Dos semanas. Quince días que transcurrieron en una quietud tensa en el santuario etéreo de Castiel. Quince días en los que el dolor del olvido autoimpuesto se asentó en las esencias de Tamara y el propio Castiel no como una herida abierta, sino como una cicatriz silente, un vacío en el lugar donde alguna vez había florecido una promesa de vida; sí, no sabían del dolor, pero aun así allí estaba, ocupando un lugar que nadie más podría. La decisión de borrar el recuerdo de su segundo hijo, aunque maravillosa para el plan, no dejaba de ser dolorosa, había traído una sombría resolución. Había sido un acto de amor, un sacrificio más en la implacable balanza cósmica, para asegurar la existencia de Rubby, su primera y única hija. Era el sacrificio más memorial del universo, aunque nadie podría recordarlo más allá de Dios.
Tamara ya había sanado físicamente con la celeridad que correspondía a su naturaleza primordial. Su cuerpo etéreo se había restablecido por completo del breve alojamiento de una nueva vida. Sin embargo, la ausencia en su interior era un eco constante que la atormentaba en las sombras. Castiel la observaba, su angustia personal se mitigaba al ver la estoica fortaleza de Tamara. Ella era la encarnación de la aceptación, la fuerza que le permitía a él, el Ángel, enfrentar lo incomprensible. Compartían un dolor único, una pena que no podía ser comprendida por ningún otro ser en la creación.
Ambos se habían mantenido en el santuario de Castiel, un refugio personal lejos de las tensiones del mundo, en donde podía ser ellos mismos sin la necesidad de herir a otros o poner en riego a la población. La Luz de Castiel y la Oscuridad de Tamara se entrelazaban en una danza melancólica, un consuelo silencioso. Habían meditado, conversado en susurros de comprensión mutua y se habían sostenido el uno al otro en el abismo de su pérdida. Era una conexión profunda, forjada en el fuego del sacrificio. Para ellos, este dolor no era lo único que habían sentido, ambos estaban sentenciados y eso era más que evidente para todos.
En los confines de su existencia, percibieron la aproximación. No fue una sorpresa. La presencia de Dios, el Padre, era inconfundible. No era una visita de juicio o de ira, sino una que Tamara y Castiel sentían como un cierre, un paso más en el intrincado tapiz del destino. La luz en el santuario se intensificó, no cegadoramente, sino con una suave calidez que se expandía, llenando cada rincón del espacio etéreo. En el pasado, aquella luz venía con un sentimiento de paz para los que la sentían, pero en ese momento, ninguno de los dos podía sentir la paz que supuestamente debían de estar sintiendo en sus corazones.
Dios se manifestó en una forma menos imponente que en ocasiones anteriores, una figura envuelta en una luz que no era abrasadora, sino de un resplandor etéreo que permitía vislumbrar la vasta profundidad de su ser. Sus ojos, que abarcaban el universo, se posaron en Castiel y Tamara con una sabiduría ancestral y una compasión que rara vez mostraba.
"Hijos míos", resonó la voz de Dios en sus mentes, un murmullo que era a la vez el sonido del cosmos y el susurro de la creación. "He sentido su sacrificio. He visto la profundidad del dolor que sienten en su interior. La elección que han hecho, de borrar el recuerdo de su segundo hijo no nacido, ha resonado en el entramado de la existencia."
Castiel y Tamara se miraron, sus corazones angelicales y primordiales latiendo al unísono, no con miedo, sino con la quietud de la resignación. Había un toque de fe en sus interiores, una fe que habían dejado hace mucho tiempo, una que no sentían casi nunca, pero que no habían olvidado cómo era que se sentía.
—Hermano… —susurró ella mirándolo a los ojos—. Por favor…
Volver a pedir misericordia le resultaba indignante, pero se guardó el orgullo por algo mucho más grande que ella y todos los seres de la tierra.
"La estabilidad ha comenzado a restaurarse", continuó Dios, una ola de alivio, pero también de pesar, emanando de su presencia. "Su elección de renunciar a esa vida, y a la memoria de ella, ha aliviado la presión en el universo. Es un sacrificio que no ha pasado desapercibido para nadie en la vasta creación."
Dios se acercó a Castiel, su luz se hizo más intensa alrededor del Ángel. Castiel sintió una familiaridad en esa presencia, una conexión que era la base misma de su ser. Era como regresar a casa después de unas largas vacaciones, acostarte en tu cama y descansar en paz, eso mismo era lo que el ángel pecador sentía en su interior.
"Castiel, mi Ángel", resonó la voz de Dios, ahora más directa, más personal. "He sido testigo de tu sufrimiento. He visto el peso que llevas. La carga del amor, del sacrificio, de la desaprobación de mi voluntad, y ahora, la elección de borrar una vida de tu propia memoria."
Una profunda tristeza emanó de la presencia divina, una empatía que sorprendió a Castiel. No era el juicio distante del Creador, sino la comprensión del Padre. Por primera vez en mucho tiempo, Dios estaba siendo un padre y no el ser más poderoso del universo mismo, el todo.
"Cuando ofrecí que conservaran el recuerdo de este nuevo ser, lo hice como un don, un reconocimiento de su hermoso dolor", explicó Dios como si el dolor llevara aquel adjetivo tan simple y erróneo. "Una oportunidad para que su amor, a pesar de las consecuencias, tuviera un testamento. Pero la elección de borrarlo... fue una decisión aún más profunda. Una manifestación de una voluntad que no cualquiera tendría para asegurar el orden, para proteger lo que ya existía, y para preservar la vida de Rubby."
Castiel sintió un nudo en su garganta. El dolor del olvido seguía allí, una ausencia palpable. Era una cicatriz en su alma, un espacio vacío que antes había albergado una promesa. Se sentía tan mal que no tenía una forma de decirlo, pero para su padre no hacía falta expresarlo con palabras, ya que lo sentía todo con lujo de detalles, tanto como si aquel dolor fuera suyo.
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Editado: 28.10.2026