365 días para no caer

Capítulo 16 - Viernes

Vale

El viernes amaneció con el sol.

No el sol considerado de los días buenos sino el otro, el que llega demasiado temprano y se mete por las cortinas antes de que uno esté listo para él, que era exactamente el tipo de sol que no necesitaba esta mañana con todo lo que tenía en la cabeza.

Me levanté igual.

Me hice café.

Me senté en la barra de la cocina con la taza en las manos y Aldavera despertando afuera y la palabra viernes ocupando más espacio en mi cabeza del que debería ocupar una palabra de dos sílabas.

Sebastián no había escrito.

No era raro. Eran las ocho de la mañana. Pero yo había revisado el teléfono dos veces antes de levantarme y una vez mientras el café se hacía, lo cual era un nivel de atención al teléfono que no me gustaba reconocer.

Lo dejé boca abajo sobre la barra.

Abrí el libro de la página cuarenta y tres que seguía sin avanzar.

Cerré el libro.

Fui a ducharme.

Le escribí a las diez.

No fue una decisión. Fue que llegué a la facultad, me senté en el aula, el profesor de Mercados empezó a hablar de algo que en otro momento me habría parecido interesante, y en algún punto entre la segunda y la tercera diapositiva agarré el teléfono y escribí:

¿Hoy sigue en pie?

Tres palabras. Sin contexto. Sin necesidad de contexto porque los dos sabíamos cuál era el hoy y cuál era el en pie.

La respuesta llegó en dos minutos.

Sí. ¿A qué hora terminas?

A las doce.

Yo a las doce y media. ¿Brindisi a la una?

Lo miré.

Brindisi.

La cafetería de los jueves con paraguas y de los martes con medialunas y de las diez y media de la mañana con libros que no avanzaban.

Brindisi a la una, confirmé.

Guardé el teléfono.

El profesor siguió con la tercera diapositiva.

No procesé nada de lo que dijo hasta el final de la clase.

Llegué a Brindisi a la una menos cinco.

Pedí café. Me senté en la mesa del fondo. Puse el teléfono boca arriba sobre la mesa, luego boca abajo, luego lo guardé en la mochila porque tenerlo visible me hacía revisarlo y revisarlo no servía de nada.

Seba llegó a la una y dos minutos.

Entró con el abrigo puesto y esa forma suya de cruzar un espacio sin apuro, como si ya supiera exactamente adónde iba. Me vio. Se acercó. Se sentó.

— Hola — dije.

— Hola — dijo él.

La misma mesera de siempre se acercó. Él pidió lo de siempre. La mesera se fue.

Silencio de cuatro segundos.

Del tipo que tiene peso.

— Bien — dije, con una voz completamente tranquila — Dijiste viernes.

— Sí.

— Es viernes.

— Lo es.

— ¿Quién empieza?

Lo pensó.

— Yo — dijo — Empiezo yo porque fui el que pidió hasta el viernes.

Asentí. Crucé las manos sobre la mesa. Lo miré con la paciencia de quien está dispuesta a esperar el tiempo que haga falta pero no más.

Tomó un sorbo de café.

Dejó la taza.

Y dijo:

— Creo que me estoy enamorando de ti.

Lo dijo sin preámbulo.

Sin rodeo ni construcción ni las tres versiones preliminares que yo habría esperado de alguien que llevaba dos semanas buscando el momento correcto. Lo dijo como se dice una cosa que ya existe y que nombrándola no se crea sino que simplemente se reconoce.

Me quedé mirándolo.

Él me devolvió la mirada con la misma calma con que lo había dicho, aunque debajo de esa calma había algo que reconocí porque era lo mismo que yo había tenido en la cara toda la semana: la expresión de alguien que acaba de hacer algo sin red y está esperando ver qué pasa.

Afuera, Aldavera. El ruido de siempre. Un auto. Voces. La máquina de espresso de Brindisi haciendo su ruido habitual como si nada hubiera cambiado en los últimos diez segundos.

— Seba — dije.

— Lo sé — dijo él — Sé todo lo que implica. El contrato, la apuesta, nuestros padres. Lo sé. No te estoy pidiendo que resuelvas nada ahora mismo. Solo... — una pausa breve — necesitaba decirlo. Porque te lo prometí y porque ya no podía no decirlo.

Lo miré durante un momento largo.

Pensé en el primer día, en el video, en las nueve reglas escritas en el cuaderno de Rodrigo. Pensé en el paraguas y en la canción y en las medialunas a las ocho de la mañana y en la esquina de la avenida Miralta a las diez y cuarto de la noche.

Pensé en no sé dicho a la una de la madrugada.

Pensé en todo lo que había estado creciendo sin nombre durante semanas y que ahora tenía uno, dicho en voz alta, en Brindisi, un viernes al mediodía, sin red.

— Seba — dije de nuevo, más despacio.

— ¿Qué?

— Yo también.

Silencio.

Esta vez diferente a todos los silencios anteriores.

Más quieto. Más lleno. Del tipo que existe después de que algo importante se dice y los dos necesitan un momento para que ocupe el espacio que le corresponde.

— Bien — dijo él finalmente.

— Bien — repetí.

Y ninguno de los dos dijo nada por un momento. El silencio era nuevo, era el de algo que acaba de cambiar de forma permanente y que todavía está acomodándose en su lugar nuevo.

— ¿Y ahora? — dije.

Seba miró la mesa. Luego me miró a mí.

— No lo sé — dijo — Pero creo que es la primera vez que no sé algo y no me parece un problema.

Lo pensé.

— Los padres — dije.

— Los padres.

— El contrato.

— El contrato.

— Trescientos cuarenta y nueve días.

— Cuarenta y ocho — corrigió — Hoy es viernes.

Conté.

Tenía razón.

Trescientos cuarenta y ocho días de una apuesta que habíamos hecho borrachos en un sofá crema en el penthouse de los Iriarte, firmada por Rodrigo Paredes con su cuaderno de Derecho Empresarial, con nuestros padres al otro lado de un contrato de millones que dependía, sin saberlo, de exactamente esto.

— Seba — dije.

— ¿Qué?

— Acabamos de complicar todo.



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En el texto hay: apuesta, romance

Editado: 30.09.2026

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