En octubre de 2026, cuando decidí reescribir esta historia, me pregunté que habría sido de esa gente.
Guardo recuerdos preciosos de aquellas noches: solíamos cenar todos juntos alrededor de la mesa compartiendo un buen asado con papas y otros vegetales cocinados al horno. Tras esas reconfortantes paradas en lo del Negro, Mario y yo solíamos encender los motores para continuar viaje hacia el norte rumbo a alguna terma termal o para ir a visitar a nuestros parientes desparramados en otras ciudades del litoral.
El Negro, cuyo nombre real era Juan Carlos Leyva —aunque en la familia siempre nos quedará la duda ortográfica de si se escribía con "i" o con "y"—, lamentablemente ya falleció, al igual que su hermano Pedro. Sin embargo, su esposa Mirta Canteira, a quien todos en el pago llaman entrañablemente "la Tola", sigue viva en Mercedes junto a Sandra, aquella sobrina que ella y el Negro criaron con el amor de una hija.
Mario agregó un dato hermoso que me alegró el corazón: él y su madre (a quien curiosamente también le dicen Tola de apodo) estuvieron de visita por el pago hace unos cuatro años y comprobaron que la descendencia del Negro sigue firme a través de varios hijos y nietos, que lógicamente son de Sandra. Con ellos, el apellido y la mística de la estancia siguen vivos.
Esa gente tan querida y hospitalaria nos abrió las puertas de su hogar cuando más lo precisábamos. Estas páginas son un homenaje eterno a las personas que cruzaron mi camino. Al estampar los nombres del Negro, de su esposa, de la sobrina que criaban, y el recuerdo de esos asados con papas, espero haberlos rescatado de la bruma del tiempo y dado la inmortalidad que se merecen. Teresa, de la farmacia Del Oeste y su familia estarán también tendrán un rinconcito en mi corazón.
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Editado: 16.10.2026