A Rincón del Cololó en Tándem

Alarmas éticas

La urgencia por ponerme a salvo de ese entorno iba mucho más allá de las deudas salariales. Durante mis jornadas al frente del mostrador, me tocó registrar situaciones verdaderamente alarmantes que encendieron todas mis alarmas éticas.

Había al menos una mujer en la ciudad que obviamente consumía una montaña escalofriante de psicofármacos de forma continua; yo misma lo comprobaba con horror al revisar los archivos de las recetas de control. Para peor, en el pueblo se comentaba en voz baja que también mezclaba las pastillas con altas dosis de alcohol. Con mi formación en química, me preguntaba con genuina consternación cómo diantres estaba viva todavía esa persona.

El trasfondo era sumamente turbio: el mostrador estaba inundado de recetas repetitivas firmadas por un médico de la zona de apellido M. Abu Arab, cuya conducta me sembraba las sospechas más firmes de que se trataba de un profesional completamente corrupto. Creo que, además, ella conseguía más recetas por otros lados.

Hoy en día, analizando el rompecabezas a la distancia en la computadora, pienso que quizás aquella pobre mujer padecía un trastorno psiquiátrico sumamente serio que requería un abordaje clínico complejo. Pero en aquel entonces, la falta de escrúpulos de los dueños de la farmacia y la complicidad del entorno demostraban que todo el sistema de control sanitario en el lugar estaba profundamente podrido. Y yo, al no denunciar el hecho, de alguna manera era parte del sistema.

Semejante desorden y peligro legal no me dejaban tranquila en lo más mínimo. Mi intuición me sopló que lo mejor era cortar por lo sano, y el prepo del dueño por los pasajes me dio la excusa perfecta para dar el portazo definitivo.

Renunciar y alejarme a miles de kilómetros de ese nido de irregularidades fue una de las decisiones que más feliz me ha hecho en toda mi biografía.

Creo que sólo trabajé para esa gente 3 o 4 meses. En ese tiempo, los aumentos eran cada 4 meses, y todo este lío pasó cuando el primero. Pero al mirando atrás, me da la impresión de que hubieran sido años.

Jamás volví a saber absolutamente nada de esa gente, y esa ignorancia es la mayor paz que guardo en mis carpetas. Mi dignidad se mantuvo intacta, a salvo de la codicia ajena y con los papeles limpios ante la ley.

Al día de hoy, supongo que aquella pareja de dueños se habrá jubilado hace ya muchísimo tiempo. Quiero creer y esperar que los nuevos encargados que manejan el mostrador de la Farmacia del Hum sean personas muchísimo más decentes y honorables que ellos. Si el negocio pasó a manos de algún hijo, la lógica me dice que bien podría ser de la misma calaña ruda porque bajo esos parámetros lo habrán educado; pero la vida me ha enseñado que las cosas no son blancas o negras y que a veces, de mala gente, termina brotando un ser íntegro y de buen corazón.

Ojalá de verdad haya sido ese el caso.




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