71 Para La Libertad

CAPÍTULO 1: La paz de los sepulcros

Narrado por El vengador
Hay una mentira muy antigua y muy bien ensayada que dice que en este país reina la paz. Te la repiten en las noticias cada mañana, la imprimen en letras doradas sobre los periódicos oficiales y la vociferan los locutores con trajes caros que sonríen a la cámara como si el mundo no se estuviera pudriendo al otro lado del cristal. Pero quienes llevamos años caminando entre los pliegues de esta ciudad sabemos la verdad: esto no es paz. Es el silencio pesado y sofocante de un cementerio a medianoche.
Durante setenta y un años, el régimen ha perfeccionado el arte de gobernar a través del miedo. No necesitan colgar pancartas con la cara del Canciller en cada esquina para recordarte quién manda. El Canciller no es un dictador que viste uniforme militar con medallas en el pecho; es algo mucho más peligroso. Es un hombre de modales intachables, de hablar pausado, que viste trajes finos a la medida y que habla ante las cámaras de "las instituciones", de "la estabilidad democrática" y de "la madurez de la Patria". Pero detrás de esa fachada pulcra y del olor a colonia cara, es un tirano frío que gobierna con un lápiz y una navaja. Un hombre para quien la vida humana es apenas un número que se borra de un expediente cuando deja de ser conveniente.
En este país existe una regla no escrita, una ley de hierro grabada a fuego en la memoria de cada ciudadano: al Canciller no se le nombra en vano.
Puedes robar en la calle, puedes estafar, puedes cometer el delito que quieras y la policía controlada tal vez ni se moleste en buscarte. Pero si te atreves a pronunciar una crítica contra el Canciller en una cantina, si se te ocurre redactar un panfleto disidente o si siquiera insinúas que el gobierno es corrupto, la maquinaria se activa en segundos. No hay juicios. No hay abogados. No hay un acta que registre tu detención. Simplemente, a las tres de la mañana, una camioneta oscura frena frente a tu casa. Se escuchan dos golpes secos en la puerta, el crujir de las botas de los agentes de la Secretaría de Seguridad, y al día siguiente tu familia aprende a guardar silencio si no quiere correr tu misma suerte. En los archivos del Estado no figuraste como detenido; simplemente te convertiste en un fantasma.
Lueve sobre el asfalto del centro de la ciudad. El agua refleja los neones apagados de los comercios y las luces giratorias de las patrullas que recorren las avenidas vacías. Faltan pocos minutos para el toque de queda no oficial, esa hora en la que los ciudadanos decentes ya están encerrados en sus casas, cenando frente al televisor, consumiendo la dosis diaria de distracción que la cadena del Estado les sirve en bandeja de plata.
Desde la cornisa de un edificio antiguo, observo el despliegue abajo. Los oficiales de la policía caminan con las manos en las fundas de sus armas, escudriñando las sombras, buscando a cualquiera que parezca sospechoso de pensar por sí mismo. Sirven al Casiel y al Secretario de Seguridad sin cuestionar, marionetas con uniforme que vendieron su conciencia por un sueldo y por la falsa ilusión de estar del lado del poder.
Pero esta noche la calma es distinta. Se siente en el aire una vibración sutil, como la tensión de una cuerda a punto de romperse. El Canciller cree que tiene el control absoluto del tablero, que los medios han anestesiado al pueblo para siempre y que su imperio de siete décadas es eterno. Lo que él no sabe es que las dictaduras más férreas no se derrumban por el peso de un ejército enemigo, sino por una sola chispa de verdad que logre encenderse en medio de la oscuridad.
Y esa chispa está a punto de salir al aire en horario estelar.



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En el texto hay: #suspenso, #político, #triller

Editado: 20.10.2026

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