles sencillos y sinceros. Un día le preparé un té de hierbas medicinales que mi mamá me enseñó para aliviar su migraña; ella lo miró como si fuera veneno y le ordenó a la mucama que lo tirara de inmediato. Al día siguiente, corté las rosas más hermosas del jardín y las acomodé en un florero para su peinadora; cuando volví a la habitación, el florero había desaparecido. Nada funcionaba. Para ella, mi existencia misma era una ofensa.
Al noveno día de nuestra estancia en la ciudad, Marco se quedó atascado en una junta de emergencia con los accionistas extranjeros que amenazaba con extenderse hasta la noche. Sabía lo angustiado que estaba por no haber podido ir al hospital a ver a su padre esa tarde. Así que, tragándome el miedo a la gran ciudad, tomé una decisión.
Busqué las indicaciones en el mapa de mi teléfono, ajusté mi bolso y salí de la mansión por mi cuenta, esquivando a la señora Victoria. Caminé unas calles hasta encontrar la parada del autobús. En el trayecto a pie hacia la clínica, una pequeña floristería de barrio me llamó la atención. Entré y elegí con cuidado un ramo humilde pero lleno de vida: unas cuantas margaritas blancas, un par de girasoles pequeños y tallos de lavanda que olían al campo que tanto extrañaba.
Cuando llegué al piso de cuidados intensivos, el guardia de seguridad me reconoció por las visitas anteriores con Marco y me dejó pasar. La habitación estaba en penumbras, dominada por el ritmo constante y pausado del monitor cardíaco.
Allí estaba Vittorio Di Santos. El hombre que infundía terror en los pasillos corporativos yacía en esa cama, frágil, conectado a tubos, luciendo desgastado y cansado.
Acomodé las flores en un vaso con agua que encontré en una mesa auxiliar, llenando la habitación de un suave aroma a lavanda. Luego, acerqué una silla a la cabecera de la cama y me senté a su lado. Dudé un segundo, pero extendí la mano y tomé sus dedos fríos y rígidos entre los míos.

-hola, señor Vittorio

Susurré con la voz un poco temblorosa.

-soy Alelí. Sé que no nos conocemos y que probablemente su esposa prefiera verme a kilómetros de aquí, pero Marco no podía venir esta tarde y no quería que estuviera solo

El monitor siguió emitiendo su bip monotono. Apreté un poco más su mano, sintiendo un nudo en la garganta.

-le traje unas flores

Continué, sonriendo con nostalgia.

-tienen lavanda. A Marco le gusta cómo huele... dice que le recuerda a la paz. Y creo que eso es lo que más necesita su familia ahora mismo: un poco de paz

Hice una pausa, tragando saliva. Miré el rostro cansado del viejo magnate y dejé que mi corazón hablara sin filtros, sin protocolos ni miedo a ser juzgada.

-pensé que sería lindo presentarme con usted, aunque no sea como lo imaginé en mi cabeza. Quiero que sepa que amo a su hijo, con toda mi alma, señor Vittorio. No por el apellido, ni por las empresas, ni por esa casa enorme en la que me siento tan perdida. Amo al hombre que descubrí en el rancho. Ese hombre humilde, noble y profundamente apasionado que se esconde detrás de esos trajes caros

Una lágrima rebelde se me escapó y corrió por mi mejilla, pero no me la limpié.

-Marco sufre mucho por usted

Confesé, apoyando mi otra mano sobre el pecho para contener el llanto.

-cada vez que entra a este cuarto, veo en sus ojos a un niño asustado que solo quiere que su papá lo abrace. Él lo admira más de lo que usted se imagina. Habla de su capacidad de trabajo, de su fuerza, de cómo construyó todo esto desde cero. Él no volvió a la empresa por obligación o por dinero, señor Vittorio; volvió porque lo ama y porque se moría por reparar las cosas entre ustedes

El silencio de la habitación se volvió cálido, casi sagrado. De pronto, sentí un leve, casi imperceptible movimiento en mi mano.
Bajé la mirada de golpe. Los dedos del señor Vittorio se apretaron ligeramente alrededor de los míos.
Mi corazón dio un vuelco salvaje. Miré su rostro y vi cómo sus párpados aleteaban despacio, luchando contra el peso del sedante, hasta que sus ojos se abrieron apenas una rendija. Estaban nublados, desorientados, pero se fijaron directamente en los míos. Un suspiro débil escapó de sus labios secos.

-M-Marco...

Alcanzó a articular en un hilo de voz rasposo.

-sí, señor Vittorio... Marco

Dije apresuradamente, limpiándome las lágrimas con la manga y regalándole la sonrisa más dulce que pude ofrecerle.

-él está luchando por su empresa en este momento, pero va a venir pronto. Todo va a estar bien, se lo prometo. Aquella noche en la colina él me dijo que encontró su alma en el rancho... y le aseguro que esa alma es enteramente suya y de su familia

El señor Vittorio no volvió a hablar, pero no soltó mi mano. Se quedó mirándome durante largos minutos, con una expresión en la que ya no había dureza ni arrogancia, sino una gratitud profunda y serena que me llegó hasta el fondo de la piel.
En ese rincón helado del hospital, rodeados por el olor a lavanda y el sonido de las máquinas, me di cuenta de que la guerra contra la señora Victoria y Amelia ya no me daba miedo. El hombre más importante de esa dinastía me estaba escuchando, y por primera vez desde que llegué a la ciudad, me sentí exactamente donde debía estar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.