A merced de un caballero

Capítulo 2: Desconfiado

Narra Aveline

La duquesa Matilda insistió en que me sentara a su lado, y no era un honor pequeño, pues a la derecha de la anfitriona se acomodaban los invitados más importantes, de modo que yo, que hasta hacía una semana comía de pie en la cocina de mi casa porque la mesa tenía una pata coja, terminé frente a una copa de plata, un plato de porcelana y tantos cubiertos que habría necesitado un mapa para utilizarlos en el orden correcto.

—Es por tu bien, querida —me susurró Matilda, estrechándome la mano con una sonrisa maternal—, así Alaric podrá verte desde el principio.

Aquello era exactamente lo que temía, aunque no encontré la manera educada de explicarle que prefería pasar inadvertida antes que convertirme en el centro de atención de un hombre que, a juzgar por la mirada que me había dedicado desde el patio, ya sospechaba de mí sin conocerme.

El gran salón de Aldenburg olía a pan recién hecho, carne asada y leña, mientras las antorchas iluminaban los estandartes de la familia, adornados con un halcón dorado sobre fondo verde, y la mesa era tan larga que apenas alcanzaba a distinguir los rostros del otro extremo, donde Elise se movía inquieta en su silla, Cedric estudiaba su plato con una devoción sospechosa y el duque Baldwin cortaba su carne en silencio, como si nada de lo que ocurría a su alrededor mereciera interrumpir la cena, aunque de vez en cuando me observaba con una expresión que no sabía interpretar.

Entonces se abrieron las puertas y entró Alaric.

Se había cambiado la capa embarrada por una túnica oscura con el escudo familiar bordado en el pecho, llevaba el cabello todavía húmedo y peinado hacia atrás, y caminaba con una seguridad tan natural que las conversaciones parecieron disminuir a su paso, hasta el punto de que una criada se quedó con la jarra de vino inclinada sobre una copa y se sonrojó hasta las orejas cuando él se detuvo para darle las gracias.

Así que era verdad, pensé, los rumores no exageraban tanto como había esperado.

—Madre, padre, Cedric —saludó Alaric al acercarse a la mesa, inclinándose para besar la mejilla de Matilda antes de darle a su hermano una palmada en el hombro que estuvo a punto de hacerlo perder el equilibrio—, veo que sigues entero.

—Y yo veo que sigues confundiendo una bienvenida con un intento de asesinato —replicó Cedric, recuperando la compostura mientras se frotaba el hombro.

Alaric soltó una carcajada y tomó asiento frente a nosotros, acomodándose con la tranquilidad de quien jamás ha tenido que preguntarse si su presencia es bienvenida, antes de dedicarle a su hermano una mirada divertida.

—No te quejes, estás más delgado, tenía que comprobar que todavía quedaba algo de ti.

—Y tú sigues igual de encantador —murmuró Cedric, volviendo a su plato.

—Procuro no decepcionar a nadie.

Elise se echó a reír, y hasta el duque Baldwin levantó una ceja, lo que, por lo que empezaba a comprender de aquella familia, equivalía a una carcajada en toda regla, mientras yo me concentraba en cortar un trozo de carne con la esperanza de que nadie reparara en mi existencia.

Por supuesto, aquella esperanza duró muy poco, porque Alaric volvió la cabeza hacia mí y sus ojos grises, de un tono parecido al cielo justo antes de una tormenta, se detuvieron en mi rostro con una atención que me hizo olvidar por un instante cómo se sostenía el cuchillo, aunque él se limitó a inclinarse con una cortesía impecable, sin exageraciones ni familiaridades.

—Lady Aveline, supongo —dijo, con una voz tranquila que contrastaba con la facilidad con la que parecía dominar toda la habitación—, mi hermana me ha hablado mucho de usted.

—Espero que hayan sido cosas buenas, mi señor —respondí, procurando que mi sonrisa pareciera natural y no la mueca de una mujer que ya se arrepentía de haber asistido a aquella cena.

Alaric miró brevemente a Elise antes de volver los ojos hacia mí, y una sonrisa lenta apareció en la comisura de sus labios.

—Principalmente telas.

Tuve que contener una risa, porque aquella respuesta era tan inesperada que por un instante olvidé que se suponía que debía temerle, y terminé sonriendo de verdad, apenas un gesto pequeño que no pude evitar, pero suficiente para que él lo notara.

Algo cambió en su expresión durante una fracción de segundo, un destello de sorpresa que desapareció casi inmediatamente bajo aquella seguridad despreocupada, aunque no antes de que yo lo viera y empezara a preguntarme si Lord Alaric de Aldenburg estaba tan acostumbrado a que las mujeres se sonrojaran ante él que no sabía qué hacer cuando una simplemente se reía de sus ocurrencias.

Alaric ya llevaba un buen rato conversando conmigo, sentado frente a mí, junto a Cedric, y durante aquella primera hora se había mostrado tan elegante, atento y encantador que casi conseguí olvidar que era el hermano de un hombre al que su familia creía destinado a casarse conmigo, sus preguntas habían sido amables, sobre el viaje hasta el castillo, la música, el bosque del este donde solía cazar de joven, y las conversaciones que había mantenido durante sus campañas, pero había algo en su manera de escuchar que me recordaba a un buen espadachín, tanteaba el terreno, esperaba el momento oportuno y dejaba que fuera yo quien bajara la guardia, de modo que terminé hablando más de lo que acostumbraba en los banquetes, de las hierbas que cultivaba, de los libros que leía a la luz de una sola vela y de lo mucho que me gustaba el olor de la lluvia sobre la piedra.

—¿Y cómo se conocieron exactamente ustedes dos? —preguntó por fin, con una ligereza tan bien calculada que casi habría podido pasar por simple curiosidad.

Ah, ahí estaba la pregunta que tarde o temprano tenía que llegar.

Matilda dejó la cuchara junto al plato y sonrió como si estuviera a punto de contar una de sus historias favoritas, explicó que todo había sido una casualidad del destino, que Cedric había salido a pasear y que, por esas maravillosas coincidencias que parecían entusiasmarla tanto, había terminado encontrándose conmigo en la calle.




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