En medio de la discusión, llegó el marido de la dueña con una actitud de prepo y prepotencia absoluta, pretendiendo dar vuelta la situación con una frase despectiva: «¿Por qué siempre es la gritería acá?». Intentó instalar la narrativa de que la problemática de la empresa era yo, cuando los únicos que estaban cometiendo una ilegalidad eran ellos. Acto seguido, con el mismo tono autoritario, me soltó una frase para marcar territorio: «Recordá que vos acá sos mi empleada». «¡Ya no más!»,, le contesté.
En ese preciso instante, algo había hecho un clic definitivo en mi cabeza. Decidí con total entereza que unos pocos pesos, por más que en esa etapa de mi vida los necesitaba para sostener el hogar, no justificaban bajo ningún concepto tener que pasar por semejantes malos ratos y humillaciones mes a mes.
Mi dignidad profesional no tenía precio y unos pocos pesos no justificaban pasar por esos malos ratos cada mes.
En cuanto vieron que mi decisión era drástica e irrevocable, el prepo se transformó en miedo en un abrir y cerrar de ojos. Mi título y mi firma de Directora Técnica no eran un adorno detrás del mostrador: eran el requisito obligatorio y excluyente del Ministerio de Salud Pública para que esa persiana pudiera levantarse cada mañana. Sin un químico a cargo que respaldara la farmacia, la ley los obligaba a cerrar de inmediato, enfrentándose a multas monumentales y a la clausura del local.
Se dieron cuenta de que, por querer ahorrarse unos pocos pesos en tus pasajes y en tus aportes, habían puesto en jaque la supervivencia misma de su farmacia. Parecía un jaque mate. Uno pensaría que habrían terminado ofreciéndome al menos declarar la cantidad justa y empezar a tratarme de otra manera.
Pero no. Llegaron incluso a preguntarme con total hipocresía por qué yo "no quería trabajar", intentando culparme de la situación. Para ellos, todo se reducía a que era nomás una tontería mía el perder semejante oferta laboral.
La última avivada que intentaron jugarme con respecto a los viáticos había sido comparar mi situación con la de otro químico, creo que se llama Óscar. Yo lo conocía de la facultad. Me dijeron que él se trasladaba desde la ciudad de Trinidad hasta Mercedes a bordo de su propio auto y costeándose la nafta del bolsillo sin reclamar nada. Eso me impresionó, pero no cambió un ápice mi decisión, más bien la reforzó.
Terminé averiguando que la distancia que él recorría era de apenas unos 40 kilómetros; una total ridiculez en comparación con las extenuantes travesías que yo me metía en el lomo viajando en ómnibus de línea. Era obvio que yo no podía hacer nada el día que iba a Mercedes, ni personal, ni laboral por el tiempo que llevaba el viaje. Creo que eran unas 4 o 5 horas y otro tanto el retorno, más el trabajo en sí, teniendo que pernoctar allá. Ellos sólo pagaban el costo del pasaje e incluso eso era a medias con Teresa. ¡Y todavía les parecía que me daban mucho!
Ni me acuerdo de qué les habré contestado en medio de aquel traqueteo, pero algo es seguro: mi dignidad profesional y mi paz mental no son, ni serán jamás, negociables
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Editado: 16.10.2026