Los pasillos de la Televisora del Estado huelen a cera barata, café quemado y pánico contenido. Es un edificio gris, monumental y frío, diseñado no para crear arte, sino para fabricar la anestesia diaria que se le sirve a la nación. Aquí las luces de los reflectores no iluminan la verdad; la disuelven.
En los camerinos del fondo, lejos de las miradas de los supervisores del régimen, Pito observa su propio reflejo en el espejo rodeado de focos amarillos. Tiene el rostro cansado, pero en sus ojos hay un brillo distinto, una mezcla de adrenalina pura y resignación. Sobre la mesa de madera reposan dos cosas: una taza de café negro y el guion oficial con el sello rojo de la Secretaría de Seguridad, repleto de tachaduras en tinta negra. Las frases permitidas son siempre las mismas: chistes inofensivos sobre la suegra, bromas sobre el clima y alabanzas sutiles a la "prosperidad y concordia" que el Canciller ha traído al país.
A través de la puerta entreabierta se escucha el murmullo acelerado del foro. El equipo técnico corre de un lado a otro ajustando cables y cámaras gigantescas. Todos ahí dentro saben lo que se juegan en cada transmisión. Cada camarógrafo, cada iluminador y cada maquillista vive con el terror de que una sola palabra fuera de lugar los convierta en sospechosos de traición a la Patria.
Un golpe seco en la puerta rompe el silencio del camerino. Es el director de escena, un hombre sudoroso que se limpia la frente con un pañuelo arrugado.
—Tres minutos para salir al aire, Pito —dice con la voz temblorosa, echando una ojeada nerviosa hacia el pasillo—. Por favor... apegarte al libreto hoy. Hay gente de la oficina del Secretario de Seguridad en el control máster. No busques problemas.
Pito sonríe con amargura, toma el libreto censurado y lo dobla en cuatro partes antes de meterlo en el bolsillo interior de su saco.
—No te preocupes, mi estimado —responde Pito con esa voz tranquila que el público tanto conoce—. Hoy el show va a estar inolvidable. Te lo aseguro.
El comediante camina hacia el foro como quien avanza hacia un escenario de ejecución. Sabe perfectamente lo que significa la Ley del Silencio. Sabe que en este país criticar la cara o las decisiones del Canciller es firmar una sentencia de muerte que se ejecuta en la penumbra. Pero también sabe algo más: durante décadas, el miedo ha obligado a la gente a tragar su propia rabia. Nadie se atreve a decir la verdad en voz alta, pero la risa... la risa es la única grieta por donde el pueblo todavía puede respirar.
Se posiciona bajo la luz blanca del centro del estudio. La señal roja sobre la cámara uno se enciende. El apuntador le da la señal con la mano.
En millones de hogares a lo largo de la República, las familias se acomodan frente al televisor, esperando el entretenimiento acostumbrado para olvidar por un momento la miseria y el control policial. No tienen idea de que están a punto de presenciar la última rutina de comedia del hombre más valiente del país.
Pito acomoda su micrófono, mira fijamente al lente de la cámara y rompe a sonreír.
Editado: 20.10.2026