A merced de un caballero

Capítulo 1: La cena

Narra Aveline

Hay cosas que una jamás debería decir en la mesa de una familia noble, como opiniones sinceras, preguntas indiscretas y, sobre todo, comentarios que una cree completamente inocentes, algo que aprendí hace tres días durante una cena en casa de los duques de Aldenburg, con un plato de cordero asado delante y una jarra de vino especiado al alcance de la mano.

La culpa, en realidad, fue de la duquesa Matilda, aunque no porque hubiera hecho nada malo, sino porque me sirvió una segunda ración de cordero con tanta ternura que sentí la obligación de decir algo amable, pues podía ser una mujer sin familia, sin fortuna y sin un apellido capaz de hacer que la gente se apartara a mi paso, pero todavía conservaba mis buenos modales.

Así que levanté la copa, sonreí con toda la elegancia que pude reunir y dije:

—Lord Cedric es muy considerado, después de dormir en mi casa, ni siquiera me pidió nada a cambio.

Si alguna vez se preguntan cuánto daño puede causar una sola frase, les diré que bastante, especialmente cuando se pronuncia delante de una duquesa, su hija, su esposo y el hombre al que una acaba de arruinarle la reputación sin proponérselo.

El silencio que siguió fue tan absoluto que hasta el fuego de la chimenea pareció crepitar con más discreción, mientras la cuchara de Matilda quedaba suspendida a medio camino del plato, Elise dejaba caer el tenedor sobre la porcelana con un tintineo escandalosamente inoportuno, el duque Baldwin alzaba una ceja por encima de su copa y Lord Cedric adquiría un tono rojizo que no le había visto ni siquiera después de beberse media bodega.

Fue entonces cuando comprendí lo que todos habían entendido, y por todos los santos, no era lo que había ocurrido.

Debí explicarlo de inmediato, aclarar que Lord Cedric se había desmayado de tanto beber, que yo había tenido la desgracia de encontrarlo en esas condiciones y que, después de arrastrarlo hasta mi casa con un esfuerzo que todavía resentían mis brazos, lo había dejado en el suelo, junto a la chimenea, cubierto con una manta, pues no había habido besos robados, promesas susurradas ni pasiones secretas, sino únicamente un caballero borracho, unos ronquidos capaces de despertar a los muertos y una mujer que había perdido media noche intentando que no se ahogara con su propia lengua.

Pero no dije nada, porque antes de que pudiera abrir la boca, la duquesa Matilda me estrechó las manos entre las suyas con los ojos brillantes y una sonrisa emocionada, como si acabara de presenciar el milagro que llevaba años esperando.

—Querida, ¿por qué no nos lo habías contado?

Elise ya se inclinaba hacia mí con una curiosidad que habría sido admirable de no resultar tan peligrosa, mientras me observaba como si acabara de convertirme en la protagonista de la historia de amor más interesante de la temporada.

—¿Prefieres el azul o el verde? Creo que ambos te quedarían preciosos.

Miré a la duquesa, después a Elise y finalmente a Lord Cedric, que parecía estar considerando seriamente la posibilidad de meterse debajo de la mesa y quedarse allí hasta el fin de sus días, mientras yo intentaba comprender en qué momento una cena tranquila se había convertido en una pesadilla de la que no sabía cómo despertar.

Llevaba tanto tiempo acostumbrada a que nadie me mirara que no supe qué hacer cuando, de pronto, todos parecían encontrarme encantadora, y quizá esa fue la razón por la que no corregí el malentendido cuando todavía estaba a tiempo.

Así fue como, por una frase mal expresada y una explicación que nunca llegué a dar, me convertí en la mujer que supuestamente había conquistado el corazón de Lord Cedric, aunque la única hazaña que podía atribuirme era haber conseguido llevar a un hombre inconsciente hasta mi casa sin dejarlo caer por las escaleras.

Lo más terrible no fue que los Aldenburg me creyeran, sino que, por primera vez en muchos años, alguien parecía alegrarse de que yo existiera, y no estaba segura de querer corregirlos.

Para entender cómo terminé sentada a la mesa de los duques de Aldenburg, con una reputación que no me pertenecía y una futura boda que nadie se había molestado en consultarme, hay que retroceder una semana, hasta una cena en casa de la baronesa de Wyndham a la que asistí porque me habían invitado, aunque ambas sabíamos que se trataba de una de esas invitaciones que se hacen a las huérfanas para sentirse una buena persona sin tener que hacer nada verdaderamente bueno.

Durante el postre, una dama me preguntó delante de todos cuántos años llevaba mi familia sin pagar sus deudas, otra insinuó que seguramente buscaba marido para recuperar el apellido y una tercera, entre risitas, tuvo la amabilidad de sugerirme que me casara con un panadero, porque al menos así nunca me faltaría el pan.

Abandoné la casa antes de que sirvieran el vino dulce, con la cabeza muy alta y las manos temblándome bajo los guantes, y recorrí las calles de Aldenburg sin rumbo mientras las lágrimas me nublaban la vista, hasta que estuve a punto de chocar con un hombre que caminaba en sentido contrario, tambaleándose con la túnica abierta, los ojos enrojecidos y la expresión de quien acababa de descubrir que el mundo era un lugar bastante desagradable.

Lo reconocí por el escudo bordado en su pecho, un halcón dorado sobre fondo verde, y comprendí que tenía delante al heredero de Aldenburg, el hombre más importante del reino después del rey, aunque en aquel momento parecía más bien alguien que había perdido una discusión con una bodega entera.

—Perdón —murmuró, arrastrando las palabras—, creo que me he perdido, ¿usted sabe dónde estamos?

—En la calle del Herrero, mi señor —respondí mientras me secaba las mejillas con la manga, un gesto poco elegante que habría procurado evitar de haber tenido la menor esperanza de que alguien me estuviera observando.

—Ah, qué bien, qué bien —dijo, asintiendo con una seriedad admirable para un hombre que apenas conseguía mantenerse en pie, hasta que sus ojos se detuvieron en mi rostro y su expresión cambió—, ¿usted está llorando?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.