Mario y yo acabábamos de casarnos cuando sonó el teléfono. Era Cecilia, una prima de mi madre que, por las vueltas generacionales de la familia, resulta ser menor que yo e incluso que Irene. Llamaba para darnos un dato valiosísimo: comentó que su esposo trabajaba como visitador médico y se había enterado de que una farmacia en la ciudad de Mercedes, la Farmacia del Oeste, precisaba de forma urgente un Director Técnico.
Sin dudarlo demasiado, armé los bolsos y me fui hasta allí. Ese viaje apurado fue el comienzo formal de una relación laboral hermosa y sólida que duró intacta hasta el día en que tomé la drástica decisión de emigrar a los Estados Unidos.
Aquel empleo en Soriano se convirtió en parte de nuestra rutina familiar. Algunas veces me tocaba viajar sola en ómnibus, y en esas ocasiones pasaba las noches en Mercedes en la casa de los parientes de Mario. Otras veces, en cambio, aprovechábamos la oportunidad para ir juntos en el auto y seguíamos de largo rumbo a las termas de Guaiyú, tomándonos el viaje como un verdadero paseo de fin de semana para nuestra familia, que iba creciendo.
Casi siempre hacíamos escala en Paysandú para visitar a sus familiares, y en alguna ocasión especial llegamos a estirar el mapa hasta Salto con el único fin de saludar a la rama de la familia de Mario que estaba radicada en esa ciudad del norte.
Sin embargo, el viaje más memorable y accidentado de toda esa época ocurrió el día en que decidimos enfilar hacia las termas de Almirón, cuya agua, a diferencia de las otras, era más bien fría. Allí casi se nos ahoga Rodrigo, nuestro hijo, que en ese entonces tendría apenas unos tres años. Él estaba jugando tranquilamente en la piscina, en una zona que parecía muy llana y segura, pero que escondía un escalón traicionero que daba a una parte más honda.
Yo ya había salido de la piscina, me había puesto el buzo y me había quitado por completo la parte de arriba del traje de baño para cambiarme con comodidad. Apenas había empezado a meter las piernas en los pantalones cuando Mario pegó un grito desesperado desde la orilla para avisarme del peligro: al niño ya no se le veía el cuerpo, solo se le divisaba el pelo flotando en el agua.
El pánico de madre me nubló el juicio. Empecé a correr como loca hacia el borde de la piscina con los pantalones a medio subir. Mientras devoraba los metros, en un acto reflejo, comencé a tirarme del buzo para tirarme al agua, olvidando por completo el pequeño detalle de que abajo ya no tenía puesta la parte superior de la malla. Por suerte para la moral pública del lugar, mi loca carrera duró bien poco: ¡intentar picar con los pantalones en las rodillas es una tarea anatómicamente imposible! Terminé desparramada en el piso de hormigón con un golpe tremendo, lo cual, mirándolo en retrospectiva, fue una verdadera bendición; de otra manera, con el buzo a medio sacar y los pantalones abajo, me habrían llevado presa directo a la comisaría por exhibicionista e indecente.
Mario, por su parte, reaccionó con una velocidad mental envidiable: se tiró de cabeza al agua con toda la ropa puesta, los pantalones y los zapatos puestos, y sacó a Rodrigo sano y salvo del agua en un segundo, transformando el drama de la tarde en una anécdota desopilante que aún hoy nos hace descostillar de la risa
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Editado: 16.10.2026