71 Para La Libertad

CAPÍTULO 3: El chiste prohibido

Ajustado según la idea clave)
En el panel de control máster de la televisora, el Secretario de Seguridad observaba los monitores con los brazos cruzados a la espalda. A su lado, dos agentes de la policía política vigilaban cada movimiento de los técnicos. Para el Secretario, esa transmisión no era entretenimiento: era una operación de control de masas. Esperaba ver la misma rutina de siempre, las mismas bromas sosas aprobadas por la censura y la obediencia ciega de un comediante acorralado.
Nunca se imaginó la sorpresa que Pito tenía preparada.
Frente a las cámaras y en transmisión nacional en vivo, Pito hizo una pausa. Miró directamente al lente principal, hizo una seña al equipo de tramoya y las luces del fondo cambiaron a un rojo intenso. De entre las sombras del escenario apareció un actor secundario perfectamente caracterizado como el Canciller, vistiendo una réplica idéntica de su traje institucional, pero caminando con torpeza grotesca, tropesando con sus propios discursos y repartiendo billetes falsos a una estatua de cartón.
El foro quedó congelado por un segundo en un pavor absoluto. Pero antes de que el Secretario de Seguridad pudiera reaccionar en el máster, de la parte superior del escenario descendió otro actor: un imitador exacto del Vengador, con la capa, el sombrero y la máscara icónica.
En cuestión de segundos, sobre el escenario del programa más visto de la televisión estatal, el imitador del Vengador encaró al falso Canciller en una parodia magistral. Con una espada de juguete, el Vengador le fue quitando al "Canciller" la banda presidencial, los papeles del discurso y la máscara de cartón, dejando al descubierto la figura de un tirano ridículo, tembloroso y enano que terminó escondiéndose detrás de un escritorio minúsculo mientras el público del estudio explotaba en risas y aplausos incontrolables.
En la oficina presidencial del Palacio Nacional, el Canciller real presenciaba la pantalla con el rostro completamente desencajado. La sangre se le agolpaba en las sienes. No era solo un chiste contra su régimen; era la humillación más pública, brutal y aplastante que jamás hubiera sufrido en los setenta y un años de hegemonía. Ver su propia imagen destruida por el humor ante millones de hogares convirtió su frialdad burocrática en un furor asesino.
En el control máster, el Secretario de Seguridad se volvió hacia los mandos militares con la cara pálida y la voz cortada por la rabia:
—¡Corten la señal! ¡Corten esa maldita señal ahora mismo y traigan al Casiel!
Pero el golpe ya estaba dado. La humillación al dictador había sido vista por todo el país, y por primera vez en siete décadas, la gente se estaba riendo del monstruo.



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En el texto hay: #suspenso, #político, #triller

Editado: 20.10.2026

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