[Narra Victoria]
El taconeo de mis zapatos de diseñador resonaba con un eco hueco en el pasillo helado del hospital. Estaba exhausta. La presión de la prensa, los rumores de los inversionistas y la humillación constante de ver a mi hijo arrastrando a esa muchacha de rancho por los pasillos de nuestra propia vida me tenían al borde del colapso.
Acomodé el pañuelo de seda en mi cuello y me detuve a un par de metros de la puerta de la suite de cuidados intensivos. Solo quería ver a Vittorio un momento en soledad, pedirle en silencio que despertara para poner orden en el caos en el que se había convertido nuestra familia.
Pero al acercarme al cristal, la escena dentro de la habitación me congeló el pulso.
Alelí estaba allí. Sentada en la silla junto a la cabecera, vistiendo esa ropa sencilla y sin clase, sosteniendo la mano de mi esposo entre las suyas. En la mesa auxiliar había un ramo humilde de flores silvestres -girasoles y lavanda- que desentonaba de forma absurda con la tecnología médica de última generación. Sentí una ola de indignación subirme por la garganta, ¿Cómo se atrevía esa intrusa a violar la privacidad de Vittorio?
Iba a abrir la puerta de un golpe para sacarla a rastras, pero la voz de la muchacha, suave y quebrada por el llanto, atravesó la rendija de la puerta apenas entreabierta.
Me quedé inmóvil, pegada al marco de la puerta. Cada palabra que salía de su boca era un golpe directo a la coraza que me había construido durante décadas. Escuché cómo su voz se ahogaba en lágrimas mientras le hablaba a un hombre inconsciente sobre el sufrimiento de Marco, sobre el amor desesperado que mi hijo le tenía a su padre y cómo solo deseaba reparar las heridas entre ellos.
Un nudo amargo y caliente se me atravesó en la garganta. De pronto, vi a mi esposo mover los dedos, apretando la mano de la muchacha. Vi a Vittorio abrir los ojos después de días de absoluto silencio y mirar a la campesina no con el desprecio que yo esperaba, sino con una paz casi sagrada. Sintiendo una punzada traicionera en el pecho, noté que una lágrima caliente se me escapaba por la mejilla. Me quemó la piel, ¿Cómo era posible que esta chica, una desconocida sin un centavo ni un apellido, hubiera logrado en cinco minutos lo que ni yo con toda mi elegancia ni Amelia con sus conexiones habíamos conseguido? Había traído calor a una habitación donde solo reinaba la muerte.
Unos pasos rápidos a mis espaldas rompieron el hechizo. Con un gesto veloz y desesperado, saqué un pañuelo de encaje de mi bolso y me limpié la lágrima al instante, erguí la espalda y compuse el rostro más frío y distante de mi repertorio.
-mamá, ¿qué haces aquí afuera?
La voz de Marco sonó agitada.
Mi hijo venía a paso apresurado por el pasillo, con la chaqueta del traje abierta y la corbata ligeramente torcida, con la mirada llena de angustia por haberse retrasado en la junta. Justo detrás de él venía Amelia, impecable, dando taconazos firmes y sosteniendo su tableta con aire de superioridad.
-estaba a punto de entrar, Marco
Mentí con una serenidad ensayada, guardando el pañuelo en el bolso sin que se me moviera un solo músculo de la cara.
-Alelí se adelantó sin avisar a nadie
Marco ni siquiera me escuchó del todo. Al atisbar a través del cristal y ver a Alelí sosteniendo la mano de su padre -y sobre todo, al ver los ojos de Vittorio abiertos-, el rostro de mi hijo se transformó. La angustia se evaporó, reemplazada por una luz de esperanza tan pura que me oprimió el corazón.
Sin esperar un segundo, Marco empujó la puerta y entró al cuarto.
-¿Papá?
Susurró Marco con la voz rota.
Alelí se giró al escucharlo, limpiándose las mejillas con una sonrisa radiante. No había victoria en su rostro, solo una alegría sincera. Se puso de pie despacio, pero Vittorio no soltó de inmediato la mano de ella cuando Marco se arrojó a la orilla de la cama para abrazarlo con la devoción de un niño. Alelí fue quien se soltó del agarre y se hizo a un lado con delicadeza, dejando que padre e hijo se reencontraran en un murmullo de disculpas y suspiros cargados de años de dolor.
Marco miró a Alelí desde el suelo, le tomó la mano y la atrajo hacia ellos, besándole los nudillos frente al cuerpo convaleciente de mi esposo. Vittorio, con la respiración débil, inclinó la cabeza hacia ella en un gesto de aceptación inequívoca.
Afuera, en el pasillo, la escena era un poema de ira contenida. Amelia estaba parada a mi lado, mirando a través del cristal con los puños apretados y los labios convertidos en una línea blanca.
-esto es ridículo, Victoria
Siseó Amelia con un veneno que ya no se molestó en ocultar.
-esa chica montó un teatro folklórico para manipular a tu esposo en su momento de mayor debilidad. Mírala, jugando a la santa del campo. Marco está totalmente cegado. Si esto sigue así, no solo vas a perder a tu hijo, sino que esa muerta de hambre va a terminar metida en la junta de accionistas
Miré a Amelia de reojo. Su elegancia me pareció de pronto un poco plástica, pero su lógica era implacable. Volví a mirar al interior de la habitación: mi hijo estaba de rodillas, sonriendo como no lo hacía en años, apoyando su cabeza en el hombro de Alelí mientras Vittorio los observaba a ambos con los ojos húmedos.
El pequeño lagrimeo que me había traicionado minutos antes se secó por completo en la frialdad de mi orgullo.
Sí, la muchacha amaba a Marco. Sí, le había devuelto la voz a mi esposo. Pero el amor no pagaba las deudas corporativas ni mantenía la dinastía Di Santos en la cima del mundo. No podía permitir que la emoción de un momento frágil destruyera el futuro que yo había planeado para mi familia. Que mi esposo la aceptara en su lecho de enfermedad solo significaba que Vittorio estaba débil, no que la chica fuera digna de nuestro apellido.
-cálmate, Amelia
Dije con voz de hielo, acomodándome los guantes de piel.