Luego dar "el portazo virtual", pensé con un deje de satisfacción que los iba a dejar en una posición sumamente comprometida: estaba convencida de que no conseguirían otro director técnico químico con facilidad en el pago y que la inspección del Ministerio los obligaría a hacer lo que tenían que hacer.
Sin embargo, el mercado local guardaba una última sorpresa; tiempo después supe que otro químico terminó agarrando la dirección técnica del local inmediatamente.
Antes de retirarme definitivamente de las planillas, quedaba un último cabo suelto por resolver en esa farmacia. Tiempo atrás, la dueña me había pedido de forma expresa que en algún momento me encargara de revisar los medicamentos vencidos del stock. Así que fui una última vez a que liquidaran mi sueldo y a firmar los papeles del caso y dejar las cosas en estricto orden reglamentario.
Me metí entre los estantes y realicé una purga implacable: separé para tirar absolutamente todo lo que ya tenía la fecha de vencimiento pasada y, además, puse bajo llave una enorme cantidad de remedios que, si bien no lucían una fecha impresa en el envase, llevaban impreso un número de ley de control sanitario que ya no se encontraba vigente en el país, habiendo cambiado hacía ya varios años. O sea, eran medicamentos viejísimos. Tal vez la mujer se aprovechaba de la falta de fecha visible para seguirlos vendiendo al público por lo que mi auditoría final le debió de haber dolido un el bolsillo. Claro que tal vez las empresas farmacéuticas simplemente los canjearon por medicamentos más nuevos. Ella no daba puntada sin hilo.
Armé una lista minuciosa con el inventario de todo lo descartado, estampé mi firma profesional y dejé el documento sobre la mesa para que el siguiente químico se ocupara del asunto.
Al día de hoy sospecho que el sucesor terminó siendo Óscar, ya que a él le servía estratégicamente sumar más direcciones técnicas en su mostrador aprovechando las travesías en su auto, lo cual es comprensible. Pero fuera él o cualquier otro colega de la facultad, lo cierto es que le quedó servido el extenuante trabajo de realizar todas las diligencias y trámites burocráticos ante el Ministerio para dar de baja de forma oficial aquel cargamento de psicofármacos.
Fue una pequeña y merecida justicia poética que me hace sonreír frente a la pantalla de mi Mac al cerrar definitivamente este capítulo de mi juventud. Mi dignidad se mantuvo intacta, a salvo de la codicia ajena y me fui con los papeles limpios ante la ley, al menos, en lo que a esa farmacia se refería. Eso lo digo porque había un posible problema más, del cual yo era responsable legalmente y del que todavía no hablé.
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Editado: 16.10.2026