Vale
El miércoles fue la cena de los Alvarado.
Sebastián llegó exactamente a las ocho, que para él era puntualidad inusual, con el cabello ligeramente húmedo como si hubiera salido rápido de la ducha, lo cual confirmaba que también lo había olvidado y lo había recordado tarde.
Me lo dijo con los ojos cuando lo vi entrar.
Yo se lo dije de vuelta.
Eso nos llevó dos segundos y ninguna palabra.
— Sebastián — dijo mi padre desde la cabecera — Llegas a tiempo.
— Intento mejorar — dijo Seba, con esa soltura suya para hablar con padres que yo siempre había admirado en silencio porque yo con el mío era otra historia.
— Siéntate — dijo mi padre.
Seba se sentó.
Frente a mí. Como siempre.
Durante la primera parte de la cena todo fue igual que siempre.
Nuestros padres hablaron de lo que siempre hablaban, con los mismos códigos de siempre, y yo comí y respondí cuando me preguntaban algo y mantuve la expresión correcta para cada momento, que era una habilidad que había desarrollado en veintidós años de cenas de miércoles.
Pero debajo de todo eso estaba Seba.
Frente a mí, comiendo con esa calma suya, respondiendo algo que le preguntaba su madre con la versión de sí mismo que usaba en espacios donde no convenía mostrar todo lo que pensaba.
Lo conocía de memoria.
Y sin embargo esta noche había algo en verlo ahí, en mi propio comedor, con su familia y la mía alrededor, que hacía que el espacio entre nosotros dos se sintiera distinto de como se había sentido siempre.
Fue Rafael el que lo dijo.
Sin intención aparente.
— Emilio — dijo, dejando la copa — Estuve revisando las últimas cláusulas con el equipo. Creo que podríamos cerrar antes de fin de año si los dos estamos de acuerdo en los términos del anexo tres.
Mi padre asintió despacio.
— Lo revisé también. Hay un punto que me genera dudas. — Pausa — El tema de las garantías cruzadas entre familias. Si algo sale mal en cualquiera de los dos lados, la exposición es considerable.
— Es un riesgo calculado — dijo Rafael.
— Todos los riesgos son calculados hasta que se materializan — dijo mi padre, con esa sequedad suya que no era hostilidad sino precisión.
Lorena tomó su copa.
Mi madre reacomodó algo en su plato.
Y yo miré a Seba, que estaba mirando su tenedor con la concentración de alguien que está escuchando todo y procesando todo y eligiendo no demostrar ninguna de las dos cosas.
Nuestros ojos se cruzaron.
Medio segundo.
El suficiente.
— El anexo tres es resoluble — dijo Seba, con una calma que no había esperado — Si las garantías son el problema, hay estructuras alternativas que distribuyen el riesgo de forma más equitativa. Lo vimos en Contratos el semestre pasado.
Los dos padres lo miraron.
Rafael con algo que se parecía a la sorpresa.
Mi padre con algo que se parecía al interés.
— ¿Qué tipo de estructuras? — dijo Emilio.
Y Seba habló durante tres minutos sobre cláusulas y estructuras legales con la fluidez de quien sabe de lo que habla y la calma de quien no necesita demostrar que sabe, y yo lo escuché desde el otro lado de la mesa pensando que diecisiete años y aun así había cosas que me sorprendían.
La cena terminó mejor de lo que había empezado.
Salimos juntos a las diez y cuarto.
No fue planeado. Fue que los padres siguieron con el café en la sala y los dos nos encontramos en el pasillo al mismo tiempo con los abrigos en la mano y la misma dirección hacia la puerta.
Bajamos en el ascensor en silencio.
En la planta baja, antes de salir, me detuve.
— Oye — dije.
— ¿Qué?
— Lo del anexo tres.
— Era la solución obvia. — Se encogió de hombros — Tu padre lo habría llegado solo.
— Pero llegaste tú primero.
— ¿Importa quién llega primero?
Lo miré con esa franqueza que no pedía permiso.
— A veces — dije.
Salimos a la calle.
Aldavera de noche, el frío de los miércoles, las luces de la avenida reflejándose en el asfalto todavía húmedo de la lluvia de la tarde.
Caminamos media cuadra sin decir nada.
— Seba — dije.
— ¿Qué?
— Dijiste esta semana.
No tuvo que terminar la frase para que yo entendiera. Lo sabía desde hacía tres días.
— Lo sé.
— Son las diez y cuarto del miércoles.
— Lo sé, Vale.
— Quedan cuatro horas de miércoles.
— También lo sé.
Nos detuvimos en la esquina donde la avenida Miralta cruzaba con la calle de siempre, que era el punto donde nuestros caminos se separaban porque él vivía hacia el norte y yo hacia el sur y esa geografía llevaba diecisiete años siendo el final natural de los caminos compartidos.
Lo miré.
Él me miró.
El frío de Aldavera, las luces, el ruido sordo de la ciudad que nunca terminaba de callarse del todo.
— No tenemos que hacerlo ahora — dije, en voz más baja — Si no estás listo.
— No es eso.
— ¿Entonces?
Tardó en responder. De verdad lo pensó, ahí parado en la esquina a las diez y cuarto de la noche, con el abrigo puesto y el frío en la cara.
— Es que — dijo, despacio — en cuanto lo diga en voz alta se vuelve real. Y cuando se vuelva real no vamos a poder fingir que no lo es.
No respondí de inmediato.
El semáforo al final de la cuadra cambió de color dos veces mientras ninguno decía nada.
— Ya es real — dije finalmente — Lleva días siendo real. Lo único que falta es que lo digamos.
— Lo sé.
— Seba.
— Lo sé, Vale. — Me miró — Dame hasta el viernes.
Lo sostuve la mirada.
Tres segundos.
Cuatro.
— Viernes — dije.
— Viernes — repitió.
Asentí una vez.
Luego giré hacia el sur y empecé a caminar, con las manos en los bolsillos del abrigo y el cabello moviéndose con el viento de la avenida, sin mirar atrás.
Trescientos cuarenta y nueve días.