Aquellos traslados reiterados a Mercedes me permitieron ser testigo directo de la revolución del transporte interdepartamental en el Uruguay. Algunas veces, los viajes seguían de largo hacia las termas, como ya he contado en otras páginas, pero en otras ocasiones la rutina era estricta: los Leyva me despertaban bien temprano en la madrugada y me llevaban a tomar el Sabelín, una compañía de ómnibus excelente que en su momento de gloria terminó desbancando por completo a la ONDA.
Esta última había sido una gran potencia nacional, pero por culpa de las malas administraciones y el grave error de no cuidar a los usuarios, se terminó fundiendo de forma estrepitosa.
Sabelín, en cambio, entendió el negocio desde el confort: te daban un alfajor o algún otro tipo de snack de cortesía junto a una cajita de jugo, y estoy casi segura de que sus unidades ya contaban con baño a bordo. Eso era un avance sideral; antes de esa tecnología, los pasajeros dependíamos exclusivamente de las paradas establecidas en la ruta para comer algo o solucionar otras urgencias biológicas.
El Sabelín salía con rigurosa puntualidad, creo que a las seis de la mañana. Recuerdo que hacía una parada estratégica en Cardona, siempre en el mismo y clásico bar de la ruta. Yo aprovechaba para estirar las piernas medio dormida y allí descubrí el ritual del "submarino", algo que conocí precisamente en esos viajes: un vaso de leche muy caliente en el que se colocaba un trozo de chocolate amargo que se iba derritiendo de a poco con la cuchara. Con el cuerpo ya caliente, el ómnibus seguía su camino rumbo a Montevideo.
De esas paradas obligatorias me quedó grabado un recuerdo tan desesperante como cómico. En uno de los viajes, bajé apurada del ómnibus en una escala técnica y cometí el error garrafal de dejar mi cartera encima del asiento. Bajé del ómnibus en una escala técnica y cometí el error garrafal de dejar mi cartera encima del asiento; una tontería de mi parte, lo sé, pero de los errores siempre se aprende…
La parada era breve, digamos que de unos 10 minutos. Fui corriendo al baño de la estación y el chofer, convencido de que ya estábamos todos a bordo, decidió arrancar un minuto antes de lo previsto. En el preciso instante en que salí a la vereda, vi con horror cómo el coche ya estaba doblando la esquina de la plaza.
Lo corrí por la calle con el corazón en la boca y gritando, pero no hubo manera de que el chofer me viera. Me quedé varada en el pueblo y sin un peso. Por suerte, tras el tremendo susto y las gestiones del caso, la cartera terminó apareciendo intacta en la terminal, o al menos eso es lo que me parece reconstruir a través de la bruma del tiempo.
Otras veces, el traqueteo laboral era más corto pero igual de intenso: la Farmacia del Oeste me enviaba el libro de control, el pago y las recetas directamente a la terminal de ómnibus, Tres Cruces, que en esa época era la mayor estación de ómnibus del Uruguay. Tal vez aún lo sea. Con el tiempo, si la memoria no me falla, esa excelente empresa terminó transformándose y siendo absorbida por la que hoy se conoce como Núñez.
Yo revisaba meticulosamente los papeles, firmaba como que todo estaba en orden ahí mismo en los mostradores de la terminal y me pegaba la vuelta a casa. Siempre me llevé de maravillas con Teresa y me gustaba ir a Mercedes, aunque a decir verdad era un trajín cansador y yo tenía a mis hijos muy chicos.
Con el correr de los años, me salió la regencia de una segunda farmacia en el pago, pero esa ya es otra historia completamente diferente... y la verdad es que esa gente no me caía para nada bien.
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Editado: 16.10.2026