71 Para La Libertad

CAPÍTULO 4: La copa rota y la última llamada

En el silencio sepulcral de su despacho en el Palacio Nacional, el Canciller sostenía un vaso de cristal cortado lleno de whisky. A través de la pantalla del televisor de madera fina, observaba la escena una y otra vez. Ver a ese cómico de poca monta ridiculizar su investidura, ver a los dos actores burlarse de la banda presidencial y del símbolo de la Patria en horario estelar, encendió en sus entrañas un fuego que jamás había sentido. La ira no era una emoción común en él, pero el nivel de la humillación traspasó cualquier límite.
Sin pronunciar una sola palabra, apretó la mano con tanta rabia que el cristal crujió y se rompió en mil pedazos. El líquido dorado se mezcló con la sangre que comenzó a gutaer de su palma sobre el escritorio de caoba. Ni siquiera pestañeó.
Fuera de sí, levantó el teléfono rojo de línea directa. La orden no fue dirigida al Secretario esta vez, sino a los altos mandos de la policía política. Al escuchar la voz distorsionada por la furia del dictador, los mandos policiales marcaron de inmediato al comandante de las fuerzas de élite para que movilizara a sus muchachos. La maquinaria de la muerte estaba en marcha.
Mientras tanto, en la tranquilidad de su departamento, Jorge —el hombre detrás del personaje de Pito— descansaba en su sillón favorito. Se servía un vaso de agua, con una sonrisa amplia en el rostro, recordando la hazaña de esa noche. Sabía que había cruzado una línea peligrosa, pero la sensación de haberle quitado la máscara al régimen y haber hecho reír a todo un país sometido valía cada segundo de riesgo.
De pronto, el teléfono de su sala comenzó a sonar con un repique insistente y seco. Jorge levantó el auricular.
—¿Bueno?
—¡Jorge, por el amor de Dios, escúchame bien! —era la voz deshecha, aterrorizada y ahogada del productor del programa—. Pasó esto, esto y esto... El Canciller está fuera de sí, la policía ya tomó el edificio del canal y el Secretario de Seguridad quiere tu cabeza. Tienes una sola oportunidad: mañana temprano sal al aire, lee un comunicado, pide disculpas públicas y di que todo fue un malentendido o una falla del guion. Si no pides disculpas, Jorge, ya sabes perfectamente lo que te va a pasar.
Jorge guardó silencio unos segundos. Miró la luz de la calle a través de la ventana, respiró hondo y, con una voz serena en la que no se percibía un solo rasgo de miedo, respondió:
—No voy a pedir disculpas por decir la verdad.
Colgó el auricular suavemente.
No pasaron ni diez minutos cuando el rugido de los motores de varias camionetas oscuras rompió la calma de la cuadra. Frenaron en seco frente a su edificio. Botas militares retumbaron en las escaleras, la puerta de la entrada fue derribada de un golpe brutal y esa misma noche, en la penumbra de su propia casa, los muchachos del comandante silenciaron para siempre la voz de Jorge.



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Editado: 20.10.2026

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