El impacto del discurso aún retumbaba en el pecho de cada ciudadano cuando el Palacio Nacional se convirtió en una olla de presión a punto de estallar. En su despacho, el Canciller contemplaba la pantalla estática. El vaso que apretaba con fuerza amenazaba con romperse de nuevo; la rabia, mezclada con un terror primitivo, le helaba la sangre. Aquel hombre no solo había burlado los anillos de seguridad del Zócalo, sino que había utilizado los propios transmisores del gobierno para exhibir la fragilidad del régimen ante la nación entera.
El Secretario de Seguridad irrumpió en la oficina, pálido y con la respiración entrecortada.
—¡Señor Canciller! —alcanzó a decir, pero el dictador lo silenció levantando una mano temblorosa por la furia.
—¡Quiero a ese infeliz fuera de mi palacio! —gritó el Canciller, perdiendo por completo la compostura institucional—. ¡Cierren todas las salidas! ¡Desplieguen a la guardia, a los militares y a la policía política! Registren este edificio cuarto por cuarto, rincón por rincón. Y cuando lo encuentren... ¡fusílenlo ahí mismo!
En cuestión de segundos, la orden se transmitió por radio a toda la cadena de mando. El estruendo de decenas de botas militares retumbó contra el mármol de los pasillos coloniales. Los soldados, fuertemente armados con rifles de asalto, fueron derribando puertas, encendiendo luces y registrando cada oficina gubernamental, sótano, bodega y pasadizo de servicio. La tensión era sofocante; los oficiales sabían perfectamente que si el intruso escapaba, el precio a pagar sería la vida de todos ellos.
Tras veinte minutos de cacería frenética, un pelotón de élite llegó al fondo de un corredor poco transitado en el ala oeste. La puerta de un almacén de archivos antiguos estaba entreabierta.
El comandante hizo una señal táctica. Tres soldados se apostaron a los lados, prepararon sus armas y derribaron la puerta de un puntapié. En la penumbra del cuarto, iluminado apenas por el reflector de una linterna, se recortaba una figura de espaldas: vistiendo el traje oscuro, la capa y la inconfundible máscara sonriente.
—¡Alto ahí! ¡Manos sobre la cabeza! —gritó el comandante, rastrillando su fusil.
La figura no se movió. Ante el menor gesto de amenaza, los soldados abrieron fuego de manera visceral. Una ráfaga de disparos resonó en el cuarto, perforando la silueta que cayó pesadamente contra el suelo.
El comandante presionó el botón de su radio con manos sudorosas: —Señor Secretario, objetivo neutralizado en el ala oeste. Repito: el intruso está abatido.
El Canciller, custodiado por el Secretario de Seguridad y un escolta de agentes, caminó a pasos apresurados por el pasillo. La sonrisa de triunfo comenzaba a dibujarse en sus labios; la pesadilla había terminado. Entró al cuarto inundado por el olor a pólvora y miró la figura tendida sobre el suelo.
—Quítale esa maldita máscara —ordenó el Canciller con desprecio.
El Secretario de Seguridad se acercó y, de un jalón violento, le arrancó la máscara... pero lo que hallaron dejó a todos paralizados de estupor.
No había ningún cadáver. Sobre el piso yace un maniquí de sastrería vestido con una réplica de la capa, acompañado por un guardia del propio Palacio a quien habían dejado maniatado y amordazado en un rincón. Junto al maniquí, una pequeña grabadora emitía un suave chasquido al terminar de reproducir una cinta.
La humillación fue total. El Canciller retrocedió dos pasos, sintiendo cómo el suelo se le movía. El verdadero Vigilante jamás estuvo acorralado en ese pasillo; mientras todo el ejército del régimen perdía el tiempo derribando puertas como locos dentro del edificio, él ya había salido al aire libre y se diluía en la noche de la ciudad.
El señuelo no solo le había dado tiempo de escapar, sino que le demostró al dictador la verdad más amarga de todas: la fortaleza de su régimen era de papel, y la cacería apenas comenzaba.
Editado: 20.10.2026