A Rincón del Cololó en Tándem

La moral de Mercedes en la década del 90, reencuentro con el Negro

Durante varios años después de aquellas primeras experiencias laborales, seguí viajando de forma regular a Mercedes para quedarme a pasar unos días en la casa de Pedro Leyva. De su entorno familiar fui conociendo algunos destinos con el correr de los almanaques: su hija mayor había emigrado hacía tiempo a Rosario, Argentina, y yo nunca llegué a conocerla en persona; mientras que Fernanda, la menor, terminó siguiendo los mismos pasos del desarraigo y cruzó el charco años después para radicarse también en suelo santafesino.

La moral de Mercedes en la década del 90

Cuando Fernanda finalmente se marchó, Pedro se sentó a conversar conmigo de forma muy seria. Hay que entender que Mercedes es una ciudad chica y, como suele ocurrir en el interior, allí todos se conocen y saben la vida de todos. Mientras Fernanda estuvo residiendo en la casa, el entorno social no veía ningún problema en que yo me quedara a pasar los días. Sin embargo, al no estar ella bajo el mismo techo, Pedro consideró que mi permanencia allí ya no era adecuada ante los ojos de las malas lenguas vecinas.

A mí, analizándolo con mi mentalidad práctica, el planteo me pareció un poco tonto. ¿Qué diferencia real hacía? Si yo de verdad hubiera tenido la intención de iniciar una aventura con Pedro, perfectamente podría haber sucedido meses atrás estando Fernanda en el otro cuarto, profundamente dormida. Pero el sentido común de una gran amiga mía me terminó de abrir los ojos con una frase que atesoro hasta el día de hoy: «Anabel, recordá que en esta vida no solo hay que ser bueno, sino que también hay que parecerlo».

Comprendí entonces que Pedro tenía toda la razón del mundo en cuidarse; a fin de cuentas, él vivía fijo en ese barrio y yo no. Él era quien iba a tener que convivir día a día con los vecinos murmurando y juzgándolo por las apariencias, mientras que yo simplemente iba a Mercedes a trabajar y me iba inmediatamente del pago en cuanto terminaba la jornada. .Comprendiendo el peso de las apariencias locales, acaté sus deseos sin chistar.

Reencuentro con el Negro

En ese entonces, el Negro, su esposa y una sobrina a la que ellos cuidaban y criaban con la misma devoción que a una hija biológica, se habían mudado definitivamente del campo a la ciudad de Mercedes. A partir de ese quiebre, empecé a quedarme en su nueva casa; a veces compartiendo la estadía sola y, en otras ocasiones, llegando en el coche acompañada por Mario y los nenes pequeños.

Creo que, a partir del momento en que empecé a implementar la rutina de ir a lo del Negro, a Pedro ya nunca más lo volví a ver en la vida. De Fernanda nunca más se supo absolutamente nada en el pago; su rastro se borró por completo y tampoco Mario sabe nada de ella al día de hoy. Sus historias simplemente se cerraron de esa manera.




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